28
Balmaseda era nuestro último cartucho. Si ese tiro fallaba, nos encontraríamos con un montón de pólvora mojada.
Incluso dando en el blanco, podríamos aspirar a descubrir quién mató al padre Ezquerra, pero seguiríamos sin cobrar la pieza principal: el asesino de Lorenzo Santos.
Me entraron ganas de llorar a tumba abierta.
Todo aquello era un puro despropósito. ¿De verdad alguien había asesinado a aquel jesuita beodo?
No, continuaba vivo en alguna parte. Nuestra investigación había sido un sueño, una alucinación pasajera.
Despertaríamos en cualquier momento, incapaces de recordar.
¿El pasado realmente determina el presente como yo le había dicho a Garzón?
Eso parecía, eso afirman historiadores, filósofos y psicoanalistas.
Hay que buscar las razones profundas de los hechos mirando atrás.
Vas retrocediendo poco a poco, colgándote de lianas que alguien ha puesto a tu disposición, y acabas en el puto paraíso terrenal con la metomentodo de Eva y el gilipollas de Adán, que con tal de no prepararse él mismo la comida era capaz de arrearse manzanas prohibidas o lo que la parienta le pusiera en el zurrón.
Encima, ambos llevaban sus partes tapadas con una hoja de parra, cuando quizá era lo único digno que debían enseñar.
Si dejas de confiar en ti misma y te toca animar a los demás, a tu inseguridad le añades dolor, el mismo que yo sentía con aquellas consignas cuarteleras que le lanzaba al subinspector.
«¡A por ellos!» «¡Apriétele las tuercas!
» «¡Le daremos su merecido!» En fin, alea jacta est , como decían los romanos cuando veían crudo el porvenir.
Balmaseda se presentó otra vez sin abogado. O era una nueva ostentación de su inocencia o pretendía rebajar las minutas profesionales que había pactado con él. Quise empezar por ahí.
—¿Está seguro de que no quiere contar con su representante legal?
—No ha cambiado nada, ¿verdad?
—Me temo que algo ha cambiado. Nos mintió usted, señor Balmaseda. Hemos interrogado a don Ramiro Bermúdez y de su declaración se infiere que en la suya hubo falsedad.
—¿Cómo? Pero ¿qué está diciendo?
Era el momento de optar por la diplomacia o la brutalidad, y, naturalmente, me incliné por la segunda.
—No fue el hermano Lorenzo la única víctima de abusos sexuales por parte de Ezquerra, usted también los sufrió. No sólo eso, sino que se lo contó a su padre.
—Pero yo...
—Déjeme terminar. Su padre montó en cólera, pero no fue a denunciar al sacerdote. Decidió tomarse la justicia por su mano, una justicia bastante excesiva, según mi opinión, y fraguó una venganza en toda regla. Citó al cura en el lugar que le pareció adecuado y lo atropelló mortalmente con su coche.
No hubo réplica ni expresión en su cara. Un segundo después de haberme oído, se tapó la cara con las manos y se echó a llorar. Las convulsiones del llanto le afectaban todo el cuerpo. Empezó a temblar espasmódicamente. Intervino Garzón.
—¿Necesita ayuda, quiere agua, desea que llamemos a su abogado?
Negaba con la cabeza y apartó una de sus manos de la cara para hacer con ella signos de espera. Esperamos. Un momento después arrancó a hablar, siempre con regueros de lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Me duele recordar todo eso, me duele muchísimo, discúlpenme.
—¿Por qué nos ha mentido?
De improviso, abandonó el estado doliente y un ataque de rabia lo llevó hasta las nubes de la indignación.
—¡Por vergüenza, inspectora, por vergüenza!
¡Usted no sabe lo que es sufrir abusos! ¡Es horrible, no se te olvida jamás, te sientes culpable, te sientes una mierda!
Es como si te mataran algo por dentro. Te parece que la culpa de todo la tienes tú.
Nadie comprende lo que te pasa por la cabeza, nadie lo puede comprender.
—Usted sabía que su padre había cometido ese asesinato, lo sabía, ¿verdad?
—Yo..., no sé, algo sospechaba. Mi padre tenía muy mal genio, había luchado contra todo en la vida, había salido de la nada y...
—¡Usted lo sabía, Balmaseda, acabemos con esto! Cuando le contó lo que pasaba con el cura, él tomó la decisión de cargárselo y lo informó punto por punto. Era una manera de demostrarle a un hijo cómo hay que reaccionar cuando alguien se comporta como un cerdo. ¡Confiéselo de una vez!
Se dio un puñetazo en las rodillas, gritó.
—¡Sí, lo sabía! ¡Mi padre se encargó de que lo supiera, él mismo me lo contó!
No estaba arrepentido, quería que su acción me sirviera como ejemplo, estaba convencido de que obraba bien.
Sólo yo lo sabía, me cargó con el fardo a mí solo.
Me dijo que si se lo contaba a mi madre o a mi hermana me echaría de casa como a un perro. Me amenazó.
Volvió a llorar un rato. No lo interrumpimos hasta que con voz muy suave tomé la palabra.
—Y usted le hizo caso. Nadie de su familia se enteró. Únicamente confió en su compañero de desgracia, en Lorenzo. Para aliviar el peso del secreto se lo contó a él.
Saltó como un animal repeliendo un ataque.
—Pero ¿qué está diciendo?, ¿se ha vuelto loca?
¿Usted cree que iba a irle con la historia a un amigo?
¿Dejar a mi padre con el culo al aire? ¡Estaba aterrorizado!
¡Qué coño iba a confiar en ninguna persona para aliviar mi conciencia!
Desde que destapé el pastel con mi padre, a Lorenzo no volví a verlo más, nunca más.
—Yo creo que sí se lo dijo y que hace poco tiempo el hermano Lorenzo se puso en contacto con usted para comentarle que sentía remordimientos, que la sensación de culpa por haberse callado durante tantos años era ya insoportable y que tenía intención de reportar el hecho a la policía.
Entonces usted se asustó e, intentando preservar el buen nombre de su padre, contrató a un antiguo trabajador suyo, del que conocía sus tendencias violentas y su falta de escrúpulos.
Lo contrató para que lo matara, lo cual él no dudó en hacer.
—¿Y eso qué es, un cuento de hadas, una novela que quiere usted escribir? ¡Es indignante! ¡Ahora sí exijo la presencia de mi abogado, inmediatamente, ya!
Garzón vio llegada su ocasión. No se atrevió con el sopapo, pero se lanzó por la parte verbal.
—¡Eh, quieto parado! Guárdese la indignación donde le quepa. Usted es un detenido, y aquí los detenidos no tienen derecho a exigir nada; en todo caso a pedir las cosas por favor.
Balmaseda, como jefe de una empresa de tamaño considerable, no estaba acostumbrado a que lo trataran como a un subordinado. Sin embargo, se mordió la lengua y no respondió. No hacía falta, en realidad, de sus ojos emanó una descarga de odio intenso, de desprecio, de afrentada superioridad.
Media hora más tarde se personó aquel abogado que me caía fatal por la simple razón de ser tan feo.
Desconozco si a los demás mortales les sucede algo parecido, pero yo, ante ciertas fealdades específicas que no sabría tipificar, desarrollo una especie de fobia irracional que me cuesta mucho mantener a raya.
Mi fobia no generó ningún conflicto en esta oportunidad.
Entró el abogado, saludó, apagamos las cámaras de grabación y salimos al pasillo en espera de que ellos mantuvieran un conciliábulo.
Veinte minutos duró su vis a vis. De nuevo en la sala de interrogatorios, el feo dio su diagnóstico de la situación: ya que todas las partes implicadas, a saber: don Pedro Balmaseda, el hermano Lorenzo e incluso, tal y como él había podido comprobar en la prensa, el supuesto sicario, habían fallecido, no se podía aportar prueba alguna que avalara la acusación.
La buena voluntad de su defendido había quedado patente con su declaración sobre la culpabilidad de su padre en un crimen, crimen que, por cierto, había prescrito.
La petición que presentaba era muy clara: la inmediata liberación sin cargos de su cliente.
—Trasladamos su petición al juez —dije escuetamente.
—Pues vayan dándose prisa, porque las setenta y dos horas de detención máxima de mi cliente están a punto de finalizar y, aunque quizá no sería necesario esperar al dictamen judicial, lo haremos para demostrar que nuestra cooperación con la ley queda fuera de cualquier sospecha.
El juez Riaza dio por buenos todos los razonamientos del letrado.
Balmaseda salió del calabozo y se largó, limpio de polvo y paja.
No había pruebas que lo inculparan. Desde la ventana de mi despacho el subinspector y yo lo vimos subir a un Tesla con su defensor y poner sin duda rumbo a Pamplona.
Supuse que pararían en algún bar de carretera para brindar por su éxito, aunque fuera con una simple cerveza.
Garzón y yo nos quedamos solos, más solos que la una, que las dos, que todas las horas del reloj consideradas individualmente. Él, fiel a su temperamento domesticado, pero de raigambre montaraz, tomó un portalápices que estaba sobre mi mesa y lo estampó contra el suelo.
—¡Pero, Fermín, ahora sólo falta que me joda el mobiliario!
—Le pido excusas, inspectora, pero es que no puedo más.
¿Para qué ha servido todo lo que hemos hecho?
¡Para nada! ¡Las putas pruebas de los cojones!
¿A quién se le ocurriría que hay que tener pruebas de algo que es evidente?
A algún perroflauta que no tenía que bregar con asesinos.
El tal don Pedro, que debía de ser un cabronazo de mucho cuidado, se cepilló al tal padre Ezquerra, otro cabronazo igual o peor.
Luego el tal Fabián Balmaseda, rey de los cabronazos, hizo asesinar al hermano Lorenzo porque quería confesar lo que sabía después de tanto tiempo.
Pues bueno, el último de esa lista de ciudadanos ejemplares acaba de escapársenos en los mismísimos morros.
¿Cómo quiere que esté? La rabia se me come, mataría a un elefante a dentelladas.