Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 27 #2
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—A este tío lo hemos arrestado con la idea de acusarlo de haber liquidado al hermano Lorenzo en Barcelona.

De repente, un buen día nos presentamos en Pamplona siguiendo una pista y a usted se le cruza el cable con la muerte del padre Ezquerra.

Gracias a una de sus intuiciones inesperadas, variamos el punto de mira y, cuando interrogamos al detenido, parece que sólo nos interesa el atropello del cura maricón.

Balmaseda, que de tonto no tiene un pelo, saca sus conclusiones: el asesinato de Lorenzo es consecuencia o está relacionado con la muerte de Ezquerra.

Y ahí se aferra como un percebe a una roca: si demuestra que no tiene nada que ver con el pasado, queda claro que lo mismo ocurre con el presente.

—¿Él sabe si el rector se cargó al padre Ezquerra?

—No lo creo. Como ha repetido a menudo: sólo era un adolescente y no se hubiera enterado de algo así, pero esa es su oportunidad de salir limpio del embrollo.

En cuanto a que sea teatral, a mí siempre me lo ha parecido...

Es un empresario, y los empresarios empiezan el marketing en su propia persona.

—¿Le he dicho alguna vez que es usted brillante, Garzón?

—Jamás, que yo recuerde, y le aseguro que, viniendo de usted el halago, me acordaría de haberlo recibido.

—No se dé todavía por homenajeado. Todo lo que ha expuesto está bien urdido, pero nos deja en pelotas y con pocas esperanzas. Si Balmaseda queda libre de pecado, ¿qué pasa con la contratación del hombre misterioso?

—El hombre misterioso, que en gloria esté, no podrá decirnos quién lo contrató, si es que lo contrató alguien.

—¡Justamente!

—Pero muy bien pudo ser el rector, ¿no le parece? Estaba en Pamplona cuando atropellaron al cura y en Barcelona cuando se cepillaron al hermano. ¿Pura casualidad? Hay que entrarle a saco como dijo el comisario, Petra. Hay que sacarle la verdad.

—¡Ay, Fermín! ¿A qué cree que me refería cuando hablaba de pocas esperanzas?

El interrogatorio formal de su excelencia el rector no tuvo nada que ver con nuestro primer intento.

En esta ocasión vino acompañado de su asesor legal, un abogado que no pertenecía a la curia.

Sin embargo, la presencia de aquel hombre calvo y repolludo con pinta de pertenecer al Opus Dei no fue el motivo por el que no pudimos arrearle la tan ansiada hostia al detenido.

Su intervención fue muy breve. De hecho, se limitó a la presentación y el desenlace.

—Mi defendido quiere hacer una declaración.

Tanto Garzón como yo estábamos sorprendidos, aunque supimos disimularlo bien. Di una cabezada de consentimiento y Bermúdez, altivo y seguro de sí mismo como siempre, empezó a hablar con su característica voz campanuda.

—En vista de la gravedad de los hechos de los que se me acusa, debo revelar algo que, en su día, tuve que callar obligado por el secreto de confesión.

El atropello del padre Ezquerra fue perpetrado por don Pedro Balmaseda con la conciencia de que estaba cometiendo un crimen.

Su hijo Fabián le confió en una ocasión que tanto él como su amigo Lorenzo eran víctimas de tocamientos por parte del indigno eclesiástico.

Don Pedro era un hombre muy primario, hecho a sí mismo y con escasa cultura.

Como venganza ideó el asesinato. Citó al padre Ezquerra en un camino vecinal y puso en práctica su despiadado plan.

Tiempo después, carcomido por los remordimientos, vino a confesarse y pidió mi absolución.

De acuerdo con los principios morales que he jurado cumplir, recibió el perdón de Dios.

En vano intenté que se presentara ante las autoridades y se entregara.

No tenía intención de hacerlo. Yo guardé siempre silencio, pero pedí mi traslado a otro seminario porque me dolía extraordinariamente seguir viviendo en el lugar donde había ocurrido la tragedia.

La elección del seminario de Barcelona no dependió de mí, sino de mis superiores, que naturalmente no estaban informados de ninguno de los hechos.

Mi encuentro con el hermano Lorenzo en el ejercicio de mi negociado fue casual.

Cuando nos encontramos en unas jornadas de apostolado le pedí que diera clases a nuestros estudiantes.

Sabía que estaba haciendo una gran labor en el plano educacional y secretamente sabía cuánto debía de haber sufrido aquel hombre tiempo atrás. Intenté comprenderlo.

Realmente no fue necesaria la intervención del abogado, aquel detenido se las apañaba muy bien sin él.

Puede que hubieran preparado el alegato juntos, pero el rector tenía mejor presencia física y se expresaba a la perfección.

Debo reconocer que estaba tan pendiente de sus artes declamatorias que tardé en experimentar sorpresa por su acusación.

Garzón reaccionó antes, porque le oí decir «¡Coño! » por lo bajini.

—¿Cómo es que no acudió a la policía para contar lo que sabía una vez que don Pedro hubo fallecido?

—El secreto de confesión es inviolable siga viva o no la persona que lo confió a un sacerdote.

Y créanme que me duele el alma por haber tenido que desvelarlo.

Es más, mi acción podría conllevar la excomunión.

Pienso, sin embargo, que, dada la gravedad de los hechos, no seré objeto de ese castigo si soy convocado por un tribunal eclesiástico.

—¿Y qué me dice de un tribunal civil?

El abogado saltó por primera vez, casi gritando.

—Inspectora, me sorprende que no conozca las leyes imperantes en nuestro país.

En ningún caso, en ninguno, un sacerdote puede ser obligado a romper el secreto de confesión.

Puede consultarlo si lo desea. Una vez aclaradas las cosas, espero que comunique al juez que instruye el caso las novedades que se han producido para que mi defendido sea liberado inmediatamente.

—Por desgracia, la persona a quien su defendido atribuye el delito no puede afirmar ni negar la acusación. Veremos qué opina el juez.

Don Jacinto Riaza, sin duda con el miedo en el cuerpo, ordenó la libertad del rector. Tuve el coraje de recriminárselo directamente.

—Pero, señor juez, puede que no diga la verdad. Incluso admitiendo que no fuera el ejecutor del crimen, quizá sí incurrió en complicidad.

—Mire, Petra, falla el móvil. ¿Para qué demonios iba el rector del seminario querer asesinar a un cura corruptor?

—¡Para librarse de él!

—No sea ingenua. Si todos los curas pederastas hubieran sido ejecutados por sus mandos, lo de la pandemia hubiera parecido una broma. Hasta ahora les ha bastado con traslado y silencio. Tampoco el padre Bermúdez presenta el perfil de pandillero que se carga a un colega.

—Cosas más raras se han visto, señoría.

—Sí, pero yo sólo creo en las que he visto con mis propios ojos. Además, le confesaré que estoy harto de lidiar con la Iglesia. Cuanto antes los tenga lejos, mejor. El arzobispo me llama por teléfono cada dos por tres.

—¿Y cuando lo hace le presiona?

—Mi querida inspectora, la llamada de un arzobispo es una presión por sí misma. No hace falta que te atice con el báculo pastoral.

Me reí con tristeza, bajé la mirada. El juez me observaba con cara compasiva.

—Sé hasta qué punto están trabajando con ahínco en este caso el subinspector y usted. Sé que han ido más allá de sus obligaciones, que han regalado su tiempo a la Administración. No se desanime, por favor. Siga investigando.

—Y ¿si el resultado de las investigaciones vuelve a recaer sobre el rector?

—Si obtiene pruebas de ello le aseguro que me pondré el birrete por montera y procederé en su contra. De momento, su hipótesis no es realista y la coartada del rector resulta impecable.

¡Qué buen juez era Riaza! Ayudaba siempre en las pesquisas, no ponía trabas absurdas, no se creía tocado por la gracia como suele suceder con muchos de su profesión y, como guinda del pastel, exhibía un delicioso sentido del humor.

Por más que me jodiera profundamente, también en sus juicios subjetivos llevaba la razón: no, el rector no daba el perfil de un pandillero.

Yo andaba tristona, pero Garzón rozaba el desconsuelo. No soportaba la idea de que la posibilidad de un culpable se esfumara en el aire. Era como un niño al que le arrebatan el juguete que acaban de regalarle.

—Estoy seguro de que, si no se cargó a Ezquerra, sí que mató al hermano Lorenzo.

—No tenía motivos para hacerlo. En este asunto, como en tantas otras cosas de la vida, si no hay pasado no hay presente.

—Me he quedado con las ganas de darle un capón.

—¿No le daría igual dárselo a Balmaseda? Si ese secreto de confesión es cierto, está claro que nos ha mentido. Él sí fue víctima de abusos y sí se lo contó a la mala bestia de su padre. Con capón o sin capón, vamos a apretarle bien las tuercas, Fermín.