Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 29
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Regresar sobre los pasos ya dados parecía una enormidad, pero había una gran diferencia entre lo que sabíamos al principio y las claves con las que ahora podíamos contar.

Sí, sí tenía idea de por dónde seguir. No se trataba por supuesto de la aplicación de una lógica aplastante, aunque era algo más que una intuición.

Cada vez estaba más claro de dónde manaba la fuente de alcohol con la que el hermano Lorenzo había intentado borrar los remordimientos.

Aquel pobre jesuita no tenía familia en la que confiar.

Por supuesto, su anciana tía estaba descartada como interlocutora.

Sin embargo, que no confiara en nadie resultaba muy difícil de creer.

Todos necesitamos descargar el corazón de vez en cuando y ¿qué mejor candidato que la persona que convivía con él?

—¿Don Luis Alvarado Cebrián? —preguntó Garzón un tanto confuso.

—Luisito para los amigos. Que venga a comisaría, dígale que con carácter de urgencia.

—Lo hago encantado, inspectora. Por un momento había pensado que eso de volver atrás nos llevaría otra vez al grupito de cafres del centro parroquial. ¡Se me abrían las carnes, créame!

Luisito no había cambiado de aspecto ni de actitud.

Estaba tranquilo y con el aire de quien se sitúa un tanto apartado del bien y del mal.

Ni por encima ni por debajo, observándolo desde un lado, nada más.

Me había preparado a fondo para aquel interrogatorio.

Para empezar, había decidido creer firmemente en la acusación que pensaba soltarle a bocajarro, aunque no fuera verdad.

También me había tomado tres cafés, uno de ellos bendecido con whisky, por si me fallaba la convicción.

Por último, sin darle demasiadas explicaciones, había autorizado al subinspector a que aflorara su lado más bestia si es que era menester.

—¿Le sorprende que le hayamos llamado para una nueva declaración, hermano Luis?

—No, pero supongo que si me llaman es porque puedo ayudar.

—En efecto, pero va a ayudarnos de verdad, sin mentiras ni ocultaciones como las que nos ha regalado hasta ahora.

—¿Cómo? No entiendo lo que quiere decir, inspectora.

—Ya verá como es fácil de entender. Usted vivía con el hermano Lorenzo. Sabía que bebía como un cosaco. Atribuía sus borracheras a la reacción sensible que él experimentaba ante los males del mundo. ¿Hasta ahí voy bien?

—Sí, claro.

—Pues de eso, nada. Los males del mundo hacía tiempo que aquel santo varón los tenía superados.

Lo que lo atormentaba era un mal más cercano, uno vivido en sus propias carnes.

El hermano Lorenzo sabía desde pequeño que se había cometido un asesinato y llevaba años y años callando el nombre del culpable.

Eso lo atormentaba y le hacía beber para olvidar, como en los tangos. ¿Va entendiéndome mejor?

—Ni una palabra.

—Le daré más detalles a ver si se hace la luz.

En Pamplona, su ciudad natal, un cura llamado Ramón Ezquerra abusó sexualmente con reiteración del hermano y de un amigo suyo, Fabián Balmaseda, cuando ambos eran niños de corta edad, como suele decirse.

Y hete aquí que, llegado un momento, y no pudiendo aguantar más la situación, Fabián se lo contó a su padre.

El padre, de nombre Pedro, era una mala bestia que no había oído hablar de moralidad ni de principios en su vida, vida que por cierto dedicó a hacerse rico abriendo discotecas aquí y allá.

Sin embargo, debía de haberle quedado tiempo libre para ver muchas películas del Oeste de la época dorada, porque el concepto venganza se le grabó a fuego en el corazón.

Y eso es lo que hizo, vengarse del abusador tomándose la justicia por su mano, como suele decirse también.

Dio cita en un lugar apartado a Ezquerra, tomó un coche, no sabemos cuál, y lo atropelló sin miramientos.

Cuando estuvo seguro de que no respiraba, se largó.

No hubo pruebas en la investigación que se llevó a efecto, o la investigación no se hizo bien...

¡Caso cerrado y a otra cosa! Pero, y ahora viene el intríngulis del asunto, el papaíto le contó su crimen a Fabián y este hizo lo propio con Lorenzo.

¡Ah, dos conciencias cargadas de pecado!

¿Qué le parece la historia? Sabrosa, ¿verdad?

Mi tono irónico lo mantenía un poco desconcertado. Sin embargo, supo reaccionar con calma.

—Esa historia que me cuenta es del pasado y, encima, sucede en una ciudad que no conozco. ¿Qué quiere que le diga, inspectora?

—Quiero que me diga la verdad, y la verdad es que el hermano Lorenzo lo puso a usted al corriente de ese asunto tan morboso. No se lo estoy preguntando, lo afirmo con toda convicción.

—Suponiendo que fuera así, lo que pudiera contarme lo hizo bajo secreto de confesión, y eso es inviolable.

Garzón saltó de su asiento como un felino selvático, se colocó de pie a un centímetro del hermano Luis y le gritó:

—¡El puto secreto de confesión! Pero ¿no se da cuenta, imbécil, de que a Lorenzo lo han matado por lo que la inspectora está diciendo?

—¡No es verdad!

Aquella hostia que había estado sobrevolando nuestro trabajo en los últimos tiempos halló por fin destinatario.

El subinspector, con fuerza considerable y sin que yo hiciera nada por impedirlo, se la plantificó en medio de la cara al estupefacto joven jesuita, que se llevó inmediatamente las manos a la nariz, desde donde empezaba a brotar un hilillo de sangre.

Yo seguí hablando con tono de voz imperturbable.

—El subinspector lleva razón, hermano. Es más que posible que Fabián Balmaseda haya contratado a un sicario para asesinar al hermano Lorenzo porque, en un momento dado, este decidió contar públicamente lo que sabía.

Sus remordimientos ya eran de un calibre inaguantable.

Telefoneó a su antiguo amigo y lo advirtió de lo que iba a suceder.

Entonces, Balmaseda puso en marcha su plan.

Por fin el hermano Luis perdió la compostura; entre intentos de cortar su pequeña hemorragia nasal con los dedos, chilló:

—Pero ¿por qué, por qué iba a hacer algo así? Su padre ya murió, el caso está sobreseído.

—¡Ese es el punto, Luis! ¿Sólo para salvaguardar la reputación de su padre?

No hace mucho que el amigo de Lorenzo acaba de admitir la culpabilidad de su padre sin demasiadas coacciones.

Hay algo más, hay algo más y usted lo sabe.

¿Va a dejar que el asesino de un hombre bueno, un hombre con el que usted vivía y colaboraba, se vaya de rositas?

Inopinadamente, se echó a llorar. Lloraba con angustia, con desesperación, como si le estuvieran arrancando las vísceras.

—¡Hable, joder, hable! —le berreó Garzón en el oído. Le dirigí una mirada para que lo dejara llorar, para que regresara a su asiento. Al cabo de casi diez minutos de llanto, cuando este se iba volviendo más quedo, menos arrebatado, musité:

—Subinspector, ¿quiere traer un poco de agua y unos pañuelos de papel para el hermano?

Me obedeció al instante. Salió y volvió a entrar con lo pedido. El testigo se precipitó a beber de la botellita de plástico. Se limpió como pudo la cara con los pañuelos. La voz le salió a duras penas para decir:

—Lo que voy a confesar es muy grave y sé que en toda mi vida me perdonaré por haberlo contado.

Nunca se me había ocurrido que el asesinato del hermano tuviera nada que ver con todo aquello.

Jamás se me pasó por la cabeza lo del amigo de Pamplona, lo del sicario, como dice usted.

Quizá de haberlo sabido hubiera profanado el secreto de confesión.

Tiene razón, inspectora, no es justo que un hombre bueno tenga un final tan terrible, no es normal que quien le quitó la vida no sea juzgado por la ley.

Soy profundamente religioso, pero también profundamente racional.

Hay veces que mis luchas internas son terribles.

Se quedó callado, bebió agua de nuevo, suspiró. Garzón y yo hubiéramos podido morir en aquel instante, ninguno de los dos respiraba.

—No fue el padre de Fabián quien atropelló al sacerdote.

Fueron los dos chicos, ellos dos, Fabián y Lorenzo.

Robaron uno de los varios coches de Balmaseda padre.

Lo sacaron del garaje de la casa de campo con facilidad.

Habían quedado con su director espiritual en un sitio lejano diciéndole que querían contarles a sus familias lo que estaba pasando, pero que necesitaban hablar antes con él.

Por la cuenta que le tenía, el sacerdote acudió.

Lo mataron. Conducía Fabián. Luego dejaron el coche otra vez en su sitio, con los desperfectos del atropello que pudiera tener.

No sé cuánto tardó en darse cuenta don Pedro Balmaseda del estado del coche.

Cuando empezó a indagar entre los empleados, Fabián se asustó y le contó lo que había pasado con el cura, lo que habían hecho su amigo y él.

No creo que denunciarlos le pasara ni un momento por la cabeza a don Pedro.

Si se hubiera enterado antes de lo de los abusos, a lo mejor el final del padre Ezquerra habría sido el mismo, pero de la venganza se hubiera encargado él personalmente.

Me imagino que, pasado un tiempo, hizo desguazar el vehículo, eso no lo sé.

—Después de todo, parece que el hermano Lorenzo tampoco era un santo de altar.

—Inspectora, la iniciativa de todo fue de Fabián, Lorenzo simplemente se dejó llevar. Él no era capaz de algo tan terrible, bien lo demuestran sus remordimientos.

—Sigamos adelante. ¿Cuándo le comunicó el hermano que pensaba desvelar su secreto a la policía?

—No me habló de eso. Si tenía intención de ir a la policía, no me lo dijo.

—¿No quedó con Fabián por teléfono para hablar del tema? ¿Desconocía usted por completo la intención de su compañero de entregarse a las autoridades?

—Por completo. La única vez que apareció esa historia espantosa fue en su confesión. Yo le di la absolución y nunca más afloró entre nosotros.