Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 27
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El tiempo apremiaba. No podíamos dejar de lado los interrogatorios de Balmaseda si no queríamos que se agotara el plazo legal para tenerlo entre rejas.

Tal y como habíamos previsto, la reacción eclesiástica no se hizo esperar.

El mismísimo arzobispo se plantó en la comisaría en cuanto supo que el antiguo rector había sido sacado del seminario de Granollers como sospechoso.

El comisario Coronas me llamó a su despacho.

—Petra...

—Sí, ya lo sé, señor, pero es que...

—Usted no sabe nada. Mire, inspectora, estoy hasta los mismísimos huevos de toda esta gente.

Ya basta, ya está bien. Ni el obispo, ni el arzobispo, ni el papa que viniera con la mitra puesta me van a hacer parar este puto caso.

Además, no crea que su santidad, o como coño se lo llame en familia, ha pedido clemencia o privilegios para el detenido.

No, lo único que quiere es discreción, silencio, que no trascienda, que me cargue al primer periodista que aparezca por aquí intentando meter las narices en el asunto.

Tres cojones le importa lo que pueda pasarle al mamón del rector.

Y no le digo nada lo que le importa saber quién mató al hermano Lorenzo.

¡Estoy harto de esta chusma sacerdotal, harto!

Vienen aquí con su aire de superioridad, como si tuvieras que pedirles disculpas por hacer cumplir la ley. ¿Me ha comprendido?

—Lo he comprendido muy bien.

—¡Perfecto! Pues, en ese caso, cuando interrogue al rector, ya sabe: a saco, ningún miramiento, ni monseñor ni monsepollas, apriétele las sagradas tuercas, y si hay que darle una hostia sin oblea, también. Como todo ha de quedar en secreto, nadie se enterará.

Nunca había visto a Coronas tan deslenguado. Su cabreo era intenso y pertinaz como una maldita lluvia. Di gracias a los cielos, porque verlo tan desbocado me dejaba las manos libres para actuar. Garzón me esperaba con cara larga.

—¿Qué?, ¿hay problemas, inspectora?

—Sí, pero sólo para el rector. Nosotros tenemos el campo abierto. El jefe está que trina con el aparato eclesiástico. Me ha dicho que podemos darle una hostia al sospechoso si se tercia.

—¿Puedo dársela yo?

—Me privará de un placer, pero todo sea por nuestra amistad.

Cuando tuve delante a don Ramiro Bermúdez, recordé muy bien los huesudos rasgos de su cara, el porte mayestático, la curvatura despreciativa de los labios.

Tener ganas de que un sospechoso caiga en tus garras no es bueno en absoluto, ni para un interrogatorio ni para una investigación.

Intenté serenarme, pero mi primera pregunta sonó como un disparo.

—¿Lo hizo usted solo o contrató a un sicario?

Elevó las cejas con aparente tranquilidad.

—¿Puedo saber de qué me habla?

—Se lo contaré con todo detalle. Nos remontamos a su época de director del seminario de Pamplona.

El padre Ezquerra era un abusador de menores.

Estaba abusando de dos muchachos que habían quedado a su cuidado espiritual.

Uno de ellos lo desveló. No era la primera vez que Ezquerra había incurrido en ese comportamiento.

Acudió a usted en busca de protección y usted no sabía qué hacer.

Por alguna razón que desconozco, no hizo lo que ustedes suelen hacer en estos casos.

No lo mandó desterrado a otra parte ni echó tierra sobre el asunto, sino que lo asesinó.

Un atropello mortal del que nunca se supo el nombre del conductor.

Ahora repetiré mi pregunta y añadiré otra más.

¿Lo hizo usted solo o contrató a un sicario?

¿Por qué motivo optó por algo tan drástico como matarlo, en vez de denunciarlo a sus superiores?

—Yo le daré dos respuestas. Primera: quiero saber de qué se me acusa. Segunda: tengo derecho a un abogado.

—Se lo acusa del asesinato del padre Ezquerra, cura secular en Pamplona en el año 1995. En cuanto a un abogado, lleva razón. Puede llamarlo, y que esté presente en los interrogatorios.

—Entonces, ¿hemos terminado?

—Por el momento, eso parece. Dese prisa en contactar con su letrado para que podamos reanudar los interrogatorios inmediatamente.

Salió como había entrado, erguido y digno, sin más expresión que el desdén. El subinspector me miró con marcada decepción.

—¿Y la hostia? ¿Cómo le vamos a arrear una hostia o entrarle a degüello si está delante su abogado? Me pregunto qué tenía Coronas en la cabeza cuando le dio barra libre con él.

—Era una manera de hablar. El cabreo le disparó la imaginación. Llame para que traigan a Balmaseda, debe de estar deseoso de vernos.

Balmaseda volvió a presentarse solo. Le recordé su prerrogativa de asistencia legal.

La rechazó. Me acosaba la sensación de estar perdiéndome yo solita en un laberinto.

Si semejante impresión se presenta al inicio de un caso, la cosa no es grave.

Si por el contrario te acomete cuando teóricamente crees haber recorrido todo el camino hasta casi el final, encomiéndate a Dios en caso de ser creyente.

—Señor Balmaseda, ¿alguna vez tuvo la impresión de que el rector del seminario de su ciudad, Ramiro Bermúdez, hubiera ordenado o perpetrado él mismo el atropello del padre Ezquerra de modo premeditado y criminal?

La reacción esperable era la extrañeza, la estupefacción, la sorpresa, pero el empresario no se atuvo al guion. Meneó la cabeza varias veces como considerando la cuestión o buscando en su memoria.

—Pues, inspectora, no sé qué decirle. Le repito lo de siempre: yo era un chaval, han pasado muchos años..., pero que un eclesiástico cometa un crimen no suena como algo muy normal. ¿Por qué haría una atrocidad de ese tipo?

—Voy a ser muy directa esta vez. ¿El padre Ezquerra abusó sexualmente del hermano Lorenzo y de usted?

Se puso un poco tenso. Sin embargo, en mis esquemas mentales la tensión hubiera debido ser más llamativa. Le costó al menos un minuto lanzarse a contestar.

—Le aseguro con la mano en el corazón que conmigo nunca lo intentó.

—¿Y con su compañero?

Bajó la vista, se estrujó las manos. Esta vez fue más largo el tiempo que nos hizo esperar su respuesta. Al fin, como en estado de turbación, dijo:

—Es posible, no lo sé. Lorenzo tenía inclinaciones distintas a las mías.

—¿Quiere decir que era homosexual?

—En aquella época ese tipo de intimidades no se compartía entre chicos.

—Está esquivando la cuestión. Es más, está ocultando la realidad. Usted sabía que el cura estaba abusando de su amigo, sabía que él era homosexual. Él mismo le contó lo que pasaba. Él mismo, abrumado por la culpa, le comunicó su deseo de destapar la situación. Corríjame si me estoy equivocando.

Se llevó las manos a los ojos como si se dispusiera a llorar. Las apartó súbitamente, elevó la voz.

—¡Yo le pedí que lo hiciera, que acusara a aquel maldito cabrón!

Cuando mi amigo me contó lo que le hacía se lo veía desconsolado, le caían lagrimones como puños por la cara.

¡Y encima estaba convencido de que el pecado era suyo!

Lo zarandeé, le chillé que o él acusaba al cura o lo haría yo. Al final, lo convencí.

—¿Y qué hizo Lorenzo?

—Fue a hablar con don Ramiro Bermúdez y le contó la verdad.

Tenía confianza en el rector, muchas veces habían hablado de su vocación religiosa.

A partir de ese momento, no sé nada más.

Lorenzo ingresó en el seminario, a mi padre le dijeron que la tutoría del padre Ezquerra se había acabado.

No volví a ver a mi amigo. Al cabo de unos meses, el cura apareció atropellado.

—¿Y usted no pensó que el atropello tenía algo que ver con todos los episodios ocurridos?

—¡No!, qué voy a pensar, era un crío, un crío de quince años. Sólo recuerdo que me puse contento de que hubiera muerto, pensé que se lo merecía, que Dios lo había castigado.

—Y pasados los años, ¿nunca se le ocurrió que aquella muerte tenía algo que ver con el asunto?

—Sí, claro que lo pensé. En ocasiones me venía a la mente, como en sueños.

Se me aparecía la figura del rector conduciendo un bólido de carreras, ¡imagínese!

Pero ¿qué quería que hiciera, presentarme ante las autoridades y soltar las sospechas de un niño, unas sospechas que databan de tanto tiempo atrás?

¡No tiene ninguna lógica, inspectora, hubiera sido absurdo!

—Supongo que lleva razón. Puede retirarse.

Siempre que daba por terminado el interrogatorio, el detenido parecía frustrado.

Sin duda deseaba más preguntas, o, mejor dicho, lo que quería era hablar más, remachar sus afirmaciones, prolongar ante nosotros la exposición de sus pensamientos.

A mí, su comportamiento me resultaba sospechoso.

Parecía planificado. El hecho de que hubiera prescindido del abogado no era extraño, suelen emplearlo algunos acusados como demostración de que dicen la verdad.

Lo que me mosqueaba era su dedo apuntando claramente al rector Bermúdez, así como la insinuación sobre la homosexualidad de Lorenzo.

Todo aquel paquete de recelos se completaba con su actitud.

En algunos momentos me había hecho pensar en una interpretación teatral ligeramente sobreactuada.

Cuando le comuniqué todos mis resquemores al subinspector, los rebatió uno por uno en un alarde de racionalidad.

—Veamos, inspectora, el que deje fuera de juego un rato al abogado es un recurso clásico que hemos visto mil veces en detenidos primerizos.

Y este abogado en concreto es tan pelmazo que hasta debe de tocarle las narices a su defendido, acostumbrado a hablar por sí mismo y a que su palabra sea la ley.

—Sí, de acuerdo, lleva razón. ¿Y el resto de mis dudas?