25
Empezar desde el inicio nos pareció, tanto a Garzón como a mí, una especie de condena de la que no podíamos escapar.
Porque, evidentemente, si la sospecha de Natalia resultaba cierta, era más que probable que los tres crímenes pertenecieran al caso inicial.
Un follón del carajo que no lográbamos interconectar.
El único nexo aparente era la víctima, y la víctima no se había suicidado, precisamente. Alguien más estaba en el ajo.
El supuesto accidente lo había gestionado la comisaría de los Mossos de Sant Adrià del Besós.
Se había producido hacía un año y seis meses.
Para más información tuvimos que trasladarnos hasta allí.
El atestado que nos mostraron daba los suficientes datos como para meternos de lleno en la cuestión.
La moto había sido robada en Martorell y el accidente se había producido en la carretera secundaria que va al Tibidabo a las dos de la mañana.
Firmó la autopsia el forense Adrià Puig. No se abrió investigación criminal.
Le preguntamos al comisario algunos detalles. No recordaba la incidencia y nos pasó al inspector Anglada.
—¡Hombre, me acuerdo vagamente! Nos llegan bastantes casos de ese tipo. De este sí puedo recordar que me llamó la atención lo joven que era el chico.
Nos llevó hasta su ordenador, tecleó el nombre de Iván y se volvió hacia nosotros.
—El accidente fue del género tonto. Se estampó contra un árbol en una curva no muy cerrada.
No había ni marcas de frenazo. Pensamos enseguida que iba borracho.
El juez ordenó autopsia y, claro, no iba borracho, pero sí colocado hasta las trancas de heroína.
La familia no forzó ninguna investigación, tampoco el juez abrió instrucción.
Uno más a la lista. Esto es un horror, chicos, cada vez van cayendo más jóvenes por culpa de la droga.
Asentimos y dimos muestras de coincidir con su horror.
Habíamos dado un paso que no parecía conducir a ninguna parte.
La última fuente de la que podíamos beber era la autopsia.
Para no hacer itinerarios en falso, llamamos al Anatómico Forense.
Sí, el doctor Puig estaba de servicio. Me identifiqué y le pedí a la telefonista que avisara al doctor.
En media hora necesitábamos hablar con él.
—¿Y si se encuentra realizando una autopsia? —replicó.
—Esperaremos a que termine. Lo importante es que esté localizable a requerimiento policial.
Aquello del requerimiento policial siempre funcionaba a las mil maravillas. Cuando estuvimos en el lugar y preguntamos por el médico, enseguida nos hicieron pasar a una salita, y al cabo de cinco minutos tuvimos delante al doctor Puig. Era joven y con pinta de inteligente.
—Vengan a mi despacho, esta sala de espera es espantosa. No sé por qué no los han pasado directamente allí.
Sí que era inteligente. De entrada, ni siquiera necesitó consultar su ordenador.
—Me acuerdo perfectamente de esa autopsia.
Hubo algo que me llamó la atención. La heroína consumida por el chico, que la había esnifado en polvo por la nariz, era absolutamente pura.
No había sido cortada ni rebajada con nada, lo que no es habitual.
La cantidad esnifada también era inusualmente elevada.
Pedí un análisis toxicológico del pelo: como ustedes sabrán, en el pelo de un cadáver puede determinarse si era un consumidor que llevaba mucho tiempo abusando de la droga.
Y... el análisis salió limpio. Me pareció extraño que alguien que no es consumidor habitual se pegue un chute de semejante envergadura, y perdonen la expresión.
Nos quedamos tan pensativos tras oír su explicación que nos preguntó, un tanto inquieto:
—¿Quieren que corrobore todos los datos en la ficha?
—Si había cosas que le parecieron tan poco frecuentes, ¿por qué no lo comunicó a la policía?
—Les pasé un informe completo con todos los detalles que acabo de darles.
Son la policía o el juez quienes deben determinar si hay algún indicio sospechoso, y no fue así.
Bien es verdad que todos esos hechos pueden tener una explicación fácil.
El chico no era experto en el consumo, consiguió heroína pura y la consumió sin saber muy bien qué estaba haciendo.
—Sí, esa es una explicación —respondí, añadiendo después—: Pero si yo le expusiera la hipótesis de que alguien lo obligó a esnifar esa droga para provocar después que tuviera un accidente mortal, ¿qué me diría?
—Le diría que es una hipótesis policial, pero no científica.
—Tampoco es científico deducir que el chico era inexperto y se pasó con el colocón.
—Cierto, tampoco lo es. De modo que, si damos por buena la primera explicación, también podríamos aceptar la que expone usted.
—O ninguna de las dos —apuntó Garzón con aire fatalista.
Puig sonrió con tristeza. Abrió los brazos y exclamó:
—Ni la ciencia forense ni la criminalística son exactas. Encontrar la verdad es muy difícil. Y no sólo en el trabajo, en la vida también.
—Pura filosofía, doctor.
Le pedí al subinspector que me llevara a algún bar, el que fuera.
Me hubiera encantado que mi mente fuera en ese momento un batiburrillo de ideas, pero era justo al revés: estaba en blanco.
Necesitaba el aire reconfortante de un bar, ver gente a mi alrededor cuya única tarea fuera beber y comer, charlar, estar vivo un rato, sin más pretensiones.
Garzón, experto en materia barista, condujo hasta el barrio de Sants y descubrió para mí el local perfecto.
Una barra larga y acogedora, olor a calamares fritos y un considerable follón ambiental.
El sitio ideal para no pensar. Nos subimos a nuestros taburetes y ordenamos cerveza.
Estaba fría, con la espuma justa y el amargor prescriptivo.
Un diez. Bebido el primer trago, que es el mejor, mi compañero se volvió hacia mí.
—¿Qué piensa de todo esto, inspectora?
—No pienso nada.
—Pues debería. Este caso, en vez de aclararse, va complicándose cada vez más.
—No es la primera vez que nos enfrentamos a eso.
—Pero en esta ocasión...
—¿Sabe que tengo un pretendiente, Fermín? —lo interrumpí.
No sé con qué comparar la cara que puso. Estaba entre el horror y la incredulidad, sólo que algo más cómica. Le sonreí.
—No me mire de esa manera, le estoy diciendo la verdad. Es Julio, el psicólogo. ¿Se acuerda de él?
—Pues claro que me acuerdo, el tipo que la advirtió del peligro la noche aquella. Ya me extrañó que la esperara en la puerta de su casa a altas horas de la madrugada.
De repente hablaba de un hombre al que apenas conocía y que, además, fue tan providencial para mí con un deje de desprecio evidente. Empecé a divertirme.
—¡No era tan tarde! Y le recuerdo que usted lo puso en mi camino con la coña aquella de los grupos de duelo.
—Y usted, ¿qué?
—No entiendo la pregunta.
—Me refiero a qué piensa de tener un pretendiente.
—Bueno, en realidad sólo me ha pedido que salgamos juntos.
—¿Qué le ha contestado?
—Estoy meditándolo.
—Yo, en su lugar, me lo pensaría muy bien. No hace tanto que murió su esposo y, en un estado de ánimo como el suyo, pueden cometerse muchos errores.
—No he dicho que vaya a casarme con él.
—¡Hombre, ya me lo imagino! —casi chilló.
Le pegué un buen tiento a mi cerveza antes de contestar.
—O sea, mi querido Fermín, usted me anima a que viva la vida, a que esté alegre, a que renueve mis amistades y distracciones, pero cuando le digo que a lo mejor salgo con un tipo pone el grito en el cielo.
—¡Es que no es lo mismo una distracción que un ligue!
—Claro. Tiene usted los mismos prejuicios que todo el mundo. Una mujer que ha enviudado recientemente demuestra una inmoralidad sin límites si decide reiniciar su vida sentimental.
—Mire, Petra, por mí puede usted ligar, volver a casarse o meterse monja. Sólo pretendía...
Me eché a reír, interrumpiéndolo de nuevo.
—No se mosquee, Garzón. Era sólo un experimento sociológico. ¿De verdad piensa que tengo la más mínima intención de salir con Julio Escámez? Ni con él ni con nadie. Lo que pasa es que tenía mucha curiosidad por saber cómo reaccionaba.
—¿Y se ha inventado todo eso para saber mi reacción?
—No, todo no. Es cierto que Escámez anda rondándome, pero si vuelve a intentarlo lo enviaré al carajo; entre otras razones, porque no me gusta.
—Me permitirá que le diga que jugar conmigo de esa manera no tiene perdón. Se comporta usted como una niña mimada.
—¡No se enfade conmigo, por favor! Lleva razón, soy una niña mimada y amargada. Perdóneme, no puedo permitirme perder a uno de mis mejores amigos. A veces pienso que no es usted mi mejor amigo, sino el único. Venga, olvídelo, ¿nos comemos un choricito?
—Si piensa que con un choricito se me va a pasar el cabreo, anda equivocada.
—Bueno, pues que sean dos.
Una leve insinuación de sonrisa apareció bajo su bigote. Agitó la cabeza varias veces.
—De verdad le digo, Petra, que ni a mi madre, ni a mis esposas ni a ninguna otra mujer viva o muerta le he aguantado lo que le aguanto a usted.
—Soy consciente. Venga, vamos a por los chorizos. Luego nos ponemos inmediatamente a trabajar, se lo prometo.
Sí, Garzón aguantaba lo indecible porque tenía la fatalidad de ser químicamente bueno. En cuanto a mí misma, si mi rabia iba degenerando en insensibilidad, debería encontrar alguna solución o, al menos, buscarla.