CAPÍTULO DIEZ
Brendan no había planeado invitarla a salir de nuevo tan pronto, pero a mitad de semana, cada reunión, cada hoja de cálculo, cada maldito sorbo de café le parecía un mero trámite hasta poder volver a escuchar su voz.
Se dijo que esperaría unos días. Que iría con calma.
Aguantó dos. Cuando le escribió, ella respondió casi al instante.
La cena suena bien. Hay un italiano nuevo en Green Street. ¿El viernes?
Se descubrió sonriendo ante el mensaje más de lo debido.
El viernes se le hacía eterno. Llegó antes que ella y se sentó en una mesa del rincón con una copa de vino que no había tocado.
El lugar era cálido y tenue, con música suave y el murmullo de las conversaciones de fondo.
No era el tipo de restaurante que solía elegir para una cita.
Demasiado acogedor. Demasiado íntimo, pero precisamente por eso lo había elegido.
Entonces ella entró. Victoria, con un vestido azul intenso que parecía casual pero seguramente no lo era. El cabello suelto en ondas, los labios teñidos de rosa. Algo en ella hizo que el resto del restaurante se difuminara hasta desaparecer.
Ella sonrió al verlo.
—Llegaste temprano.
Él se levantó, esbozando también una sonrisa.
—Y tú llegas tarde.
—El tráfico —dijo ella, deslizándose en el asiento frente a él—. Y la indecisión. Pasé veinte minutos delante del armario intentando no darle demasiadas vueltas.
—¿Le das tantas vueltas a una cena?
—A ti, por lo visto.
Él se rio por lo bajo, y ella pareció algo avergonzada hasta que él dijo en voz baja:
—Somos dos.
El camarero llegó, interrumpiéndolos el tiempo justo para que pidieran. A partir de ahí, la conversación fluyó con facilidad. Hablaron de todo: de los diseños de ella, del trabajo de él, de cómo su hermana seguía intentando emparejarla con el primo de una amiga.
—¿Sabe que estás saliendo con alguien? —preguntó Brendan.
Victoria se rio.
—¿Saliendo con alguien? Eso es mucho decir. Hemos cenado dos veces, señor Smith.
Él sonrió con suficiencia.
—Y un beso.
Ella arqueó una ceja.
—Un beso de buenas noches.
—Cuenta igual.
—Pareces muy orgulloso de ti mismo.
Él se inclinó ligeramente y bajó la voz.
—Puede que sí.
A ella se le cortó un poco la respiración, y por un momento ninguno de los dos habló. El aire entre ellos se cargó de esa tensión familiar que ninguno quería nombrar en voz alta.
Ella fue la primera en romperlo.
—¿Sabes? Cuando te conocí, pensé que eras...
Él sonrió.
—No digas arrogante.
—Arrogante —dijo ella, sin poder evitar una sonrisa—. Y frío.
—Lo era —admitió él—. Puede que todavía lo sea.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Y ahora?
—Ahora... —la miró durante un largo momento y su expresión se suavizó— estoy intentando no estropear lo que sea que tengamos.
Sus labios se entreabrieron ligeramente, un destello de sorpresa en los ojos. Para alguien tan reservado como Brendan, ese tipo de honestidad no era casual. Era intencionada.
—¿Quién dice que lo harás? —preguntó ella en voz baja.
Él le sostuvo la mirada.
—Mi historia.
El peso de esa palabra quedó suspendido entre ellos. Él no añadió nada más, y ella no insistió, pero lo vio: las sombras en sus ojos, esas que carga la gente cuando ha perdido más de lo que jamás admitiría.
—Quizá —dijo ella con suavidad— solo necesites escribir una historia nueva.
Eso le arrancó una pequeña sonrisa.
—Quizá.
La cena se alargó hasta el postre, y luego hasta otra copa de vino que ninguno de los dos necesitaba. Cuando salieron a la noche, la ciudad los envolvía con suavidad: las farolas brillaban y una llovizna fina lo teñía todo de dorado.
—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó él.
Ella vaciló.
—No hace falta.
—Quiero hacerlo.
Así que ella asintió, y él la llevó hasta su coche. El trayecto fue silencioso pero no incómodo, ese silencio cómplice entre dos personas que no necesitan llenarlo. Cuando se detuvo frente al apartamento de ella, Victoria se volvió hacia él con una leve sonrisa.
—No tenías por qué acompañarme hasta arriba la última vez.
—Puede que esté aprendiendo de mis errores.
Ella se rio suavemente mientras se detenían frente a la puerta. Por un momento, simplemente se quedaron allí, sin moverse, sin querer que la noche terminara.
—Gracias —dijo ella—. Por la cena y por todo lo demás.
Él la miró a los ojos.
—No tienes que darme las gracias por querer verte.
El corazón le latió con fuerza, demasiado fuerte.
—Se te dan bien las palabras, ¿eh?
—Solo contigo.
Ella soltó una risita.
—Eres peligroso.
—Puede que sí —dijo él en voz baja, acercándose—, pero no parece que vayas a salir corriendo.
—No estoy segura de querer hacerlo.
No hizo falta más.
Se inclinó lentamente, dándole espacio para retroceder si quería.
No lo hizo. Sus labios se encontraron con suavidad al principio, tiernos, vacilantes, el tipo de beso que tantea los límites en lugar de romperlos.
Entonces ella se acercó más, la mano buscando su camisa, y algo cambió.
El aire entre ellos se cargó de tensión, el calor sustituyó a la vacilación.
Los dedos de él se deslizaron por la mandíbula de ella, el pulgar acariciándole la mejilla mientras el beso se volvía hambriento.
Ella sabía a vino y calidez y a cada secreto que él no le había contado a nadie en años.
Cuando por fin se separaron, ambos un poco sin aliento, ella susurró:
—Brendan...
Él apoyó la frente contra la de ella.
—Dime que pare.
—No voy a hacerlo —murmuró ella con voz temblorosa.
Él sonrió levemente, la respiración aún entrecortada.
—Vas a arruinar mi autocontrol.
—Entonces quizás tienes demasiado.
Sus palabras le arrancaron una risa queda, y aquel sonido le resultó más ligero que cualquier cosa que se hubiera permitido sentir en mucho tiempo.
La besó de nuevo, más despacio esta vez, más suave, el tipo de beso que hace promesas sin decir una palabra.
Cuando por fin se separaron, ella le tocó el pecho con suavidad.
—Deberías irte antes de que olvide lo que significa «tomarlo con calma».
—Buen punto.
Él le acarició la mano con el pulgar antes de soltarla.
—Buenas noches, Victoria.
—Buenas noches, Brendan.
Se dio la vuelta para irse, pero ella lo llamó.
—¿Brendan?
Él se volvió.
Ella sonrió, tímida, genuina, un poco deshecha.
—Me alegro de que me invitaras a salir de nuevo.
Él no dijo nada, solo le devolvió la sonrisa y se marchó.
Pero aquella sonrisa se quedó con ella mucho después de que la puerta se cerrara.
Y cuando Brendan volvió al coche, no arrancó el motor de inmediato.
Se quedó allí sentado, con las manos en el volante, respirando como alguien que hubiera olvidado cómo hacerlo, porque sabía que algo había cambiado esa noche.
Algo real, algo peligroso, algo que no quería soltar.
Por primera vez en años, Brendan no se sentía intocable. Se sentía vivo.
La semana después de su segunda cita fue diferente. Nada de fuegos artificiales ni caos, solo una calidez tranquila y constante. Brendan se descubrió mirando el móvil entre reuniones. A veces ella le enviaba una foto de Oliver. A veces un comentario sarcástico. «Eres terrible respondiendo».
«Ocupado salvando el mundo», respondió Brendan.
«¿O ignorando mis mensajes?»
Él contestó: «Lo sabrías si te estuviera ignorando».
Nunca dijeron qué era aquello que había entre ellos, pero era algo.
El viernes por la tarde, Victoria le envió un mensaje: «Oye, Lydia se ha quedado pillada en el trabajo. ¿Puedo llevar a Oliver un rato? Ha estado preguntando por ti».
Brendan miró el mensaje, sonriendo a su pesar. Por ti. La idea de que un niño de dos años realmente lo recordara le provocó una sensación extraña en el pecho.
«Por supuesto. Estaré en casa sobre las seis».
Salió temprano del trabajo, lo que casi hizo desmayar a su asistente, y llegó a casa antes del atardecer. Cuando sonó el timbre, no estaba preparado para lo fácilmente que encajaban en su mundo. Victoria estaba allí con Oliver en brazos, que inmediatamente extendió los bracitos hacia él.
—¡Hola, tío Bren-bren! —Oliver sonrió radiante—. Traemos chuches.
Brendan se rio y cogió la bolsa que Victoria le tendía.
—Tú trajiste chuches, campeón.
—Eso es lo que dije.
Victoria puso los ojos en blanco.
—Ha estado corrigiéndome toda la tarde, así que buena suerte.
Se acomodaron en el salón: Oliver en el suelo comiendo sus chuches y viendo dibujos animados, Brendan en el sofá junto a Victoria. La tele sonaba de fondo, pero ninguno de los dos prestaba atención.
—Tu casa es demasiado perfecta. Ni una sola cosa fuera de lugar —dijo Victoria, mirando alrededor.
—Así me gusta.
—¿No te sientes solo aquí nunca?
Él la miró un momento.
—Antes sí.
La mirada de ella se suavizó.
—No eres tan frío como quieres hacer creer.
—No me arruines la reputación.
—Demasiado tarde —bromeó ella—. Oliver está convencido de que eres un superhéroe en secreto.
Ante eso, Brendan sonrió de verdad, una sonrisa sincera y serena.
—Se deja engañar fácilmente.
—Quizás no.
Se quedaron en un silencio que no era incómodo, simplemente estaba ahí, vibrando con esa complicidad que no necesita palabras.
Cuando Oliver bostezó, Victoria empezó a recoger, pero Brendan la detuvo.
—Déjalo echarse la siesta aquí un rato. Puedes tomarte un café.
Ella dudó, luego asintió. Se sentaron tan cerca que sus brazos se rozaban mientras hablaban de su infancia.
Ella lo hizo reír hasta que sintió que los muros que había construido no importaban, por una vez.
Cuando Oliver se despertó, Brendan lo llevó hasta la puerta.
El niño le rodeó el cuello con los bracitos.
—Adiós, tío Bren-bren. ¿Puedo venir otra vez?
—Cuando quieras.
Victoria sonrió con dulzura. —Se te da bien tratar con él.
—Quizá solo necesitaba la compañía adecuada.
Ella lo miró un instante más de lo debido antes de despedirse.
◆◆◆
Esa noche, Brendan quedó con los chicos. Connor servía las copas, Max ya estaba coqueteando con la camarera, y Lucas y Adrian miraban sus móviles fingiendo no prestar atención.
Cuando Brendan entró, todos levantaron la vista.
—Mira quién se acuerda por fin de que existimos —dijo Max—. El señor Desaparecido.
Connor sonrió. —Nos has estado evitando desde que empezaste a salir con ella.
—He estado ocupado.
—Sí —Max sonrió con suficiencia—. Ocupado enamorándote.
Brendan le lanzó una mirada. —Cuidado.
—Oh, ahora se ha vuelto sensible —bromeó Max—. Admítelo, te gusta.
Brendan no respondió, solo dio un sorbo a su copa, lo que ya era respuesta suficiente.
Lucas por fin intervino. —Te conviene. Se te ve más relajado.
Adrian asintió una vez. —Debe de ser especial.
Brendan no dijo nada, pero su leve sonrisa lo decía todo.
Dos días después, estaba en un evento en el centro. Una conferencia tecnológica de esas que su empresa patrocinaba pero que a él le traían sin cuidado. Estaba a punto de marcharse cuando oyó que alguien lo llamaba.
—¡Brendan!
Se giró. Alyssa.
Vestida para matar, labios rojos, mirada afilada y cargada de intención. —Vaya —dijo, acercándose—. Estás incluso mejor de lo que recordaba.
Él suspiró quedamente. —Alyssa.
—No te emociones tanto —bromeó ella, tocándole el brazo—. No lo pasamos nada mal, ¿recuerdas?
Él dio un paso atrás. —Eso fue hace meses.
—Y sin embargo aquí estás, fingiendo que no piensas en mí.
Antes de que pudiera responder, una voz familiar lo interrumpió.
—¿Brendan?
Se giró y ahí estaba. Victoria. Su expresión se heló en cuanto los vio. La mano de Alyssa aún en su manga, aquella sonrisa ensayada que decía más que mil palabras.
—Victoria —empezó Brendan, dando un paso hacia ella, pero ella negó levemente con la cabeza.
—No. —Su voz no sonaba enfadada. Solo distante—. Debería haber llamado antes de presentarme. Ha sido culpa mía.
—Espera...
Pero ella ya se había ido.
Alyssa soltó una risita. —Bueno. Eso ha salido bien.
Brendan se volvió hacia ella con la mandíbula apretada. —Vete.
—Brendan...
—He dicho que te vayas.
Ella parpadeó, sorprendida, y luego se encogió de hombros con desdén antes de alejarse.
Él se quedó allí, con los puños apretados, mirando el vacío que Victoria había dejado.
Intentó llamarla una vez. Dos veces. Le dejó un mensaje del que se arrepintió al instante, demasiado crudo, demasiado vulnerable.
Después se sirvió una copa y se sentó en la oscuridad, viendo las luces de la ciudad difuminarse a través del cristal.
No se había dado cuenta de cuánto le importaba hasta que sintió que se le escapaba.