25 #2
No sé si al subinspector le fueron útiles los chorizos para clarificar la mente y ponerse en forma de cara a la investigación.
A mí, el par de cervezas que me aticé no hizo más que aumentar mi certeza de que no sabíamos por dónde seguir.
De vuelta a la comisaría, nos dimos media hora de soledad.
Saqué varios informes, abrí el ordenador, me serví un vaso de agua e inmediatamente me pregunté por qué hacía aquellos prolegómenos con el ímpetu de quien se dispone a trabajar como un jabato.
En realidad, no sabía cuál era el paso siguiente que debíamos dar.
Me acurruqué en el asiento y cerré los ojos.
Con un poco de suerte me quedaban diez minutos para dormir.
Garzón me despertó con sus característicos tres golpecitos en la puerta.
Parecía contento, incluso una pizca de euforia se insinuaba en sus movimientos enérgicos y su sonrisa triunfal.
Si se le había ocurrido alguna idea que nos sacara de la parálisis, yo misma introduciría el chorizo en mi dieta habitual.
—¿Cómo vamos, inspectora?
—Como un tronco río abajo.
—¿Qué vamos a hacer?
—Descartada una nueva visita al bar, lo mejor será cotejar nuestras ideas. Empiece usted.
—Pues, como de costumbre, deberíamos interrogar a la familia de Iván.
—¿Y qué les preguntaremos?
—Varias cosas. Por ejemplo, si su hijo solía pasear por la carretera donde se estampó.
Si les contó a ellos algo del altercado con el hermano Lorenzo.
Si veían al chico más preocupado de lo normal en sus últimos días.
Si les cabe en la cabeza la posibilidad de que se suicidara.
Hasta podemos preguntarles si en algún momento tuvieron la sospecha de que fuera el hermano quien provocó el accidente.
—Me jugaría el pescuezo a que Natalia sabe más cosas sobre Iván que sus propios padres. Y ese asunto no creo que constituya ninguna excepción.
—No deja de ser una suposición.
—¿Y cómo conectamos eso, si es que existe conexión, con el resto de nuestras averiguaciones? Verá, Fermín, es como si tuviéramos un montón de hilos de lana, pero fuera imposible tejer con ellos un jersey.
—Buena comparación, jefa. Y yo creo, sin embargo...
Domínguez interrumpió nuestra conversación entreabriendo la puerta y metiendo la cabeza por la abertura.
—Inspectora, hay dos mujeres que quieren verla.
—¿Le han dicho sus nombres?
—No. Una es muy mayor y la otra parece su criada o algo así. Las he advertido de que si no tienen cita tendrán que esperar o volver otro día. Pero insisten, dicen que usted las recibirá seguro y que le traen un obsequio.
Supe inmediatamente de quiénes se trataba. Le pedí a Domínguez que esperara un momento fuera. Miré al subinspector.
—Ya sabe quiénes son, ¿verdad?
—De momento no caigo.
—La tía del hermano, doña Isabel, acompañada por Leila. Vienen a hacernos la visita prometida, y me juego algo a que nos traen pastelitos.
—¡No me joda! Se me había olvidado por completo. Pero esa señora ¿qué tiene en la cabeza, pajaritos?
—¿Las hago pasar?
—¡Ni de coña, inspectora! Nos pegará la paliza del siglo. ¿Es que esa buena mujer no se da cuenta de que esto es una comisaría y estamos trabajando? Dígale que ya nos veremos, pregúntele en qué hotel está y que iremos a visitarla nosotros.
—Será peor. ¡Domínguez, que pasen esas señoras!
Eran ellas, ¿quién podía dudarlo? La España antigua que devuelve las visitas y usa cumplidos.
La España de la cortesía ritual, la de los buenos modales y la urbanidad.
Un tiempo periclitado de relaciones sociales y protocolos.
Que pasaran, en cualquier caso tampoco iban a detener una reunión trascendente.
La entrada fue triunfal. La tía Isabel se había puesto sus mejores galas para ir a la gran ciudad.
Su look era tan anticuado y llamativo que, de no haber estado en un lugar cosmopolita como Barcelona, los transeúntes la hubieran mirado con extrañeza.
Una amplia cazadora confeccionada con la piel de algún animal en extinción que no supe identificar cubría una blusa satinada cuyos botones a la vista imitaban piedras preciosas.
La falda, negra y morada, le llegaba hasta los pies.
No recordaba haberla visto las dos veces anteriores impregnada de semejante glamur.
Su doméstica había optado por la mesura y lucía una simple gabardina gris.
Era ella quien portaba en las manos dos idénticos paquetes que, por el aspecto, provenían sin duda de una pastelería.
Anonadada aún por la visión, les pedí que se sentaran y exclamé:
—Está usted elegantísima, Isabel.
—¡Bah! —replicó ella restándole importancia al asunto—. ¿Sabe qué pasa, inspectora? Si me pongo demasiado bien vestida para ir por Pamplona, la gente empieza a criticar. En provincias se critica mucho, ya ve.
—Pues ellos se lo pierden. ¿Qué tal han ido sus gestiones en Barcelona?
Hundió la barbilla en el pecho y se cubrió teatralmente los ojos.
—¡Vengo tan deprimida, señores! No es que me hubiera olvidado de la muerte de mi querido sobrino, pero me encontraba encajando el golpe, rezando por su alma, recordando lo bueno que llegó a ser.
Todo eso me ayudaba, era como una venda que me impedía ver la tragedia con claridad.
Pero esta mañana, en la misa de funeral, me he venido abajo escuchando la homilía.
Aunque Garzón me miraba con impaciencia, yo estaba dispuesta a seguir un poco más. Creo que, en el fondo, aquella mujer desfasada, inocente y tontorrona me inspiraba cierta compasión. Ahora se había quedado callada y haciendo esfuerzos por no llorar. Le hablé con amabilidad, casi con dulzura.
—Pero, Isabel, siendo usted una persona religiosa, las palabras de un sacerdote hubieran debido reconfortarla.
—Eso mismo creía yo, pero cuando empecé a oír que mi sobrino había escogido el camino difícil, que había entregado su vida a los que lo necesitaban, que se había arraigado en un lugar donde nada es bello ni armonioso, donde el sufrimiento y las penurias son el pan de cada día, me derrumbé.
—¿Por qué?
—Sentí una enorme culpabilidad. Yo animé a Lorenzo a que siguiera la carrera eclesiástica, me alegré de que entrara en los jesuitas, no me opuse a que lo mandaran a Barcelona.
Hubiera debido pensar las cosas un poco mejor.
No hacían falta tantos sacrificios. Bien hubiera podido hacer lo que hizo su compañero: quedarse en la ciudad, seguir sus estudios, casarse, tener hijos...
—¿Su compañero?
—Sí, mi sobrino y otro chico eran los dos a quienes guiaba espiritualmente el padre Ezquerra.
—Y usted recuerda su nombre, ¿no es así?
—¡Cómo no voy a recordarlo! Fabián, Fabián Balmaseda. Ahora es un buen hombre y un próspero empresario. Para regenerarse no tuvo que pasar por el calvario que ha pasado Lorenzo, pero, sobre todo, está vivo, está vivo aún.
Garzón se levantó de un salto. Yo estaba tan noqueada que no pude impedir que, gritando, le preguntara a la estupefacta mujer.
—¿Por qué no nos dijo eso desde el principio, por qué?
—No entiendo, no le entiendo, ¿qué debería haberles dicho?
Mi compañero corrió hacia la puerta. Lo atajé con firmeza:
—¡Siéntese, subinspector! —Luego me dirigí hacia ella—: No pasa nada, Isabel. Mi subalterno ha recordado algo, luego lo arreglará. Y dígame, ¿acaso esos dos paquetitos son para nosotros?
Con un detallismo que todavía me asombra pasado el tiempo, escuché sin oír todas las explicaciones que nos dio sobre los dulces con que nos obsequiaba.
Tuve incluso el cuajo de prolongar un poco más la conversación con agradecimientos y parabienes.
Finalmente les indiqué que no teníamos más remedio que continuar trabajando y que nuestro encuentro debía acabar ahí.
—El subinspector las acompañará encantado hasta la salida. Gracias por su visita, de verdad, ha sido importante para nosotros.
Mientras se iban, noté un estremecimiento en todo el cuerpo. Me pedí calma a mí misma. Esperaría a que regresara Garzón. Mi único temor era que este hubiera empujado a las damas por las escaleras, loco por verlas salir. Volvió pasado un momento. Con los ojos desorbitados, sólo dijo:
—¡Inspectora!
—Sí, voy inmediatamente al despacho de Coronas.