Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 32 #2
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—¡Usted no está salvaguardando un secreto de confesión, Luis, no se engañe! —grité—. ¡Lo que está haciendo es proteger la memoria de un amigo, sin más! ¡Por no dañar su reputación va a consentir que otro cargue con su crimen! ¿Va a ser capaz de eso, va a ser capaz?

Entre hipidos, pudo articular:

—Lorenzo era una persona muy atormentada, sufría mucho, la memoria del pasado lo perseguía, también su homosexualidad.

La bebida acabó destrozándolo, se trastornó.

En un estado de alteración máxima de la personalidad...

Sí, él mató a ese chico, preparó el accidente...

¡Dios mío, Dios mío! ¡Pero iba a confesarlo todo, todo!

, así me lo prometió. Lo asesinaron antes, no le dio tiempo a poner su alma en paz.

Sólo pido que Dios lo haya perdonado, sólo pido su clemencia.

¡Dios eterno, ten piedad de él, ten piedad de todos nosotros, sólo somos hombres llenos de imperfecciones, de dolor!

—Va a declarar frente al juez ¿sí o no?

—Sí, declararé. Pecaré una vez más, vulneraré el secreto de confesión.

El llanto era ya una tormenta que lo zarandeaba de aquí para allá. Me levanté, me puse la gabardina y le hice una señal a Garzón.

—Vamos a acompañar al testigo hasta los juzgados, subinspector.

Naturalmente, antes de que Luis Alvarado llegara a presencia del juez, había que informar a este último de qué era lo que iba a presenciar. Los métodos utilizados para que el testigo declarara voluntariamente era preferible, de momento, no sacarlos a relucir. Todo salió bien.

Ahora sí necesitaba una copa de verdad. Empezaba para mí la auténtica celebración, y si debía darle lustre y esplendor, el lugar elegido era sin duda La Jarra de Oro.

En cuanto al compañero de brindis, ahí no había discusión: mi querido subinspector.

El pobre aún estaba impresionado por aquel golpe final, rápido, contundente y directo como un derechazo de los que dejan KO.

—Le ha echado usted arrestos, ¿eh, inspectora? La cosa podría haber acabado fatal. Le mintió con más cojones que un toro.

—Creo que, sin mentiras, habría confesado igual, pero el proceso hubiera sido más largo, y más inseguro también. En cuanto a los cojones del toro...

—Sí, ya sé. Primero he dicho arrestos y la he cagado después.

Le pido mil perdones por la expresión. Hoy estoy dispuesto a todo para demostrarle mi admiración absoluta.

¡Muy bien, Petra, muy bien! ¿Puedo saber qué parte de cierto había en todo lo que soltó?

¿La chica de verdad le contó que había una relación entre el hermano y el chaval?

—Me trasmitió sus sospechas y me dio un dato al que hubiera podido aferrarme: Santos intentó morrearlo y, como respuesta, recibió un golpe en la cara, golpe con el que compareció ante todos los alumnos.

—Pero no le aseguró que hubiera entre ellos nada de tipo sentimental.

—Jugaba con ventaja, Fermín. Esa chica habría declarado cualquier cosa que yo le hubiera indicado, incluso a sabiendas de que era mentira. Soy su referente.

—Porque es la mejor policía.

—No, porque me cargué a un tío.

—En el ejercicio de su profesión.

—Dejemos el tema. No estoy orgullosa de lo que pasó. Que alguien deje de respirar por culpa tuya no es una píldora fácil de tragar. Y hablando de tragar, ¿con qué acompañamos el whisky?

—¿Unos choricillos, quizá?

—Estaba segura de su elección.

—Petra, si ya no eres cura, ¿pueden excomulgarte igualmente por haber revelado secretos de confesión?

—Me temo que sí.

—Pues a Luis Alvarado lo excomulgan segurísimo. Ha faltado dos veces al deber de silencio confesional o como coño se diga.

—Dependerá del escándalo que la medida pueda provocar. En el fondo, me da pena el exhermano Luis, todo esto le ha cambiado la vida.

—¿Le da pena? ¡Y un cuerno! El tío callado como una puta, caiga quien caiga.

¡Y racionándonos los secretos de confesión, ahora te cuento esto, ahora me callo lo otro!

Pero estos tíos, ¿quién se creen que son?

La ley no va con ellos, están por encima del bien y del mal.

Igual el muy mamón sabe sobre más crímenes y nos lo oculta.

Me eché a reír. El subinspector llevaba razón, era la manera vehemente de proclamar sus pensamientos lo que me divertía.

Pedí los choricitos y dos whiskies, una mezcla poco complementaria en apariencia, aunque, siempre en apariencia, tampoco éramos complementarios Garzón y yo y, sin embargo, nuestra mezcla funcionaba.

—Ahora sí me cuadra todo, Fermín —dije pensativamente mientras le hincaba el diente a un minúsculo choricillo—.

Que a Lorenzo le entraran los cargos de conciencia por haberse cargado al cura pederasta después de tantos años no dejaba de ser un poco excesivo.

No, lo que le hizo desear una liberación personal fue la canallada que cometió con Iván.

Y ya que estaba dispuesto a vaciarse de pecados, de paso también contaría la muerte del padre Ezquerra.

Avisó a Balmaseda de su loable propósito para hacerlo todo correctamente y...

—Y eso le costó la vida.

—Sin duda, el cabrón de Balmaseda se precipitó.

Quizá Lorenzo hubiera querido dejarlo fuera de la historia, declarar que él no había tenido nada que ver, que había actuado solo.

Sin embargo, el acojono de Balmaseda fue tan intenso que, en vez de ir a entrevistarse con su amigo de infancia, decidió pasar a la acción, a la acción criminal.

—No, inspectora. Desde el momento en que el hermano hubiera abierto la boca, Balmaseda estaba pringado.

Si declaraba que él atropelló al padre Ezquerra, hubiera tenido que contar qué coche utilizó y ¿cómo se hubiera justificado que el vehículo de don Pedro Balmaseda hubiera sido el que atropelló al puto cura pederasta?

No, sabía muy bien lo que estaba haciendo cuando mandó a su sicario privado.

Aquí todo el mundo es culpable. ¡Qué poca pena me dan!

A decir verdad, yo tampoco iba a ponerme a llorar por aquella cuadrilla.

Tanto Garzón como yo fuimos convocados a una reunión en las alturas.

En ella estarían presentes el juez, el comisario Coronas y ni más ni menos que el comisario principal.

Como de costumbre, las reacciones de mi compañero y las mías ante el anuncio en nada se parecían.

El subinspector resplandecía de contento.

Para él, la reunión con tanto notable sonaba a felicitación oficial, incluso llegó a mencionar la palabra condecoración , si bien un tanto al desgaire.

Yo, por mi parte, no estaba nada convencida de que la cosa fuera de parabienes.

La imagen que tenía en mente representaba a una bandada de buitres dispuestos a llevarse su parte de un montón de carroña.