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Se armó un pitote considerable. Todo el mundo parecía satisfecho con el resultado.
Para la policía, un éxito profesional. Para el juez, un tema espinoso menos del que ocuparse.
Para la Iglesia, los culpables no formaban parte del clero.
Tutti contenti! Hasta el subinspector Garzón daba detalles de lo sucedido a todos los colegas que le preguntaban sobre nuestra investigación y lo hacía con aire ufano, potenciando el interés de algunos aspectos, ciertamente los más escabrosos.
Sólo yo, quizá porque soy amante de los animales, tenía la mosca tras la oreja.
Todo cuadraba, en efecto, pero sobraban piezas.
En mi mente, nunca de acuerdo con las apariencias, seguían resonando las palabras de Natalia López: «Alguien lo mató».
Y si daba crédito a la suposición de que a Iván González lo habían asesinado, surgían nuevas preguntas: ¿quién y por qué?
¿Realmente aquel pretendido crimen no tenía nada que ver con el caso recién resuelto?
Mientras rebuscaba entre hipótesis, asistía asombrada a todo el circo mediático que había organizado Clara Balmaseda.
Se paseaba de plató en plató de televisión montando un número perfectamente estudiado.
Su papel era el de hija mártir de una familia subyugada por dos clásicos: poder y dinero.
Lo interpretaba bien, ni demasiado exagerado ni demasiado contenido.
No lloraba a todo meter, eso no queda auténtico y la gente se cansa de verlo, sino que dejaba deslizar algunas lagrimillas en los fragmentos más dramáticos.
Cuando llegaba al final de la representación, el rol de hija mártir viraba hacia el de hija coraje.
Ella seguiría al frente de la empresa, la llevaría adelante e incluso conseguiría hacerla prosperar.
Cuidaría de su madre, se desviviría por que fuera feliz; en el fondo su madre era la auténtica víctima de todo aquel horror.
Imaginé que la baza fructificaría adecuadamente, le saldría a pedir de boca.
A la gente le gustan las mujeres que sufren pero atacan después de sufrir.
Claro que yo, en su piel, me ocuparía de contratar a varios guardaespaldas a partir del día en el que padre y hermano salieran de la cárcel.
El subinspector insistía en que me sumara a los fastos de celebración por la resolución del caso.
En realidad, eran simples y concretos, reduciéndose a una comida promovida por el comisario a la que asistirían varios inspectores y un par de periodistas escrupulosamente seleccionados en base a su corrección política.
El hecho de que fueran invitados me sorprendió porque no era habitual, y se lo comenté a Coronas cuando me mandó llamar a su despacho.
—Ya sabe, Petra, este caso ha levantado gran expectación popular. Mi intención al convocar a plumillas es normalizar un poco la situación y demostrar que en nuestras investigaciones todo es transparente.
—Lo comprendo.
—De paso, yo me encargaré de desviar la atención si hubiera demasiados comentarios sobre la Iglesia.
—¿Se lo ha pedido el obispo?
—Sí y no. Conoce usted de sobra el modo que tienen de hablar los putos curas. No te dicen nada abiertamente, pero cuando han soltado sus parrafadas, todo te queda perfectamente claro. Como he estado puteándolos un poco, en eso he tenido que claudicar.
—No es tan grave.
—No, no lo es. Hay algo bastante peor que quería comentarle. Por eso la he mandado llamar. Verá, es muy violento para mí... —Se interrumpió, se masajeó los ojos varias veces.
—¿Pasa algo, señor?
—Sí pasa, Petra. Es una decisión muy injusta para usted y, encima, la he tomado yo personalmente.
—No me asuste, ¿me echan del cuerpo o algo así?
—Es mejor que no venga a esa comida. Enseguida le explico por qué.
Los periodistas me causan siempre cierta aprensión y tengo miedo de que les dé por hacerle preguntas sobre...
, en fin, la muerte del sicario, cómo se produjo y demás.
Los dos que asisten están avisados, saben que no serán bienvenidas preguntas comprometidas de ningún tipo, pero aun así...
—Deje de preocuparse por eso, comisario. En el fondo, me libra de una obligación. Como creo que sabe, no estoy para muchas celebraciones.
—Quiero que conste en acta que mi auténtica intención es protegerla.
—Se lo agradezco.
Garzón se indignó, reacción que ya esperaba. ¡Cómo era posible que yo no acudiera al evento cuando había estado al mando de las pesquisas! ¡Una injusticia, un desdoro para nuestra institución!
—Pues si usted no va, yo tampoco, ¡qué cojones!
—¡No me joda, Fermín! ¿Y quién va a cotillearme todo lo que pase? ¡Al contrario!, tiene que estar presente y con los oídos bien abiertos. Quiero saberlo todo. Además, aún me quedan demasiadas cosas que hacer como para perder el tiempo en comidas.
Pudo parecer una frase hecha y, sin embargo, no lo era. Quizá las actividades que me esperaban no eran numerosas, pero sólo pensaba en realizarlas cuanto antes.
Llamé a Natalia López y la cité en un bar. Se puso muy contenta al verme, y mucho más cuando le conté el motivo de la convocatoria y empecé a hacerle preguntas.
—Natalia, he estado pensando mucho sobre lo que insinuaste el otro día. Tu seguridad de que Iván no sufrió un accidente casual sino provocado resulta una suposición bastante grave. Eres consciente de eso, ¿no?
—Sí, claro, supongo que sí. Es que...
—Déjame acabar. Me dijiste que quieres ser policía, y debes saber que todo lo relacionado con un crimen es cosa muy seria, ¿lo ves así tú también?
—¡Del todo lo veo así!
—En ese caso, quiero que pienses a fondo, con calma y con responsabilidad en lo que voy a preguntarte.
Se puso muy seria, exagerando un gesto de atención y responsabilidad que, de tan intenso, era casi infantil.
—Le juro que voy a pensar muy bien antes de hablar.
—Es justo lo que quiero, que las respuestas sean breves y concretas también ayudará. Natalia, ¿tú sabes algo sobre la relación entre Iván y el hermano Lorenzo?
Tardó unos segundos en contestar, los que se suponía que empleaba pensando.
—En concreto no sé nada o ya se lo hubiera contado.
—¿Iván era gay?
—Iván le daba un poco a todo, o por lo menos eso decía. Aunque si quiere saber mi opinión, el pobre se comía pocas roscas ni de tíos ni de tías. De todo el grupo de rebotados era el más solitario y nadie le hacía mucho caso. Hasta el tonto del haba de Donoso tenía más éxito que él.
—Pero contigo había confianza.
—Más o menos. Ya le digo que a veces se hacía el machomán y me contaba que ligaba un montón. Yo nunca me lo creí. Para mí que nunca se había encamado con nadie.
—Entonces, ¿por qué le pegó al hermano Lorenzo?
—Justamente por eso, el hermano intentó darle un morreo y él, que debía de ser medio virgen o virgen del todo, se revolvió y le atizó.
—Eso es lo que te contó, pero ¿no sería otra de sus mentiras para darse importancia?
—¡Y qué me dice de la herida del hermano! Me lo contó antes de que apareciera con la tirita en la cara. No, estoy segura de que era verdad.
—¿Sabes si el hermano había intentado algo parecido con otros chicos?
—No, no lo sé.
—Entre vosotros, ¿no se rumoreaba que era homosexual?
—¡Jo, inspectora! Entre nosotros decíamos cualquier cosa de todos los hermanos: que si este era maricón, que si el otro se había follado a su abuela, que si robaban, que si uno había estado en la cárcel..., cualquier cosa con tal de ponerlos a parir.
—Pero nadie insistía en que el hermano podía ser marica también.
—No en especial. Y si había intentado magrearse con alguno de los tíos, el que fuera se lo calló, por vergüenza o por no cargárselas él al final, que todo podía ser.
—¿Iván te había comentado la posibilidad de denunciar al hermano Lorenzo, de contarle al párroco o a quien fuera que había intentado propasarse con él?
—No me comentó nada, ya le dije que dejó de venir al centro, pero no me extrañaría, nunca lo había visto más cabreado. Igual se puso a rumiar y... Pero eso ya es de mi cosecha, saber algo seguro, no lo sé.
—¿Sabes si le confesó el episodio a alguien más, aparte de a ti?
—Me extrañaría, pero no tengo ni idea.
—Natalia, ¿si el juez te llamara a declarar le contarías lo mismo que a mí?
—¡Pues claro, claro que lo contaría, exactamente con las mismas palabras!
—Lo has hecho muy bien. Te lo agradezco de verdad.
—Inspectora, estoy avanzando mucho para sacarme el graduado escolar. Mi padre está feliz de la vida conmigo. Dice que he cambiado un montón. ¿Me ayudará cuando tenga que apuntarme en la academia de policía, me dará referencias o lo que haga falta para pegarme un empujón?
—Cuenta con ello, Natalia. Haré todo lo que esté en mi mano, te doy mi palabra de honor.
Se fue entusiasmada con aquello de la palabra de honor .
Debía de sonarle como algo oficial, como una frase de película clásica en la que los buenos siempre ganan finalmente.
En fin, las paradojas de la vida son infinitas y aquella sobresalía por lo extrema: me apartaban del escaparate policial por haberme cargado a un tipo y aquella muchacha había descubierto todo un ejemplo en mí exactamente por el mismo motivo.
La lógica no es aplicable a instituciones ni tampoco a individuos.
Mejor así, los que vaticinan el futuro lo tienen bien difícil, y a mí los profetas siempre me han caído mal, son una sarta de embaucadores.
Si parecía verosímil que Iván González no hubiera mentido al narrar el episodio bochornoso con el hermano Lorenzo, era también creíble que Natalia hubiera sido la única depositaria de su relato.
Buscar nuevos testimonios por ese camino no iba a llevarme a ningún lado; era preciso incidir en el otro protagonista: el propio hermano.
¿No le había confesado él a nadie un hecho tan desagradable, no había dado cuenta a ningún ser humano o divino de por qué llevaba una marca llamativa en la cara?
No tenía amigos ni confidentes, eso ya lo sabíamos.
Sólo de uno teníamos noticia. Sólo de uno.