Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 28 #2
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—¡Ay, por Dios! Deje por lo menos en paz a la fauna salvaje.

Es posible que lleve razón en lo que dice, pero a mí me quedan muchas dudas y espacios sin rellenar.

Veamos, en los interrogatorios he tenido la impresión de que Balmaseda nos conducía hacia la pista de su padre como asesino.

Primero, nos señala sutilmente al rector.

Después, usando a mi modo de ver sus artes interpretativas un tanto pasadas de rosca, ha tardado bien poco en desvelar la autoría criminal de su padre.

¿De verdad se cree usted que un tipo primario, pero tan listo y artero como para triunfar en el negocio de las discotecas, va a contarle a su hijo de quince años que se ha cargado a su guía espiritual?

Yo no estoy tan segura, un riesgo excesivo para él.

—Pero tenemos la confesión del rector Bermúdez.

—Con sinceridad, no me fío de ese testimonio.

—¿Y para qué coño cuenta lo que ha contado, incluido el secreto de confesión y toda la pesca?

—¡Porque lo teníamos en nuestras manos, joder! Se inventa la confesión del cura, el secreto que lo ampara y sale del atolladero sin más explicaciones y ninguna exposición pública.

—¿Y su conciencia?

—Es usted cojonudo, Fermín. Estaba dispuesto a creer que Bermúdez se había cepillado al tipo con sus propias manitas y ahora duda de que fuera capaz de violentar su conciencia.

Ni conciencia ni carajos, amigo mío. Para empezar, sin duda consideraba a Ezquerra como un pecador abominable y juzgó su muerte como un castigo divino.

Quien lo hiciera, bien que hizo. Y por encima de todas las cosas, el caso ya ha prescrito.

El viejo Balmaseda está muerto, ¿a quién perjudica que lo acuse?

—Entonces, ¿no hubo tal confesión ni tal secreto?

—Me da en la nariz que no.

—¡Madre mía que estás en los cielos! ¡Qué astucia la de ese cura!, ¿no?

—¿Por qué cree que la Iglesia está donde está y ha aguantado ahí desde las catacumbas?

—¿Cabe la posibilidad de que Pedro Balmaseda no matara al padre Ezquerra?

—Como caber, cabe. No hay nada seguro aún.

Y voy a ir más allá en mis dudas. ¿Le parece que el móvil del presunto asesinato del hermano Lorenzo por parte de Fabián Balmaseda pueda ser conservar intocado el buen nombre de su padre?

¡Pero si acaba de ponernos su culpabilidad en bandeja sin ninguna presión por nuestra parte! No me cuadra, no me cuadra, Garzón.

—Es decir, que estamos como al principio de nuestra investigación.

—No, estamos mucho peor.

—¿Y qué coño hacemos ahora, Petra, presentar nuestra dimisión?

—Si no nos relevan del caso, que todo podría ser, de dimitir ni hablar. Empezaremos desde el principio de nuevo.

—¡¿Qué?! —exclamó con la cara enrojecida y mirando hacia todos los objetos que descansaban sobre mi mesa.

—¡Quieto!, ni se le ocurra tocar nada, tengo ahí cosas con valor sentimental. Hagamos una cosa, Fermín. Hablo con el comisario y le pido que nos dé la tarde libre. Descansamos, nos quitamos de encima un poco de estrés y seguro que mañana vemos las cosas bajo otra luz.

—Como diga, inspectora. Pero si es cuestión de luz, yo voy a necesitar toda la energía de una central eléctrica para ver algo claro.

Lo vi salir, con los hombros caídos y el paso cansino del perdedor. Yo me encontraba en peores condiciones anímicas que él, pero me había hecho gracia su réplica y me eché a reír a solas, quedamente, de la misma forma que hubiera podido echarme a llorar.

Al llegar a mi casa fue como si la viera por primera vez.

¿De verdad yo vivía allí? En los últimos tiempos había entrado y salido, dormido y comido algo sin prestar atención al entorno.

Lo único que me ocupaba el pensamiento era el caso, el dichoso, odioso, maldito caso.

La casa era algo pasajero, temporal, como un hotel en el que estuviera alojada mientras trabajaba.

La mente puede hacerte sufrir salvajemente: obsesiones, miedos, fantasmas...

Sin embargo, también puede brindarte protección: no ver, no pensar, engañarte a ti misma hasta el límite.

En aquel momento esa tutela se había acabado.

Aterricé en la realidad: en aquellas habitaciones no volvería a ver más a mi esposo.

Estaba muerto. El silencio que reinaba jamás se vería roto por su voz.

El caso no se resolvería y tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano para interesarme con la misma intensidad por cualquier otro asesinato que se me encomendara.

Intenté llorar, pero las lágrimas no brotaban.

No conseguía encolerizarme, ni sentía compasión por mí misma, ni estaba frustrada.

Aquella no era mi casa ni yo era yo. Guiada por algo que hubiera podido llamarse impulso de no ser tan lento y carente de estímulo, llamé a Julio Escámez.

Con voz neutra le pedí que viniera a hablar conmigo.

—¿Pasa algo grave, Petra?

—Me encuentro mal.

—Dame veinte minutos y estoy en tu casa.

Como era previsible, en cuanto lo tuve delante lamenté haberlo llamado.

¿Necesitaba un psicólogo? No lo sabía. Quizá lo que necesitaba era a alguien que hubiera estado presente en algún momento del caso y que supiera algo más que el resto de los humanos sobre cómo funciona el malestar de la mente humana.

Julio reunía ambas condiciones. Entró en casa, serví un par de cervezas y, antes de que yo hablara, preguntó:

—¿Qué es lo que te pasa, Petra?

En ese momento me reafirmé sobre el motivo por el que había requerido su presencia.

—Tú conoces más o menos el caso en el que ando liada.

Pues bien, se ha complicado hasta tal punto que me veo incapaz de resolverlo.

He pensado que lo indicado sería dimitir.

He llegado a casa con la convicción de que debo hacerlo.

Sin embargo, una vez aquí he sentido tanta soledad, tanta desesperación, la amargura por la muerte de mi marido ha vuelto con tal fuerza que no sé hacia dónde tirar.

Pegó un trago largo a su vaso, miró al techo y luego a mí.

—Supongo que, si te digo que has cometido uno de los errores de bulto en el duelo por tu esposo, enseguida sabrás cuál es.

—Refugiarme en el trabajo.

—Exacto. Supongo también que, si te aconsejo que reflexiones sobre ese error intentando revertirlo, me enviarás al infierno, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces no dimitas. Sigue como puedas en la investigación. Si te echan del caso, le darás muchas vueltas a lo ocurrido, te cabrearás sin ninguna duda, pero la frustración que ataca desde fuera siempre es más tolerable que la que generas tú mismo.

—Suena razonable.

—¿No tienes ni una idea de cómo continuar en ese caso de mierda?

—Tengo alguna que otra, sí.

—Pues ponla en práctica ya. No dejes de pelear, Petra. Eres más fuerte de lo que crees. En realidad, todos lo somos. Se gane o no la batalla, lo importante es participar.

—¿Como dijo el barón de Coubertin?

Se echó a reír.

—Desde luego, querida Petra, no sólo eres peleona, sino borde a morir.

—Siento haberte dado la lata.

—No te preocupes. Tenía unas cuantas frases hechas por soltar y me has dado la ocasión.

Me reí y le estreché la mano. Era un buen tipo, no cabía duda. A veces he pensado que un policía trata con tanta gente mala que después se le brinda la oportunidad de conocer a un montón de gente buena por simple compensación.