Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 29 #2
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Le recordé que debería testificar ante el juez y lo dejé marchar. No bien hubo puesto un pie fuera del despacho, llamé a Amancio Aspiazu. Ni siquiera preguntó el porqué de mi petición, sólo contestó inmediatamente.

—Lo mando detener ahora mismo. ¿Tienes orden del juez?

—Te la envío enseguida.

Estaba poniéndome la gabardina cuando un alarmado Garzón preguntó.

—¿A dónde va, inspectora?

—Voy a hablar con Riaza. Ahora ya tenemos un móvil para los crímenes de Balmaseda, ¿no?

—¿Y las pruebas? Luisito no ha dicho que el hermano Lorenzo se reuniera con Balmaseda.

—Obtendremos las pruebas, no se preocupe. Ese tío se marcará una confesión en toda regla.

—¿Y qué hago yo?

—Siga entrenando su fuerza bruta. La hostia que le arreó al hermano no estuvo mal, pero me temo que para Balmaseda puede quedarse corta. Emplee los puños esta vez.

Mientras conducía iba pensando en el disparate que representa la religión católica.

Dos tipos viven juntos y uno le revela al otro un delito grave que cometió.

Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, ambos se han investido de una gracia especial llamada sacramento.

La gracia consiste en que uno es el confesor y el otro, el confesado.

Bien, pues de ese sacramento que sólo un sacerdote puede utilizar devienen dos consecuencias.

La primera, el confesor debe guardar secreto absoluto sobre lo que se le ha revelado, incluso ante la ley.

La segunda, el confesor perdona y absuelve de todo al confesado, con lo cual este puede largarse tranquilamente y tomarse cuatro copas para celebrarlo.

Es cierto que en el caso de Lorenzo Santos la conciencia apretaba y las copas fueron bastantes más, pero sólo porque él era así de íntegro, ya que pecados, lo que se dice pecados, no llevaba ni uno sobre la espalda.

¡Por todos los demonios, ni al propio Groucho Marx se le hubiera ocurrido una idea semejante!

Por no hablar del peligro público que el sistema representa.

Te cargas a tu marido, te confiesas con un cura y si la poli no te caza, puedes vivir en paz porque Dios, mediante uno de sus representantes, ya te considera limpio de polvo y paja.

No me extraña que el principal requerimiento para ser religioso sea la fe, con la lógica en la mano o eres ateo o estás loco.

Riaza me dio la orden judicial que le pedí.

Tuve la impresión de que lo hacía por cansancio, por aburrimiento, para no pensar más en un caso que había resultado ser dos y que, entrando a fondo en materia, bien podía convertirse en tres.

¿O acaso la muerte presuntamente accidental del joven Iván González estaba fuera de toda sospecha?

Yo también prefería no pensar. Reconozco que cuando me encomendaron la investigación del crimen del jesuita me hizo cierta ilusión.

Siempre he tenido debilidad por los asuntos teológicos.

Ni que decir tiene que la ilusión había desaparecido.

Nada hay más complicado que la curia apostolicorromana, entre los secretos de confesión, el corporativismo espiritual y el sursum corda , salir del laberinto es una labor destinada a gigantes.

Coronas se alarmó, como no era para menos. ¿Otra detención con desplazamiento interautonómico? Sólo lo tranquilizaba el hecho de pensar que el detenido no era un eclesiástico. Lo expresó a su modo original.

—No habrá que llevarlo bajo palio.

Eso resultó muy cierto, ni bajo palio ni bajo un simple paraguas. Mi colega pamplonica me llamó por teléfono.

—Petra, no podemos practicar la detención. Balmaseda no está en su casa. Falta desde ayer y la familia no sabe dónde se encuentra.

—Pero, Amancio, ¿qué coño estás diciendo?

—Lo que oyes, este tío se ha pirado sin más.

—¿Ha sacado algún billete, ha cogido equipaje, has hablado con su mujer?

—Había mandado a mis hombres para que lo detuvieran, pero, visto lo visto, ahora estoy yo mismo saliendo para casa de Balmaseda. Te informaré.

La sarta de tacos que soltó Garzón cuando supo de la presunta fuga no tenía desperdicio. Mucho más contenido estuvo el comisario. Se limitó a contraer las mandíbulas y decir.

—Después de todo, va a resultar que usted llevaba razón.

—¿Qué hacemos ahora, señor, orden de busca y captura?

—Un momento, eso es prematuro. Hay que esperar a que lleguen las indagaciones de Pamplona.

Por supuesto que Coronas sabía qué debíamos hacer, pero la ansiedad me impedía una espera tranquila. Le pedí al subinspector que bajáramos al bar. Ingerir alcohol no era la mejor idea: ¿un café, quizá? Mi subalterno me sacó de dudas.

—Dos cañas, Manolo.

Estaba más tranquilo que yo. Había canalizado la noticia hacia la irritación soterrada, pero mi conocimiento sobre él era suficiente como para saber que su silencio llevaba una mecha encendida y que, cuando se consumiera, se produciría la explosión. Como era previsible, no me equivoqué.

—¡Hay que joderse! Ahora ese maldito cabrón se ha escapado. Tiene medios para hacerlo. Coge pasta de su cuenta en un paraíso fiscal y adiós muy buenas. ¿O es que usted cree que no tiene cuentas por ahí?

—No es tan fácil escaparse por las buenas, ¿y la familia, y la empresa?

—¿Y quién le dice que no tiene otra familia en cualquier parte?

—Hablamos de un señor de Pamplona, Fermín. No creo que vuele tan alto.

—Pues lo que es volar, ya ha volado.

—El comisario decidirá. Nosotros, de momento, sólo podemos esperar órdenes.

—Eso también me jode. Nos curramos todo el caso, vamos dando tumbos de aquí para allá, conocemos más curas que una beata de pueblo y si ahora los de Pamplona trincan a Balmaseda serán ellos quienes se lleven las medallas.