24 #3
Oliéndose la tostada moralizante, me interrumpió.
—Además, sé cosas, cosas que nunca le he dicho a nadie.
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas de las que les interesan a los policías.
La deriva que podía tomar aquello empezó a no gustarme en absoluto. No estábamos allí para atender a las complicaciones mentales de una adolescente rebelde.
—Me parece muy bien que quieras ser policía y empieces a ejercer ahora mismo, pero...
Me interrumpió de nuevo.
—Cosas del hermano Lorenzo.
El silencio que se extendió entre nosotros empezaba a durar demasiado. Yo no estaba segura de hacia dónde tirar. Intervino Garzón.
—Oye, chica, ya vale de misterios. Cuenta lo que tengas que contar, y te aseguro que como sea un invento tuyo o una soberana parida que sólo nos haga perder el tiempo, hoy te la cargas con todo el equipo.
Natalia sonrió para sus adentros, como disfrutando de su protagonismo estelar.
—¿Sabéis quién era Iván González?
—No —respondí, y rápidamente oí al subinspector aclarar:
—Yo sí me acuerdo de quién era. Uno de los chicos que asistía a vuestras clases de la parroquia. Se mató en una moto robada, iba drogado.
—Sí. Éramos muy colegas, Iván era bastante menos gilipollas que el resto de esos memos.
Sólo se relacionaba conmigo, con los demás ni hablaba.
Un día vamos a la parroquia y el hermano Tomás nos dice que el hermano Lorenzo no haría clase durante dos o tres días porque había sufrido un pequeño accidente en su casa.
Vale, todos felices, así que nos largamos.
Iván y yo nos vamos al bar y al rato me suelta: «Sí, sí, un pequeño accidente.
La hostia que yo le di». Resulta que el Lorenzo le había hecho quedarse después de la clase para hablar con él en privado.
Le pega un rollo largo, que si esto, que si lo otro y, de buenas a primeras, le dice que es un chico muy inteligente y muy guapo.
Se le echa encima y le da un beso en los morros, apretándole el cuerpo.
Iván se revolvió y le pegó un puñetazo en plena cara, con toda la fuerza. Luego se largó corriendo, acojonado.
—¿Y no se lo dijo a nadie?
—A mí.
—Muy bien, pero eso...
—No he terminado todavía. Cuando el Lorenzo volvió a clase es verdad que se le veía un golpe en la cara, hasta llevaba una tirita grande, y por debajo se notaba que lo tenía hinchado.
Iván no apareció por la parroquia. Lorenzo no preguntó por él.
Tres días después nos enteramos del accidente de Iván.
¿Drogado y en una moto robada? ¡Anda ya!
Vale que alguna vez hubiera mangado una moto o un coche para irse a dar una vuelta, que los dejaba luego tirados por ahí, pero de drogarse, nada de nada.
Nunca en la vida, no era lo suyo, nunca se había metido ni un mal tripi, ¡ni siquiera bebía alcohol!
—¿Y qué insinúas con eso?
—Pues que alguien lo mató, bien clarito que lo tengo. Alguien lo drogó y lo obligó a subirse en la moto. Luego ya no sé qué pasaría, lo empujaron o lo desviaron con un coche hasta que se hostió. Cuando vieron que no respiraba: «Ahí te quedas, mamón», como un pedazo de mierda, como un animal.
—¿Iván había comentado con alguien que pensaba denunciar al hermano o decir a todo el mundo lo que había ocurrido?
—No lo sé. Como no venía a la parroquia no lo vi más. Tampoco lo llamé.
—Bueno, es una teoría que, de momento, no se puede probar.
—¿Investigarán por lo menos?
—Te aseguro que sí. ¿Tú estás dispuesta a declarar ante un juez si fuera necesario?
—Sí, ya os he dicho que a partir de ahora voy a ser legal. Pero vosotros me ayudaréis, ¿no?
—¿Qué tipo de ayuda necesitas?
—Pues eso, como quiero ser policía, a ver si van a ponerme dificultades porque voy a la parroquia con los rebotados y tengo fama de chica mala.
—No creo que vayan a meterte en problemas por eso. Si te admiten tendrás que estudiar, tomártelo en serio, portarte muy pero que muy bien y...
—Obedecer y respetar la autoridad —completó el subinspector.
—Ya me lo imagino, ¿te crees que soy tonta?
—Y contestar bien —añadí—. Si todo lo haces correctamente, igual acabas siendo una buena policía.
—Seré la mejor.
Por primera vez desde que la conocía, vi en su cara una sonrisa que no era de cinismo ni desprecio. Salió del despacho contenta, exhibiendo lo que parecía una nueva actitud.
—¿Qué le parece, Fermín?
—¿Con respecto a que sea una buena policía o sobre lo que nos ha contado?
—Ya que lo plantea, deme su opinión sobre las dos cosas.
—Que esta chica llegue a convertirse en una buena policía puede ser incluso posible, aunque le confesaré que a mí me da exactamente igual.
Y sobre el asesinato de Iván González...
, ¿qué quiere que le diga? Habrá que investigarlo, ¿no?
De modo que, si se confirmara que hay otro muerto inesperado, cuadrará lo de «éramos pocos y parió la abuela».
Sonreí. Me encanta esa expresión tan subversiva. Demuestra la infinita ironía que palpita en todo español y deja claro que, en este país teóricamente amante de la familia avant la lettre , no todo es respeto hacia la institución.