30 #2
—Por una fuente fiable que ya ha testificado ante el juez, sabemos que el hermano Lorenzo tenía pensado desvelar todos los intríngulis de la muerte del padre Ezquerra, que ejecutaron en comandita usted y él.
Sólo su asesinato impidió que lo hiciera.
Usted no estaba dispuesto a que estallara el escándalo, así que preparó cuidadosamente su crimen.
—¡Eso es mentira! —aulló Balmaseda—. ¿Y si yo les dijera que fue mi propio hijo quien maquinó todo el plan, quien buscó a nuestro exempleado para que hiciera de sicario, quien le pagó, quien...? ¡Todo, todo salió de él, él lo hizo!
—¿Y usted no lo sabía?
—¡No! Sólo me lo contó cuando ustedes se presentaron en Pamplona y empezaron a preguntar. Se acojonó y, como siempre, buscaba mi protección.
—Y usted se calló.
—¡Es mi hijo! Mejor dicho, ¡era mi hijo!
Después de oírlo no quiero tener nada que ver con él.
Está intentando cargarme el muerto. ¡Es acojonante, después de lo que he hecho siempre a su favor!
¿Qué está intentando, quedarse con la empresa, hacer y deshacer él solito como ha querido desde que tuvo uso de razón? ¡Miserable cabrón!
Como estaba perdiendo los estribos, lo atajé con un gesto de firmeza.
—¡Le ruego que se calme! Deje sus sentimientos privados al margen de este interrogatorio o me veré obligada a pedir a mis hombres que se lo lleven.
De golpe y porrazo, se echó a llorar. Parecía un llanto que nacía de la rabia, sin tristeza, sin dolor.
El abogado le puso una mano en el hombro, él la rechazó bruscamente.
Sus lágrimas fueron apaciguándose, cada vez más quedas, más sentidas.
Pensé que era el momento de hacer explotar mi carga de profundidad, aquella que había estado guardando en el cajón secreto, de cuya existencia ni siquiera el subinspector sabía nada.
—Señor Balmaseda, creo estar en condiciones de comunicarle que hay una nueva acusación contra usted.
El detenido levantó la cabeza, el abogado se tensó. Yo continué, procurando aparentar calma, lo cual no era en absoluto verdad.
—Hace aproximadamente un año usted mandó drogar y matar estrellando su moto contra un árbol al joven Iván González, alumno espiritual del hermano Lorenzo.
Ese joven era conocedor del asunto del padre Ezquerra, probablemente por una confidencia del propio hermano.
Este, de alguna manera, se lo comunicó a usted, o el muchacho intentó chantajearle con la información...
En cualquier caso, algo le condujo a tomar una fatídica decisión y lo asesinó.
El anterior Pantone facial se completó con el blanco nuclear que apareció en la cara de mi subalterno. Por su lado, Balmaseda convirtió su llanto en una serie de alaridos de tipo animal, entre los que sólo pude localizar unas frases: «¡Basta, no sé qué dice, me quieren aniquilar!».
Lo enviamos a la enfermería para que le administraran un tranquilizante. Esperaba las preguntas del abogado, pero hizo lo más extraño que podía hacer: se largó sin decir nada. Más tarde supimos el porqué: a raíz de aquel interrogatorio renunció a la defensa de su representado.
Una vez ambos solos, Garzón se encaró conmigo.
—Pero, Petra, ¿ha perdido el juicio? Ni siquiera sabemos que la muerte del chico fuera asesinato.
—Había que aprovechar el momento, Fermín. No he hecho una acusación formal, pero a este tío no volveremos a tenerlo nunca más tan histérico como estaba. Si había algo oculto en su fuero interno, era la ocasión para hacerlo aflorar.
Lo mismo que dijo Garzón lo dijo el comisario cuando vio la grabación del interrogatorio. Se encogió de hombros y soltó una de sus sentencias lapidarias: «Lo que ya está hecho, hecho está. Si no aparecen pruebas, olvídese. Y si al tipo le da por cantar, todo canto será bienvenido».
La que nos esperaba iba a ser muy dura de pelar: detener a Miguel Balmaseda en base a las acusaciones de su padre, nuevos interrogatorios, careos entre ambos...
Una pesadilla concreta que se inscribía en aquel mal sueño general.
Yo estaba exhausta, estaba exhausto Garzón.
Sin embargo, no había razones para el desánimo, el caso podía considerarse resuelto.
Uno de los dos Balmaseda había ordenado matar al hermano Lorenzo.
Cojonudo, pero ¿cuál de los dos, ambos al alimón?
Nunca seremos capaces de adivinar lo que el destino nos depara, si bien los pesimistas siempre solemos esperar lo peor.
¡El destino!, un espíritu burlón que nos saca la lengua y nos hace pedorretas disfrutando de nuestra ignorancia.
Pues bien, en aquella ocasión mi destino me preparaba una grata sorpresa que me pareció lógica cuando la supe, pero con la que a priori no hubiera dado jamás.
Aquella misma tarde, ¡aquella misma tarde, Dios santo!
, me encontraba sentada frente al ordenador intentando establecer prioridades en todo lo que debíamos llevar a cabo durante las próximas horas.
Mi humor iba agriándose a toda velocidad cuando, con sus golpecitos característicos en la puerta, Domínguez pidió permiso para entrar.
—Inspectora Delicado, abajo hay una chica joven que pregunta por usted.
—¿Le ha dicho su nombre?
—Se llama Clara Balsamedia.
—Balmaseda, querrá decir.
—Eso. También he apuntado el número de su carnet.
—Hágala subir, Domínguez.
«¡La hija! —pensé—. ¿Qué querrá la hija ahora?
» La reconocí malamente al tenerla delante, pero la reconocí.
La chica de cara desprovista de rasgos especiales, la chica silenciosa, la peque de su papá, aquella de quien concluí que era el cero a la izquierda de la familia cuando su padre nos la presentó.
Parecía tranquila, o quizá su inexpresividad natural le daba un aire ausente y desinteresado. Me miraba sin hablar.
—Sabe quién soy, ¿verdad? —dijo tras la larga pausa inicial.
—Sí, claro, por supuesto. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Han detenido a mi hermano, ¿no?
—Así es.
—Les dejan hacer una llamada a los detenidos, ¿no? Pues él llamó a casa para decírnoslo a mi madre y a mí. Tomé el primer avión y aquí estoy.
—Sí, cierto, muy bien, pero si lo que quiere es visitar a su hermano, no es algo que yo pueda gestionar.
—No, lo que quiero es hacer una declaración sobre el asesinato del jesuita.
Me quedé patidifusa. ¿Otra acusación en contra de papá para salvar al hermanito?
Las cosas iban a ponerse difíciles para el empresario si toda su progenie se dedicaba a señalarlo con el dedo.
Sólo esperaba que la declaración prometida no fueran cuatro frases difusas de las que no pudiera sacarse una conclusión definitiva.
—Adelante, la escucho.
Llevaba un portafolios de buen tamaño en el que no me había fijado. Se lo colocó sobre las rodillas y empezó a sacar de él sobres y papeles.
—Mi padre mandó matar al jesuita y mi hermano también lo hizo.
Lo hicieron los dos en connivencia total.
Le pagaron a un tipo que había trabajado para nosotros, de apellido Madroño, con el propósito de que fuera el brazo ejecutor.
Aquí llevo todos los justificantes como demostración.
Tengo el reintegro de diez mil euros que sacó mi hermano de la cuenta de la empresa bajo el concepto «Provisión de fondos varios» para pagar al asesino.
Esos fondos no correspondían a nada en las cuentas generales, que, como mi padre se encargó de decirles, llevo yo.
Tengo los billetes de avión que sacó mi hermano a su nombre para venir a Barcelona, supongo que para contactar con nuestro extrabajador.
Tengo una conversación grabada entre mi padre y mi hermano donde se cuentan que ese hombre ha aceptado el encargo y en qué fecha más o menos va a matar al jesuita. Tengo más cosas, ¿quiere verlas todas?
Me encontraba tan estupefacta que la voz se negaba a salir de mi garganta.