Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 24 #2
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La cara del hermano Tomás cuando nos recibió en la casa parroquial era digna de ser observada con atención.

Nunca había visto a un hombre, religioso o seglar, que manifestara su desagrado con más transparencia.

Por otra parte, entendía su malestar. Cuando el buen hombre pensaba que su pesadilla había terminado, aparecen los dos monstruos con los que le había costado dejar de soñar.

Tampoco para nosotros el nuevo encuentro constituía una fiesta, pero era necesario, a mi entender.

Si nos centrábamos en la posible homosexualidad del hermano Lorenzo, podían surgir comentarios, habladurías que se hubieran extendido entre los chicos incluso, o, en el más improbable de los casos, alguna confidencia encubierta que el hermano hubiera podido emplear en sus reuniones privadas con los alumnos réprobos.

Además, contaba a nuestro favor que ninguno de aquellos hipotéticos testigos tendría el más mínimo inconveniente en confesar lo que supiera, ya que eso contribuiría a la mala fama de uno de los representantes de la represión .

La entrada verbal del hermano Tomás fue tan desapacible como el gesto que exhibía.

—Inspectora Delicado, me hago cargo de que ustedes cumplen con su deber, lo que no entiendo es qué les hace volver por aquí.

Creo que con los chicos quedó todo aclarado, y son ustedes quienes deben comprender el trauma que significa para ellos rememorar la tragedia, las pruebas a las que fueron sometidos, los días de tensión.

—Hermano Tomás —repliqué con voz firme—, si estamos aquí es porque lo requiere la investigación. En cuanto al trauma de sus chicos, le diré con franqueza que me importa muy poco, más exactamente: nada.

Su cara de cabreo se tornó en cara sin expresión.

Susurró un «Acompáñenme, por favor» prácticamente inaudible y nos llevó hasta la sala que ya conocíamos.

Allí estaban todos los muchachos excepto Jorge Donoso, que se encontraba todavía bajo tutela oficial.

Nos saludaron con una sola mano (en la otra llevaban el móvil) y un pequeño aullido de cachondeo general. El hermano Tomás los llamó a capítulo.

—¡Chicos, por favor! Los inspectores quieren haceros unas preguntas. Pasaréis de uno en uno a mi despacho a medida que os vayan llamando. Sabéis que es vuestra obligación legal contestar diciendo la verdad.

Se oyeron protestas aquí y allá: «¿Otra vez?», «¿Y ahora qué quieren?». Me dirigí a ellos y le pedí a Sarmiento que nos acompañara al despacho del hermano. Una vez solos, le pregunté.

—Ya sé que te lo pregunté una vez, pero ahora vamos a afinar la pregunta. ¿Agrediste al hermano Lorenzo porque se propasó contigo, te metió mano o te hizo algún tipo de proposición sexual?

El chico puso cara de extrañeza y se quedó serio.

—No, ni hablar. Lo hubiera denunciado a la policía, yo no me ando con hostias y sé muy bien lo que tengo que hacer.

—Dijiste que no recordabas por qué le habías pegado. Lo dejé pasar, pero resulta que ahora se han puesto las cosas de manera que, si no me dices la verdad, me veré obligada a acusarte de algo grave.

—¡Joder, pues se lo digo! No se lo dije antes para no andar contando batallas, pero ¿qué más me da?

Lo que pasó fue que Lorenzo era tan subnormal que no se le ocurrió nada más que pedirme que poco a poco, en conversaciones de madre a hijo, como dijo él, fuera convenciendo a mi madre de que se hiciera católica otra vez.

Me entró una rabia que lo hubiera matado.

¿Yo yéndole a mi madre con esa monserga y sin que ella se diera cuenta?

¡Anda ya, tío! Pero ¿qué se creía, que iba a ser su espía o algo así? Por eso lo hostié.

—¿Me dices la verdad?

—¡Le digo la verdad!

—De acuerdo, espero que sea así, puedes marcharte.

Regresamos a la sala en la que esperaban Montes y Natalia. En realidad, ya no me interesaba hablar con ninguno de los dos. Aun así, dije:

—Supongo que no hay voluntarios para contarme cosas nuevas e interesantes, ¿verdad?

Ante la sorpresa de todos, Natalia López levantó una mano.

Tras un breve silencio, algunas risitas provenientes de Montes se dejaron oír.

En efecto, yo también tuve la impresión de que podía tratarse de una chanza de aquella chica rebelde.

Lo mismo debió de ocurrirle al subinspector, porque me miró torciendo el gesto.

No me inmuté. Si era lo que imaginábamos, un poco más de tiempo perdido no podía considerarse decisivo.

Nos trasladamos de nuevo al despacho del hermano Tomás.

Le mostré una silla a Natalia. Se sentó.

No dejaba de mirarme. Antes de que hubiera tenido tiempo de pronunciar una sola palabra, preguntó:

—¿Es verdad que te has cargado a un tío?

La salida inesperada me dejó patidifusa. Noté cómo Garzón se tensaba a mi lado. Deseé que permaneciera callado. Lo hizo.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque quiero ser policía yo también.

En ese momento sí saltó el subinspector.

—¿Para qué quieres ser policía, para cargarte a tíos?

—¡No! —contestó ella con violencia—. Lo he estado pensando de verdad.

Si todo me parece injusto y una mierda, en vez de protestar y pasarme la vida cagándome en el mundo, quiero perseguir a los que lo hacen mal.

Tú eres valiente, pero yo también. Estoy harta de ser una mierda, a partir de ahora quiero ser legal.

Su capacidad de dejarme pasmada no tenía límites. Inicié el discurso aleccionador prescriptivo en estos casos.

—Mira, Natalia, esa decisión depende de muchas cosas y...