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El motivo de la reunión no tardó en aflorar.
La explicación inicial provino del comisario, que buscó todo tipo de fórmulas oficiales y eufemismos generales para expresar una idea muy simple puesto que el autor del asesinato recién descubierto ya no habitaba el mundo de los vivos, ¿valía la pena realmente hacerlo público?
Si se silenciaba, evitaríamos un nuevo escándalo que crearía un conflicto con las jerarquías eclesiásticas.
Soltada tamaña perla, añadió que nuestra presencia allí sólo obedecía a pedir nuestra conformidad con la solución.
Como acatar una orden semejante no era precisamente legal, nos conminaban a asegurar nuestra lealtad en beneficio de todos.
Observé cómo se comportaban: el comisario principal ponía cara de póker con deseos evidentes de acabar cuanto antes con el trámite, el juez fijaba la vista en el suelo con signos claros de bochorno y Coronas estaba en el fondo cabreado.
Lo conocía bien, estaba cabreado. A Garzón no lo miré.
Aunque me esperaba una escena de esa índole, respondí como si me sorprendiera.
—¿Ha pedido el arzobispado que guardemos silencio?
Coronas bajó varios escalones en la dialéctica autorizada para contestar.
—¡Por todos los demonios, Petra! ¿Ahora me viene con esas? ¡Ya sabe de qué pie cojea la curia! No quieren que se señale con el dedo a uno de sus acólitos. Pero esta vez se podría cooperar con ellos, puesto que el encartado está muerto.
—Lo que piden no es cooperación, sino complicidad. ¿Y qué ocurre con el chico asesinado?
Entró en la conversación el comisario principal. No lo había visto en la vida, pero tenía el aspecto esperable: ligeramente atildado, con traje de buen corte y expresión impasible.
—Inspectora Delicado, este epílogo del caso es muy poco corriente: asesino y víctima están ambos muertos. No se puede impartir justicia ni condenar a nadie de modo legal. Así pues, es un asunto concluido, una vía muerta.
—¿Y la familia del chico?
—Nunca han protestado por nada ni pedido explicaciones.
—Quizá les gustaría saber que su hijo no murió drogado hasta las trancas por cuestiones de vicio, ni robó ninguna motocicleta. A unos padres no debe de hacerles mucha gracia pensar que su chico era ladrón y drogadicto.
El comisario principal me miró con una sonrisa de condescendencia.
—Inspectora, comprendo sus reparos morales.
Me doy cuenta de que está en un dilema, como lo hemos estado nosotros cuando deliberábamos sobre esta cuestión.
Hay algo sobre lo que quiero llamar su atención.
Ese chico, por los datos que tenemos, no era un prodigio de buen comportamiento ni pertenecía a esa juventud llena de virtudes de la que todos nos enorgullecemos.
Intentar salvaguardar su supuesta buena reputación después de muerto es un acto inútil y ¿a qué nos lleva ese acto inútil?
A una confrontación con la Iglesia, a dar pábulo al morbo de periodistas y público, a crear alarma social. ¿De verdad cree que vale la pena?
Miré al juez, que seguía con la cabeza baja.
—¿Usted opina lo mismo, señor juez?
No contestó. Me sentía como frente a un pelotón de fusilamiento.
No sé qué habría hecho si mi estado de ánimo hubiera sido el que tenía habitualmente antes de morir Marcos.
De hecho, ya no era la misma, y mi yo actual fluctuaba entre la incomprensión de cómo funciona el mundo y el sentimiento más atrabiliario contra quien pretendiera imponerme su versión de ese funcionamiento.
—Lo siento mucho, señores. Yo no estoy de acuerdo con ese pacto de silencio y, con todos los respetos, no lo cumpliré.
El respingo del jefe máximo estuvo en consonancia con su graduación.
—¡Vaya, estamos frente a una heroína, una paladina de la verdad! ¿Y qué va a hacer, Delicado, llamar a los periodistas, a alguno en concreto que sea amiguete suyo? ¿Se va a sacar un sobresueldo cobrando la primicia?
El comisario terció con gesto de alarma.
—No, no, señor. Le aseguro que la inspectora no es ese tipo de agente.
Una voz quebradiza e insegura se sumó a la conversación.
—Yo tampoco estoy de acuerdo, y tampoco me callaré —dijo el subinspector Garzón.
El comisario principal le dirigió una mirada flamígera, pero no le dio tiempo a hablarle. El juez Riaza elevó la cabeza por fin, y concluyó con toda contundencia:
—Esto se acabó, señores. Abriré diligencias sobre la muerte de Iván González y no decretaré secreto alguno sobre este caso.
Por mí pueden informar a la prensa cuando lo deseen o incluso puede que lo haga yo mismo.
Hay algo que es más importante que la alarma social.
Los abusos de sacerdotes cometidos sobre jóvenes han sido silenciados durante demasiado tiempo.
Opino que la exposición pública de uno de ellos, y muy grave, servirá como elemento disuasorio para que no se cometan más.
Y ahora, con su permiso, tengo que regresar a mi trabajo.
Se levantó y salió. Nadie abrió la boca hasta que Coronas nos dio una orden a Garzón y a mí.
—Pueden retirarse.
Caminamos muy despacio por el pasillo. Le dije en voz baja al subinspector:
—Gracias, Fermín.
—Usted ha abierto el camino, yo no sé si hubiera sido capaz.
—Pero lo ha sido.
—¿Usted cree que nos caerá algún puro?
—Si nos cae, lo consideraré un habano con vitola de oro y me lo fumaré con sumo placer.
—¿Caso cerrado por fin, inspectora?
—Caso cerrado, ahora sí.