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Desconocía los términos legales. No estaba segura de si la detención podía hacerse a nuestra conveniencia.
El comisario me sacó de dudas. Sí, por supuesto que podíamos detener a Fabián Balmaseda y traerlo a Barcelona.
Naturalmente, necesitábamos la orden del juez.
Coronas se rascó la coronilla en un gesto poco usual en él.
—Pero las pruebas, Petra...
—El juez tiene los informes, ha seguido la evolución del caso.
—Ya lo sé. A no ser que se haya hecho la picha un lío, lo cual no sería extraño dadas sus investigaciones... llamémoslas complejas, llegará a las mismas conclusiones que usted. Sin embargo, dudo de que sin pruebas concluyentes pueda llevarse a cabo una detención en toda regla.
—¿Y como investigado, podemos traerlo como investigado?
—No estoy seguro, tendré que informarme bien. Nunca me había encontrado en una situación como esta. También podemos convocarlo y que venga a declarar voluntariamente.
—¡No, comisario, no! Necesitamos la presión que representa traerlo aquí por la fuerza. Y existe riesgo de fuga, eso es de cajón.
—¿Tan seguros estamos de que Balmaseda es culpable?
—No tengo dudas.
—¿Y cómo piensa probarlo?
—Le haré confesar.
—¡Dios santo, Petra, qué miedo me da eso! Sabe que sólo tiene setenta y dos horas. Balmaseda no es un pringado, es un empresario con pasta. Contratará a los mejores abogados, se las hará pasar canutas.
—Confíe en mí, comisario.
—Las peores decisiones se toman en base a la confianza.
—¿Y qué propone que hagamos? ¿Quedarnos a medias, dejar que el pájaro vuele libre y feliz?
—De eso nada, un buen policía tiene que batallar, incluso el doble que uno malo. Yo voy a atacar al juez. Usted vaya preparando las armas.
Se podía, y el juez accedió. No se había hecho la picha un lío, según la silvestre expresión de mi superior.
Por supuesto, objetó que quedaban un montón de cabos sueltos, pero por fortuna nadie le dijo que nosotros teníamos los mismos cabos sin atar.
Ni siquiera contábamos con la certeza de que con ellos se pudiera urdir una red en la que atrapar una buena pieza.
El método para trasladar al implicado era de lo más aparatoso.
La Policía Foral debía llevarlo custodiado y en vehículo oficial hasta el confín de Navarra.
Al pasar a Cataluña, era la Policía Nacional quien debía hacerse cargo del sujeto y conducirlo hasta Barcelona.
Toda esa parafernalia me encantó. Era justo lo que pretendía, acojonar a Balmaseda, hacer que se sintiera un paria y advirtiera que su poder in situ desaparecía como por ensalmo.
Para variar, mi subalterno no estaba tan eufórico como yo. Tenía más dudas que el mismísimo Hamlet y, como el personaje, portaba una calavera en la mano, preguntándole más cosas de las que aquellos huesos inertes eran capaces de responder.
—¡Ay, inspectora! Usted afirma que Balmaseda se acojonará, pero le aseguro que el más acojonado soy yo. Las hipótesis sobre las que trabajamos no son redondas. Hay muchos interrogantes que no entendemos aún. ¿Cómo vamos a salir de esta?
—¡Deje de darme la tabarra, Fermín! Esto es un intercambio de roles en toda regla.
¡Soy yo la pesimista, la agorera, la que suele ver el futuro más negro que el carbón!
Y es usted quien normalmente da saltitos de alegría cuando nos encomiendan un caso: «¡Eso está chupao!
». Pues bien, si esta vez cree que vamos a darnos la hostia del siglo, no me lo comunique, guárdeselo.
—Hablando de hostias, eso es lo que dijo el comisario Aspiazu cuando le comuniqué la orden de traslado de Balmaseda.
—¿Qué dijo?
—¡Hostia!
—¿Y nada más?
—Que le mandara la orden del juez. Y luego repitió «¡Hostia!» otra vez.
—Con un ejército de acojonados no se puede luchar. ¿Sabe qué les preguntaba Napoleón a sus huestes antes de entrar en la batalla? Les preguntaba si tenían suerte.
—Pues qué cachondo, ¿no?
—Una cosa le diré: mi suerte me ha dado tanto la espalda, he sido tan ceniza en los últimos tiempos, que la mala racha no puede durar más. ¡Venceremos, Garzón!
Me miraba con auténtica perplejidad, la misma que yo sentía después de pronunciar aquella ridícula arenga seudomilitar.
En mi mente excitada por la tensión se representaba la imagen del viaje final que realizó Carlos V hasta el monasterio de Yuste, su morada definitiva.
Veía con claridad al emperador, torturado por la gota, avanzar penosamente a caballo hasta que el dolor se hacía insoportable y era transportado en una litera adaptada a su mal estado de salud.
Lo acompañaba un nutrido séquito con todo tipo de carruajes.
Igualito que Balmaseda, pensé, e incluso llegué a desear que se encontrara tan postrado como aquel monarca todopoderoso.
Mi anhelo no se cumplió, el empresario estaba como una seda, y, según los informes de su traslado, no opuso resistencia cuando se lo detuvo ni mostró impaciencia ni mal talante durante el itinerario.
Su peor momento se manifestó cuando fue depositado en el calabozo de comisaría.
¡Ah, amigo!, ahí se enfrentó a la cruda realidad: estaba preso, ¡era un preso!
El nuevo estado no debió de ser para él un flexible cartílago, sino un hueso bien duro de roer.
El primero que lo recibió, le leyó sus derechos y todo el copón fue el comisario Coronas, aunque sería más justo decir los recibió, ya que el abogado de Balmaseda llegó al mismo tiempo que él.
Mi jefe me trasmitió la impresión que le había causado: «Un tipo jodido, como era de prever, aunque tiene algún punto vulnerable.
Ni idea de cuál pueda ser. Eso le toca a usted, Petra.
Si le coge el tranquillo, igual cae rendido a sus plantas».
Lo dudaba, dudaba seriamente de que el empresario se hincara de hinojos a mis pies. Tampoco parecía probable que su abogado renunciara a estar presente en los interrogatorios, un derecho fundamental. Batalla en dos frentes. Ni el propio Napoleón se las vio tan negras como iba a vérmelas yo.
El abogado se llamaba Eduardo López Martín y tenía una pinta de lo más convencional.
Traje oscuro de raya diplomática y el pelo exactamente igual, oscuro y con una raya bien trazada, diplomática o no, que le surcaba la cabeza como una autopista o un canal.
Me miró sin sonreír y tampoco sonrió al subinspector.
Se limitó a estrecharnos las manos con fuerza muy lejana a la de un apretón.
Nos comunicó que ya había mantenido la conversación previa con su cliente y que cuando quisiéramos podíamos comenzar. Era como si nos diera permiso oficial.
Balmaseda entró en la sala con paso lento.
Me miró, ignoró a mi compañero y se sentó donde le indiqué.
Su actitud me pareció curiosa. No se mostraba tenso ni se lo veía internamente preocupado.
Tuve la sensación de que aparentaba no haberme visto jamás.
Al empezar con las formalidades, López me interrumpió.
—Está todo en orden, inspectora. Su superior directo, el señor comisario, ha tenido la amabilidad de dejar todo listo. Sólo me gustaría oír de nuevo la acusación que pesa sobre mi defendido.
Aquella precisión de «su superior directo» era claramente un intento de tocarme los cojones, que enseguida le devolví diciendo secamente.
—Asesinato.
El empresario respingó, López esbozó una amplia sonrisa burlona, como si hubiera acusado a su cliente de haber provocado una explosión nuclear.
Era obvio que, dadas las circunstancias, aquel tipo debía caerme mal, aunque fuera el más seductor de los hombres.
Por fortuna, me cayó fatal de modo genuino y espontáneo.
Cumplía con el tópico al cien por cien: abogado exitoso de provincias que quiere exhibirse en plaza ajena.
—¿Puede saberse a quién asesinó mi defendido?
—Eso ya lo sabrán.
—En todos mis años de ejercicio nunca había oído algo semejante.
Balmaseda le tocó el codo.
—Dejemos que la inspectora trabaje, no hay nada que temer —afirmó mansamente.
—Señor Balmaseda, ¿es cierto que usted y el hermano Lorenzo Santos fueron amigos en la niñez?
—Sí, éramos amigos. Lo recuerdo muy bien.
—¿Es también cierto que ambos recibieron durante un tiempo la tutoría espiritual de un sacerdote ya fallecido apellidado Ezquerra?
—Sí, eso también es verdad. Mi padre y la tía de mi amigo consideraron que sería bueno para nosotros recibir un poco de doctrina cristiana y algunos consejos para nuestro desarrollo personal.
—¿Hubo alguna razón concreta para que recibieran esa instrucción especial?
—En fin, inspectora. Los tiempos eran otros. La educación de los chicos era dura y exigente, y cualquier pequeña falta que hoy sería considerada como una tontería parecía que debía ser corregida a base de religión.
—¿Sus padres eran muy religiosos?
—No especialmente. El religioso era yo, hasta había tomado clases en el seminario pensando que tenía vocación de cura. Era consciente de haberme portado un poco mal, de modo que la idea de aquellas charlas me pareció lo adecuado para hacerme perdonar por Dios.
—La tutoría del padre Ezquerra finalizó abruptamente, tanto para su compañero como para usted. ¿Puede decirme por qué?
Tras un carraspeo como llamada de atención, el abogado hizo su primera protesta.
—Disculpe, inspectora, pero lo de abruptamente me parece insidioso. Si se refiere a que las clases acabaron en un momento determinado, mejor expresarlo así. Abruptamente conlleva un matiz de brusquedad del que nadie ha hablado.
—Está bien. Las clases acabaron de golpe y porrazo, ¿no?
—Sí, el padre Ezquerra lo decidió. No gozaba de buena salud y estaba cansado. Un día dijo que con lo que hacía en el seminario ya tenía bastante. Además, también nos dijo que nosotros habíamos mejorado mucho en nuestra actitud.
—Es curioso, porque después de esas... llamémoslas clases especiales usted dejó de asistir al seminario, mientras que el hermano Lorenzo entró en él. Usted era creyente e incluso, según nos cuenta, sintió la vocación del sacerdocio, pero aun así no siguió a su amigo.