32
Por más que llamé al teléfono del hermano Luis, no recibí ninguna contestación.
Lo habían dado de baja, ya no pertenecía a ningún abonado.
Fui a su casa. Me abrió la puerta un hombre de unos cincuenta años.
Cuando pregunté por el hermano Luis me hizo pasar amablemente.
La decoración de la casa no había variado en absoluto.
Supuse que aquel hombre era el sustituto del hermano Lorenzo en la convivencia con Luis, otro jesuita.
Era exactamente así. El piso pertenecía a la Compañía de Jesús, pero con una especificación: no sólo había variado uno de sus moradores, los dos actuales eran nuevos.
—¿Y el hermano Luis?
—Veo que no está informada. El hermano Luis ya no forma parte de los jesuitas.
—¡¿Cómo?! ¿Ha colgado los hábitos?
—Esa es la expresión popular.
—¿Por qué?
Sonrió condescendientemente.
—Como puede imaginarse, eso es algo que no sé.
—¿Sabe dónde vive ahora?
—Inspectora, tenemos una sede en la calle Roger de Llúria. Creo que debería acercarse por allí. Ellos sí tendrán información.
Me aferraba al volante, si bien no ponía demasiado cuidado en la conducción. ¿Lo habían licenciado, o como demonio se diga, por haberse saltado el sigilo sacramental? ¿Se había dado él mismo de baja, o como demonio se diga, por idéntica razón?
Me recibió un sacerdote de pinta normal. Para ser justa y sincera, todos los jesuitas tenían pinta normal. Me llevó a un despachito que no ostentaba el menor lujo eclesiástico. En realidad, parecía el lugar de trabajo de un director de instituto.
—Sí, inspectora, es verdad. Nuestro hermano Luis ha decidido volver a su vida seglar.
—¿Conoce usted cuáles han sido sus motivos?
—Esos motivos suelen ser siempre de índole espiritual y, por supuesto, privados.
—Me hago cargo. ¿Puede darme al menos sus coordenadas actuales, decirme cómo puedo localizarlo?
—¡Pues claro que puedo! El hermano no ha comunicado todavía su nuevo domicilio, pero tengo el número de teléfono que nos facilitó cuando devolvió el móvil de la Compañía.
—¿Sus móviles pertenecen a la Compañía?
—Nosotros no tenemos ninguna propiedad a título personal. Pero, dígame, inspectora, ¿es que ocurre algo?
—Nada en absoluto. Dejó una declaración judicial sin firmar y ahora que el caso del asesinato del hermano Lorenzo Santos ha sido resuelto, todos los documentos deben estar debidamente cumplimentados. Le supongo al corriente de todo esto, ¿verdad?
—Lo estoy, lo estoy. Debería felicitarla y lo hago de mil amores. Nadie devolverá la vida al hermano, pero al menos ha imperado la justicia de los hombres. Dios lo habrá acogido en su seno con los brazos abiertos. Déjeme buscar el número en mi ordenador y enseguida se lo doy.
Ahora sí contestó a la primera y se sorprendió al oír mi voz.
—Sí, inspectora, pasaré por comisaría, pero deme un par de horas. Justo estoy con el dueño del apartamento que voy a alquilar. Si me ha llamado a este teléfono es porque ya sabe que he dejado la Compañía de Jesús y necesito un sitio para vivir.
Regresé a mi despacho, y una hora más tarde vino a verme Garzón. Noté que estaba un poco achispado. Los efluvios alcohólicos de la comida lo envolvían como una nubecilla.
—¿Qué tal ha ido el festejo?
—Ya sabe cómo son estas cosas, puro paripé.
—Por lo menos comida y bebida estuvieron bien.
—El comisario fue generoso. Como había periodistas, nos invitó a un restaurante cojonudo.
—Y usted le pegó a la priva cosa mala.
—No demasiado, lo justo para soportar tanta hipocresía.
Me eché a reír. Quizá el subinspector había aprendido de la diplomacia eclesiástica, que tiende a traducir las culpas propias en males universales.
—Lárguese a casa. Si alguien pregunta por usted, diré que le he enviado a hacer diligencias.
—¿Y usted qué va a hacer?
Cuando le comuniqué con quién me había reunido y a quién estaba esperando, recuperó la sobriedad al instante. Hizo un simple comentario que resumía su intención.
—Si se le mete a usted algo entre ceja y ceja, no para hasta sacarlo de ahí. Voy a lavarme la cara, quiero despejarme. No entiendo lo que pretende llamando al hermano Luis, pero, sea lo que sea, no quiero perdérmelo.
Abrí la ventana de mi despacho, el aire se notaba viciado.
Me asomé. Estábamos en un callejón bastante estrecho.
No había espacios abiertos ni praderas sobre las que extender la mirada.
Pensé que si lo que estaba tramando salía bien, pediría unos días de descanso y me iría al campo.
¿A qué campo? Ni idea, al campo en general, ese lugar que los urbanitas nos representamos al modo más romanticoide, con árboles, matojos verdes, atardeceres teñidos de rojo y amaneceres llenos de pájaros gorjeantes.
Debe de existir alguna razón poderosa para que tendamos a creer que en el campo está la solución.
Solución a la tristeza, al nerviosismo, a la soledad.
Si por fin me decidía a una huida pastoril, mi objetivo sería llegar al convencimiento de que no andaba buscando soluciones, sino únicamente un poco de paz.
Entró Garzón bastante recompuesto. Al ver la ventana de par en par pensó que me había fumado un pitillo.
—No me hace falta la nicotina, estoy bien.
—¿Cuándo llega el curita?
—Debe de estar al caer. Y hay algo que tiene que saber desde ahora mismo: Luis ya no es curita. Se ha salido de la Compañía de Jesús.
—¿Ya no es jesuita? ¡Carajo! ¿Por qué?
—Eso no lo sabremos jamás; por lo menos yo. De cambios espirituales ando fatal.
—Pero, inspectora, ¿usted cree que eso tiene algo que ver con...?
—Fermín, escúcheme con atención —lo interrumpí—.
He llamado a ese chico porque estoy casi segura de que guarda un secreto que quiero arrancarle.
Para ello, me dispongo a mentir como una bellaca, así que usted callado, aunque me oiga decir cosas que sabe que no son ciertas.
También sería conveniente que no salte sobre él para vapulearlo.
—Por ese lado, descuide. Ahora que ya no es cura, me hace menos ilusión.
—Bien, ¿le importaría ir a buscar una jarra de café y varias tazas?
—Ahora mismito. El café acabará de ponerme la cabeza en su sitio.
Volvió con el pedido en tiempo récord. Un segundo después, Domínguez llamaba a la puerta y entraba. Decidí ahorrarle una de sus presentaciones de chambelán de la corte.
—Dígale que suba, Domínguez.
La apariencia de Luis Alvarado no había sufrido ningún cambio, ventajas de no haber llevado nunca hábito.
Lo primero que se le ocurrió al vernos fue sonreír y estrecharnos la mano.
Era un modo sutil y estudiado de demostrar que venía como amigo, no como encartado en nada de tipo legal.
Seria y muy serena, desmantelé su intento.
—Siéntese, Luis, tenemos algunas preguntas que hacerle. Será un interrogatorio breve, no se preocupe. ¿Le apetece un poco de café?
Aceptó. La sonrisa se le había borrado y parecía evidente que luchaba por ocultar signos de preocupación.
—Ustedes dirán.
—Sólo por curiosidad: el haber abandonado su condición de jesuita, ¿fue una decisión propia o le han echado de la Compañía?
—Fui yo quien dio ese paso, inspectora, sólo yo —dijo con aire ofendido.
—Me imagino que no querrá contarnos los motivos.
—Es muy complejo de explicar: dudas existenciales, conflictos de fe...
—¿No tuvo nada que ver en su decisión el asesinato del hermano Lorenzo?
Bajó la vista, tardó un poco en contestar.
—Sí, sí tuvo que ver. Después de haber violado el secreto de confesión me sentí indigno de seguir siendo sacerdote. No merezco ese honor.
—Y dígame, según tengo entendido, ese secreto sigue obligándole a guardar silencio, aunque haya dejado los hábitos. ¿Es así o me han informado mal?
—Es así.
—Pues mucho me temo que tendrá que violarlo de nuevo, si es que quiere que se haga justicia, claro está.
Se agitó visiblemente.
—No la entiendo, inspectora. El caso del hermano se ha dado por concluido, ¿no?
—Sí. Le hablo de otro caso que acabamos de abrir y que guarda relación con el del hermano.
Quedó un tanto pasmado, me miró con preocupación. Yo proseguí, en estado de calma total.
—¿Recuerda usted a Iván González, uno de los muchachos que acudía a su centro parroquial?
Ya estaba tenso y acalorado.
—Me acuerdo muy bien de él. Sufrió un fatal accidente que le costó la vida.
—Y también recuerda, por supuesto, a Natalia López.
—Sí, la recuerdo —afirmó en un susurro.
—Pues bien, esa chica ha ido a declarar ante el juez aportando datos muy concluyentes. Ha asegurado que Iván y el hermano Lorenzo tenían una relación sentimental, algo que Iván, buen amigo suyo, le había confesado unos días antes de morir. ¿Sabe usted algo de ese asunto?
—No.
—Está mintiendo, Luis. Usted sí estaba al corriente de esa relación; es más, usted sabe que fue el hermano Lorenzo quien drogó y estampó la moto del muchacho cuando se enteró de que este pensaba hacer pública esa relación.
Se tapó la cara con las manos. Respiraba trabajosamente. Yo continué.
—El hermano le relató ese crimen en una nueva confesión.
—Inspectora, por Dios, el hermano está muerto. Ya pagó por sus pecados, ¿qué sentido tiene volver sobre cosas que no van a variar diga yo lo que diga?
—Es muy simple, el juez ha decidido acusar a Fabián Balmaseda de esta muerte también.
Según él, existen pruebas. Habiendo sido declarado culpable del crimen del hermano, no será extraño que otro asesinato le sea imputado y que prospere la acusación en su contra.
Ya sabemos que usted aún no está liberado de contar la verdad por su secreto de confesión, pero ¿de verdad será capaz de permitir que alguien inocente de una culpa cargue con más años de cárcel, con más oprobio personal, sin ser el autor de los hechos?
Exactamente como en el interrogatorio anterior, el exhermano Luis se echó a llorar.
—El hermano Lorenzo ya está muerto, Dios lo juzgará —dijo entre lágrimas.