26 #2
—Sí, completamente cierto. Lorenzo sí quería ser cura, y con todos los consejos de Ezquerra se le afianzó la vocación.
—Y a usted le desapareció.
—Me aburría como una ostra en las charlas, y cuando le dije a mi padre que ya no quería saber nada del seminario se puso la mar de contento, esa es la verdad.
—¿Volvieron a verse Lorenzo y usted?
—Pues no me acuerdo muy bien, pero sé que un tiempo después lo mandaron a otro seminario y no nos vimos nunca más.
—¿Y al padre Ezquerra, volvió usted a verlo?
—No creo, pero hace tanto tiempo que vaya usted a saber...
—Naturalmente, se enteró usted del terrible atropello del padre.
—Se enteró todo el mundo, sí.
La segunda protesta del abogado estalló en aquel momento.
—Inspectora Delicado, la llamémosla curiosa acusación de asesinato que ha pronunciado usted antes, ¿se refería a la muerte del padre Ezquerra? ¿Mi defendido, con quince años, atropelló dolosamente a ese buen señor?
—Veo que está usted informado de eso.
—¡Inspectora, por favor! Le ruego que no me minusvalore.
—Oiga, abogado, el interrogatorio lo llevo yo, y puedo saltar del pasado al presente sin que eso signifique nada en sí mismo. Es como las novelas modernas, ¿sabe usted? No hace falta que sigan un curso lineal. ¿Le gusta leer novelas, abogado?
—Nunca leo ficción, me parece una pérdida de tiempo.
—Tanto mejor, porque nosotros trabajamos con realidades. ¿Puedo continuar?
Me volví hacia Balmaseda y, de paso, le lancé una fugaz mirada a Garzón. Tomaba notas sin parar.
—Señor Balmaseda, ¿alguna vez le ha pasado por la cabeza que pueda existir alguna relación entre la muerte de Ezquerra y el final inesperado de la tutoría espiritual que ejercía con ustedes dos?
Antes de que el abogado pudiera intervenir, Balmaseda le soltó:
—Tranquilo, Eduardo, no hace falta que hables más, no tengo nada que ocultar. No, inspectora, no se me hubiera ocurrido pensar eso en todos los días de mi vida. ¿Puedo saber por qué lo piensa usted?
—No puede hacer preguntas, sólo contestarlas. Seguro que ha oído esa frase en alguna película.
El empresario no sabía muy bien por dónde entrarme.
Tenía experiencia en tratar con la gente, pero el tono irónico se le escapaba.
Lo suyo era más bien la campechanía. Sin embargo, no mostraba el menor síntoma de nerviosismo.
La detención, el llamativo traslado policial, nada de eso parecía haber hecho mella en él, lo cual me fastidiaba una barbaridad, puesto que había contado con su malestar psíquico para desarrollar mi plan. Volví al tema.
—De manera que no ve ninguna relación entre ambos hechos, ¿no es así?
—Así es. Toda la ciudad se preguntó en su día qué podía haberle pasado al cura. Yo lo sé porque mi padre me lo contó años después. Cuando ocurrió, a los chavales no nos dijeron nada, supongo que no querían que nos impresionáramos.
—¿A Lorenzo tampoco?
—Creo que no.
—Si cree tal cosa es porque sí lo vio después de los hechos y quizá estuvieron comentándolo.
—No, sólo me lo imagino. Ya puede hacerse una idea de cómo van las cosas en una ciudad pequeña. Por más que a los críos se nos ocultara la verdad, lo sabíamos todos. Y estoy casi seguro de que la tía de Lorenzo, con lo beata que siempre fue, no le dijo ni media palabra.
—¿Qué se comentaba entre los chicos?
—¡Caray, y yo qué sé! Bobadas; a la edad que teníamos...
—¿Ha vuelto a ver a la tía del hermano Lorenzo?
—Bueno, alguna vez nos hemos saludado por la calle. No soy santo de su devoción. Como mi empresa está centrada en discotecas, debe de parecerle que me dedico a fomentar el pecado y la perversión.
—De acuerdo. Hemos terminado por el momento.
Hubo un instante de estupefacción general.
Nadie esperaba que el interrogatorio fuera tan breve.
El que más se sorprendió fue Garzón, que dejó de tomar notas y me miró con los ojos de par en par.
Balmaseda y su abogado se pusieron en pie.
Un policía esperaba fuera para devolver al detenido a los calabozos.
Sin embargo, apenas hubieron cruzado la puerta, el policía asomó la cara después de haber dado dos golpecitos en la puerta.
—Inspectora, el detenido dice que si puede hablar un momento con ustedes.
—No hay inconveniente, hágalo pasar de nuevo.
No lo acompañaba el letrado.
—Disculpen, pero es que he pensado en algo que a lo mejor les interesa.
—Siéntese. ¿No quiere que esté presente su abogado?
—No hace falta, es sólo algo que he recordado. Como veo el tipo de preguntas que me están haciendo y yo poco o nada me acuerdo de aquella época, se me ha ocurrido que quizá el director del seminario sí tiene esos datos.
—¿Sigue siendo el mismo?
—¡No, qué va! Lo mandaron a otra parte, como hacen siempre con todos los curas, que los trasladan sin explicaciones, y, desde luego, no sé a dónde fue. Pero del nombre más o menos me acuerdo, se llamaba don Ramiro o algo así.
—Muchas gracias, tomamos nota del dato.
—Quiero que tengan presente que mi deseo es cooperar en todo lo que pueda.
Con la cara más inexpresiva que pude, llamé al policía para que se lo llevara. Dos segundos más tarde tenía la muy expresiva cara de Garzón cerca de la mía.
—Petra, hemos manejado más nombres en este caso que los que figuran en el listín telefónico, pero, si la memoria no me falla, ¿Ramiro Bermúdez no es el rector con el que nos entrevistamos?
—No le falla la memoria, pero hace justo un mes cerraron definitivamente el seminario. Lo leí en internet.
—¿Y qué han hecho con la gente?
—Están reubicados en el seminario mayor de Granollers. Salga pitando, Fermín, necesito que el juez emita una orden de vigilancia del antiguo rector y que una patrulla efectúe inmediatamente la detención. ¡Joder, Garzón, ni se nos ocurrió pasarnos por el seminario de Pamplona!
—¿Y quién podía saber, Petra? Curas seculares, órdenes eclesiásticas, órdenes monacales, seminarios, parroquias... ¡La de Dios! No estamos familiarizados con este entramado, a mí el que nos olvidáramos me parece normal.
—Todo lo normal que usted quiera, pero ahora sí se va a liar.
Se liaría, sin duda. El topetazo con la Iglesia sería ahora directo y frontal.
Sin embargo, mi cabeza cabalgaba por otros derroteros que acababan de abrirse ante nosotros.
¿A qué estaba jugando Balmaseda? ¿Por qué aquellos deseos súbitos de cooperación?
¿Sólo pretendía quedar bien? No veía muy claro aquel recuerdo final, su entrada después de que acabara de salir.
Parecía un subrayado, una teatralización que dejara patente la identidad del rector.
Descartando su buena fe, cabían dos posibilidades para su actuación.
O, viendo que nos alejábamos del asesinato de Santos, pensaba en la posibilidad de que la falta de pruebas lo librara de la imputación o estaba señalando claramente al culpable de un crimen pasado del que conocía algunos detalles.
El juez Riaza no tuvo más remedio que emitir la orden. Garzón me comentó que su frase al firmarla tuvo muy poco de original: «Ahora sí se va a liar», exclamó apretando los dientes. Obviamente, la Iglesia tenía entre nosotros una impecable reputación de poder.