Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 29 #3
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En ese aspecto, coincidía con él. Es frustrante levantar la liebre y que otro le dispare.

Sin embargo, ser realistas era nuestra única posibilidad.

Si Coronas se inclinaba por un «busca y captura» el caso alcanzaría una nueva dimensión, y no resultaba inverosímil pensar que fuéramos relevados incluso a aquellas alturas de la investigación.

No hubo busca y captura. Coronas no tuvo que pensar en si lo ordenaba o no.

Él mismo nos informó a Garzón y a mí, cinco horas después de la desaparición del empresario, sobre las sorprendentes novedades que se habían producido.

Finalmente, Balmaseda había sido detenido por la Policía Foral.

Lo habían encontrado en un caserío perdido en medio de la montaña que no figuraba entre sus propiedades declaradas, ya que pertenecía a su esposa.

Al parecer, no había sido necesario hilar demasiado fino para dar con su paradero.

Su hijo mayor lo había delatado. Estaba tan paralizada que no fui capaz de reaccionar.

El subinspector lo hizo con uno de esos silbidos que expresan asombro y valoración al mismo tiempo.

—¡Vaya tela, comisario! —exclamó—. ¿Y tuvieron que emplearse mucho para que el chico cantara?

—Todavía no tengo detalles, pero según lo que me han dicho, lo hizo voluntariamente sin necesidad de ninguna presión.

Es lógico si lo pensamos un poco, el hijo se encuentra con el marrón, no entiende nada y ve que les va a caer encima a él y a la familia un chaparrón de aquí te espero.

Dice dónde está el padre y acaba con un problema que, para él, no ha hecho más que empezar.

—También habrá pensado en que la reputación de la empresa no quede más dañada de lo que puede llegar a estar. Al fin y al cabo, él y su hermana son los herederos, ¿no? —me atreví a decir al mismo tiempo que lo pensaba.

—No había caído en ello, pero supongo que eso habrá contribuido también —afirmó Coronas.

—¿Y ahora qué hacemos, comisario?

—Dentro de un par de días estará de vuelta Balmaseda en esta comisaría. Esta vez con acusaciones más serias y claros indicios de culpabilidad. Ahora lo tendrán más fácil para interrogarlo.

—Eso significa que seguimos a cargo del caso —dijo el subinspector.

Aunque había sido mi compañero quien formuló la hipótesis, el comisario me miró a mí al afirmar:

—Han sido ustedes quienes han llegado hasta el punto en el que el caso se encuentra. No veo motivos para que otros continúen con el proceso. Les prometí que no los dejaría caer y yo soy un hombre de palabra.

—Así se habla —murmuró mi compañero, provocando un sutil gesto de satisfacción en los labios del jefe.

Aquel caso era un continuo retorno. Tendríamos que vérnoslas de nuevo con Balmaseda. Ya le habíamos preguntado muchas cosas, ahora todas las cuestiones se resumirían en una: ¿por qué huyó refugiándose en la solitaria casa de su mujer? Llamé a Amancio Aspiazu lo antes que pude.

—Yo mismo iba a telefonearte, Petra. Ya sabes cómo han ido las cosas por aquí. Hay algo que no te habrán contado todavía, una sorpresa positiva: Balmaseda júnior quiere prestar declaración.

—Antes de saber nada quiero enterarme de cómo se desarrollaron las cosas. Cuéntame un poco.

—La esposa lloraba sin parar. Yo creo que no tenía ni puta idea de dónde estaba su costillo.

Cuando estábamos reunidos con toda la familia, allí no hablaba ni dios.

La mujer, ya te digo, a moco tendido, y los hijos, más bien tensos y acojonados, no decían ni mu.

Yo, aguantando la situación a pie firme, calladito también.

Puede que sea de pueblo, pero tengo mis técnicas.

El ambiente se fue cargando cada vez más hasta que por fin estalló el chico y cantó: «Mi padre está en...

». Por la cara de pasmo que puso la hermana, ella tampoco estaba al corriente de la huida de papi.

La esposa siguió llorando, ahora ya a grito pelado, una pesada de cojones con menos luces que un candil.

Salimos pitando y cazamos al prófugo, que se quedó ojiplático al vernos. ¿Me has seguido hasta ahora?

—Cual perro fiel.

—Me cogió el júnior en un aparte y fue cuando me dijo que quería declarar. Le contesté que vale, que me acompañara a comisaría, pero entonces dijo que quería hablar con quien había detenido a su padre la primera vez. Así que te toca a ti.

—Supongo que no vendrá con su padre.

—Nanay del Paraguay: va a tomar un avión. Igual llega a Barcelona antes que su ilustre progenitor.

—¿Querrá exculparlo?

—No sé qué pensar. No le temblaron las piernas cuando delató su paradero, y tampoco saltó con la retahíla de «mi padre es inocente» ni nada por el estilo. Igual quiere que lo enchironen de una puta vez. Me informarás, ¿verdad? Te aseguro que estoy muerto de curiosidad.

—¿Y cómo no voy a informarte? Estás siendo muy generoso conmigo.

—¿Yo?

—En ningún momento te he oído renegar por quedarte con el dulce en la boca. La gloria te importa poco, no luchas por las medallas como todo quisque. Para mí, eso es ser generoso.

—Te agradezco la lisonja porque en parte es verdad, aunque hay también una parte de egoísmo en mi actitud.

Este caso levantará polvareda en Pamplona.

Habrá gente que pondrá a la poli a parir, conozco a algunos de los amigos de Balmaseda.

No tengo ganas de estar en medio del fregado, cuanto más lejos, mejor.