30
De pronto teníamos un montón de material entre las manos, un material incandescente, que abrasaba, que soltaba humo y hasta chispas.
Había que tomárselo con calma e ir armando el rompecabezas poco a poco.
Contábamos con nuevos plazos para los interrogatorios del prófugo.
El juez había pedido permiso al ministerio fiscal para decretar prisión provisional sin fianza.
Existía riesgo de fuga, riesgo de destrucción de pruebas y el delito era grave, de modo que no tuvo ninguna dificultad para ponerlo en práctica.
Ahora Balmaseda no se encontraría en un simple calabozo con la esperanza de salir a los dos días, sino en la trena.
Naturalmente su abogado lo habría puesto al corriente de que una prisión provisional puede durar semanas, meses...
Eso debía de haberle bajado los humos, también las ganas de hacer representaciones teatrales con todo tipo de excesos y roles.
Ser testigo de por dónde intentaría salir del atolladero me provocaba enorme curiosidad.
No podíamos olvidar el deseo de su hijo mayor: prestar declaración ante nosotros.
Lo había citado aquella misma mañana. También su presencia me suscitaba interés, pero suponía que no nos daría datos utilizables en contra de su padre.
Al contrario, según el guion habitual, se dedicaría a lanzar proclamas a favor de su inocencia.
Eso siempre queda bien, al tiempo que disipa cualquier sospecha de complicidad.
Me acordaba vagamente de su aspecto el día en que su padre nos lo presentó.
Treinta y pico, vestuario discreto, cabello ralo y escasos rasgos de personalidad.
Estaba nervioso cuando entró en mi despacho, donde lo esperábamos Garzón y yo.
Se estrujaba las manos, proyectaba la mirada hacia todos lados sin fijarla en ninguno.
¿Íbamos a enfrentarnos a otro actor? Para evitar que cayera en la tentación de montar un auto sacramental, le pedí que se sentara mientras yo fingía buscar algo en la pantalla del ordenador.
Mi subalterno hacía lo mismo con la pantallita de su móvil.
Debió de surtir efecto la estratagema del desinterés, porque sus síntomas de nerviosismo desaparecieron y empezó a mirarse las manos sin ejecutar el menor movimiento.
Por fin di un suspiro enérgico, aparté la vista del teclado y le pregunté sin mediar más palabra:
—Vamos a grabar nuestra conversación. ¿Está de acuerdo?
—Sí.
—Muy bien, pues usted dirá.
Balanceó la cabeza, elevó las cejas e inició su discurso como si le costara hablar.
—Bueno..., mi padre es mi padre y yo haría cualquier cosa por él.
De verdad les aseguro que no creo que sea culpable de nada y muchísimo menos de matar a una persona.
Vaya eso por delante. Pero también es verdad que fue él mismo quien me enseñó que en la vida hay que ser honrado siempre y demostrárselo a los demás.
Nuestra empresa, la empresa que heredamos de mi abuelo, se desarrolla en un ámbito en el que la buena fama es básica para subsistir.
El negocio de las discotecas puede llevar a pensar que nos movemos en un mundo de gente frívola o con poca moralidad.
Ha costado mucho esfuerzo y muchos años demostrar que en nuestro caso nada de eso es así.
Todo se ha hecho siempre con limpieza y seriedad. Me entienden, ¿verdad, señores?
Esperando que aquel prolegómeno tan perfectamente preparado no se extendiera mucho más, contesté con cierta precipitación.
—Le entendemos muy bien. Prosiga, por favor.
—El caso es que cuando mi padre se preparaba el otro día para marcharse definitivamente de casa, no se lo dijo a nadie excepto a mí.
Me llamó y me dijo: «Hijo mío, las cosas se han puesto feas.
Voy a tener que marcharme o iré a parar a la cárcel.
Cuida de la familia y de la empresa. No te preocupes por mí, estaré un tiempo en la casa de la montaña y cuando vea el campo despejado, me iré muy lejos de España.
Tengo dinero fuera, todo irá bien. Algún día te lo explicaré, ahora te conviene no saber nada».
Nuestros cuatro ojos estaban pendientes de él.
—¿Y qué más? —no pudo reprimir la pregunta Garzón.
—Yo le contesté que esa casa no era un lugar seguro si quería ocultarse. Le preguntarían a mamá sobre las propiedades de la familia por si alguna le servía de escondrijo, ella lo diría sin sospechar nada... No me hizo caso.
—Es decir, que estaba usted dispuesto a ser su cómplice e infringir la ley.
—¡Se trata de mi padre, inspectora! ¿Qué hubiera hecho usted? Además, cuando sus compañeros de la Foral vinieron a mi casa... yo les revelé dónde estaba sin dudarlo un momento, pensé que era mi deber. No puede hacerme reproches sobre mi comportamiento.
—¿Por qué huyó su padre?, ¿le dijo por qué motivo las cosas se ponían feas para él?
—No, inspectora. Sólo dijo lo que le he contado, y yo estaba tan aturdido que ni se me ocurrió hacerle ninguna pregunta. No sé de qué huía ni qué pudo haber hecho.
—¿Nada?, ¿nada en absoluto?
—Nada, se lo juro. Ya ve que estoy colaborando con ustedes por decisión propia y ni puede imaginarse lo que me está costando hacerlo. No sé nada más.
—¿Y por qué lo hace? Si había estado dispuesto a infringir la ley por su padre, ¿qué le ha hecho cambiar de opinión?
—No puedo permitirme que el mal nombre caiga sobre nosotros.
Si mi padre ha cometido algún delito, tiene que salir a la luz.
Mi familia y la empresa tenemos que seguir adelante con la cabeza bien alta.
Un escándalo no resuelto puede dar al traste con la reputación del negocio, y mi padre fue muy claro en eso: «Cuida de la empresa y la familia».
—De acuerdo, pero ya sabe: tendrá que testificar ante el juez. La declaración que acaba de realizar no es suficiente.
—Sí, me lo imagino.
—No se vaya de Barcelona todavía. Deje al subinspector el nombre del hotel en el que se aloja y su número de teléfono móvil.
Salí de mi propio despacho sin saber a dónde iba.
Mi cabeza se había convertido en una máquina enloquecida.
Ni siquiera estaba segura de que una conversación esclarecedora con Garzón fuera a servirme de mucho.
Preguntas, muchas preguntas, y, de todas ellas, una me pareció la auténtica clave: ¿actuaba Balmaseda júnior movido por el deseo de ser honesto o por quitar a su padre de en medio y convertirse en dueño y señor de la empresa familiar?
Seguían planteándose más dudas después de su declaración, y una en concreto no podía pasarse por alto: ¿había dicho todo lo que sabía o estaba guardándose algo?
Cuando le trasmití tantos interrogantes a mi subalterno su respuesta no se hizo esperar.
—A mí eso de que este tío quiere ser honrado a carta cabal me parece una gilipollez. Estoy más a favor de que pretende dejar a su papi en el dique seco y ponerse él mismo a mandar de una vez.
—Pero su declaración es tan ambigua... ¿No sabe si su padre es un asesino o no? Y si lo sabe, ¿por qué no lo suelta con todas las de la ley?
—No creo que lo sepa, inspectora. De todos modos, aunque lo supiera, es muy fuerte eso de acusar a tu propio padre de asesinato. Se limita a ponernos sobre la pista y ya está.
—Su padre hizo algo parecido con respecto a su abuelo, nos indicó un camino para que lo siguiéramos y nada más.
—Sí, la cosa debe venir de familia. ¡Vaya familia!, ¿no? La mía tampoco es como para tirar cohetes, pero al menos no somos delincuentes.
—Que usted sepa.
—Bien observado. De la propia familia nunca se sabe todo, cosa que, por otra parte, resulta muy conveniente.
Al día siguiente Balmaseda estaba listo para ser interrogado. Esta vez sí compareció en compañía de su abogado. Tuve la impresión de que este se mostraba menos bravo y desafiante. Tomaron asiento y el inefable empresario empezó a hablar en su habitual tono desenfadado, casi jocoso.
—Bueno, pues ya estamos de vuelta. Parece que esto va a convertirse en una costumbre.
Les aseguro que tengo muchas cosas que hacer, pero la ley es la ley y la poli es la poli.
Si lo que van a preguntarme es por qué me fui a pasar unos días a la casa de montaña de mi mujer, puedo contestarles sin necesidad de ser detenido.
Lo único que quería era desconectar y descansar un poco.
Todo esto está siendo muy desagradable para mí y necesitaba un receso.
¿Hay algo delictivo en querer descansar?
Le dejé que terminara sin el menor gesto de impaciencia. Tampoco el abogado lo llamó a la prudencia ni lo interrumpió.
—Señor Balmaseda... —dije por fin muy lentamente—, antes de preguntarle nada, quiero que vea una grabación que realizamos ayer mismo.
Estaba todo preparado para la proyección.
No creo que una première en Hollywood cause más expectación entre los espectadores.
Apareció en imagen Miguel Balmaseda largando todo cuanto había deseado largar en su declaración.
Tanto Garzón como yo aparentábamos tomar notas para no alterar la reacción del detenido si se sentía observado fijamente.
Sin embargo, al menos yo, concentraba tanta atención en mis miradas furtivas que hubiera podido detectar las motas de polvo en el vestuario de ambos hombres.
Ambos hombres, digo bien; también el abogado era objeto de mi escrutinio.
Y ¿qué era lo que descubrían mis ojos? Curiosamente, un juego de colores.
El rostro de Balmaseda iba poniéndose encarnado poco a poco, se trataba de un rojo intenso, chillón, que derivaba sutilmente hacia el morado.
El caso del abogado era cromáticamente más difícil de determinar, pero yo hubiera jurado que estaba poniéndose verde.
Cuando la pantalla se oscureció, no se oía ni el vuelo de una mosca. Me volví hacia el encartado y pregunté.
—¿Y bien?
—Maldito hijo de puta —masculló.
—Es la palabra de ese señor contra la palabra de mi cliente —dijo el letrado en voz baja sin la menor convicción.