Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 30 #3
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—Un momento, un momento, por favor. ¿Por qué ha recopilado todo ese... material?

—Muchas veces después de la cena mi padre y mi hermano se encerraban en una salita de casa donde hay una mesa de despacho.

Hablaban de cosas de la empresa. Una noche oí que casi se gritaban, me levanté de la cama y me puse a escuchar detrás de la puerta.

No me enteraba demasiado bien, pero el más alterado era mi hermano.

Decía: «¡Pero, papá, eso es un desastre, no puede ser!

¡Se va a ir todo a la mierda, será un escándalo monumental!

». Siguieron más rato y mi padre lloraba.

Bajaron el tono de voz y, por más que escuchaba, ya no conseguía entender nada.

Me fui a la cama. A partir de esa noche fue cuando decidí ir guardando las pruebas de lo que pudieran hacer.

Puse un micrófono en la salita y así supe lo que se llevaban entre manos en cada momento, lo del asesinato también.

Sólo hay una cosa que no me quedó clara: por qué querían cargarse al cura ese.

El cura sabía algo y quería contarlo, pero lo que era nunca lo aclaré.

—¿Puedo saber por qué motivo hizo todo eso?

—Si la empresa se iba a ir al garete de verdad, no era por algo que a mí me incumbiera, pero sí me incumbía que se fuera a la mierda.

La empresa es mía también. Soy tan licenciada en Economía como mi hermano, aunque yo sólo he sido siempre la contable, mientras que él compartía la gestión con mi padre y en el futuro iba a ser el nuevo director.

Muy bien, nunca he protestado ni me he rebelado contra nada.

Siempre he hecho el papel que me dieron, pero no pienso aguantar que se carguen algo que es mío por un asunto turbio que ni siquiera sé cuál es.

—¿Por qué ha tardado tanto tiempo en hablar?

—Iba recopilando pruebas, y, además, ¿qué hubiera pensado la policía si me presento un buen día diciendo que esos dos han cometido un crimen del que ustedes no saben nada y yo no sé el motivo principal?

No, había que esperar. Ahora las cosas están más claras, ahora era el momento de actuar.

Y aquí estoy. Cuando los periódicos den la noticia, la gente en Pamplona verá que mi reputación está limpia. La empresa continuará sin resentirse.

—¿Su madre sabe algo de todo esto?

—¿Mi madre? Mi madre nunca se entera de nada.

Se ha pasado toda la vida sirviendo a mi padre, obedeciéndolo.

Sólo le interesan la familia y las cuestiones del hogar.

Se pasa el día entero preocupándose por lo que hay que comprar en el mercado, haciendo los menús de la comida y la cena.

Tenemos dos criadas que vienen a diario, no tendría por qué estar siempre liada con la limpieza de la casa y las plantas del jardín, pero ella es así.

Cuando sepa todo esto se hundirá, pero yo me encargaré de sostenerla.

—Clara, hay algo que quiero preguntarle. ¿Ha sabido o sospechado algo sobre si su padre o su hermano han estado involucrados en otro asesinato?

Su mueca indiferente giró hacia la auténtica sorpresa.

—¿Cómo?

—Un joven llamado Iván González, alumno del hermano Lorenzo, murió en circunstancias extrañas unos meses antes del asesinato de este. Sospechamos que esa muerte, aparentemente accidental, pudo estar relacionada con el caso que nos ocupa y que pudo tratarse de un crimen.

Negó varias veces con la cabeza, estupefacta. Dijo por fin:

—No, no, le aseguro que de eso no sé absolutamente nada. No tengo ni idea de a qué se refiere.

—De acuerdo. El juez le tomará declaración, cuéntele lo que nos ha contado a nosotros y responda a todas sus preguntas. Dele a él todas estas pruebas que ha aportado.

—Estoy deseando hacerlo.

Salió con la misma calma hierática con la que había entrado. Garzón me miró como si no creyera lo que había visto y oído.

—¡Vaya tela, inspectora!

—En efecto, brocado de oro puro. Traiciones y muertes como en las obras de Shakespeare.

—En los tiempos de Shakespeare no había empresas.

—Pero había reinos, y los hijos del rey mataban para hacerse con la corona.

—¡Vaya con Clarita, qué frialdad, qué manera de maniobrar en la sombra, qué ambición!

—Se cansó de oficiar como segundona. Supongo que tener delante el ejemplo de su abnegada madre también le sirvió de estímulo para no ser igual.

—O sea, que si Fabián Balmaseda hubiera sido feminista no habríamos presenciado esta declaración.

—De haber sido feminista no hubiera sido tan cabrón.

—Tomo nota. Y a todo esto, inspectora, ¿caso resuelto?

—Yo diría que sí.

—¡Pues vaya frustración!

—Le entiendo. Yo también hubiera preferido que desveláramos un detalle crucial en el último momento, alguna persecución por la calle pistola en mano, pero, ya ve, las cosas son como son. El oficio policial suele estar reñido con el espectáculo.

—La gente piensa otra cosa.

—Ven demasiadas series en la televisión.

—Pues tendremos que poner nosotros un punto final más animado. La invito a una copa en La Jarra de Oro.

—Habrá que informar antes al comisario, ¿no?

—Si cree que es imprescindible...

—Me temo que sí, Fermín.