24
Tenía bastante claro hacia dónde había que empezar a retroceder.
Don Luis Alvarado Cebrián, alias el hermano Luisito, era el primer punto de partida.
Lo cité en comisaría. Me arrepentí al instante y lo llamé de nuevo.
Esta vez el encuentro sería en un bar. Me alegré de la rectificación sobre la marcha.
Quería que el joven jesuita estuviera un poco desconcertado.
Objetivo conseguido: llegó a La Jarra de Oro buscándome con mirada inquieta entre todas las mesas.
—Hola, inspectora, pensé que se había olvidado de mí. Veo que se ha lastimado. ¿Hay novedades, han atrapado al asesino?
—Si así fuera, ¿cree que le hubiera citado para comunicárselo a usted personalmente?
No recordaba haber sido nunca brusca con él. Se desconcertó todavía más. Al llegar el camarero no sabía qué pedir. ¡Cuánto hubiera tenido que aprender del padre Jáuregui! Lo hice yo en su lugar, me estaba poniendo nerviosa.
—Dos cafés, por favor.
Tuve el cuajo de esperar a que volviera el camarero con los cafés sin dirigirle la palabra. El pobre no sabía qué hacer. Una vez las dos tacitas en la mesa, le pregunté súbitamente.
—¿El hermano Lorenzo era homosexual?
Sus ojos se convirtieron en dos canicas, redondas y salidas de las órbitas. Daba minúsculas cabezaditas como si las palabras no consiguieran salirle de la boca. Al final, balbució:
—¡Pero inspectora...!
—Vamos, adelante, le escucho.
—Es una pregunta muy inconveniente. Nosotros hacemos voto de castidad.
—A un hombre culto como usted no tengo que recordarle la historia de los Borgia, ¿verdad? Y bajando unos peldaños en el tiempo y el tema, tampoco hace falta comentar la historia de los curas que se acostaban con sus guardesas como regla general, ¿cierto?
—Todo eso son cosas del pasado y...
—No se engañe porque lo haya citado en un bar —lo interrumpí—.
Esto no es una conversación informal, sino un interrogatorio.
He pensado que, por lo delicado del tema, preferiría hablar aquí, pero la comisaría la tenemos delante.
Si lo prefiere, nos trasladamos allí. Repito la pregunta: ¿el hermano Lorenzo era homosexual?
—Inspectora, ya le dije en su día que era un hombre poco comunicativo, que no había confidencias entre nosotros. Si hubiera sentido esas inclinaciones no me hubiera dicho nada.
—Era un hombre atormentado. Bebía porque algo lo carcomía por dentro.
Hemos estado buscando las posibles razones de ese malestar en su vida anterior a formar parte de los jesuitas.
Tenemos fundadas sospechas de que el párroco que lo sirvió de guía espiritual abusó sexualmente de él.
Al tal párroco lo atropelló un coche y nadie le prestó ayuda, sin duda fue un crimen. ¿Sabe usted algo de eso?
—¿Yo, inspectora?, ¿qué podía saber yo? Me quedo horrorizado con lo que me está contando. Me parece terrible.
—Aunque no le hubiera confesado exactamente lo que acabo de decirle, ¿alguna vez hizo alusión a un trauma en su vida, o estaba obsesionado con el tema de los abusos en la Iglesia?
—No. Y en cuanto a los abusos... Ninguno de nosotros aprueba ese capítulo deleznable. Puede que alguna vez lo hubiéramos comentado con consternación, pero nada más. Ninguna obsesión por su parte.
—Ya se lo pregunté anteriormente, ahora lo repito: ¿recibía visitas de algún hombre?
—Estando yo presente, no.
—Días antes de ser asesinado, ¿nadie fue a verlo?
—Le digo lo mismo. Estando yo presente, no.
—¿Recuerda si en 1995, el 17 de diciembre, concretamente, el hermano Lorenzo viajó a Pamplona para ver a su familia?
—Yo aún no formaba parte de los jesuitas, inspectora.
—De acuerdo, puede marcharse. Es posible que le llame para prestar declaración oficial.
Se levantó despacio. Hubiera jurado que se tambaleaba un poco.
Se lo veía noqueado después de nuestra entrevista.
Había dos explicaciones para una reacción así de extrema: o no sabía nada y oír una historia tan grave lo había dejado descompuesto, o lo sabía todo y se preguntaba cómo salir del atolladero.
Tal duda lo condenaba a seguir en nuestro punto de mira.
Ni siquiera había probado su café. Me lo bebí yo de un trago, me iría bien.
A aquellas alturas hubiera debido estar ya hastiada de aquel caso que no me había aportado más que complicaciones, algunas muy graves.
No era así en absoluto. Aquel maldito caso me impedía pensar en otras cosas.
Había aplazado el duelo, había borrado temporalmente la obsesión por mi marido muerto.
Ojalá tardáramos meses, años, en encontrar al culpable, porque sabía que inexorablemente, tarde o temprano, el dolor volvería a invadir mi vida.
Subiendo por las escaleras de comisaría tuve el encuentro que menos esperaba. Julio Escámez, a quien había olvidado por completo, bajaba en el mismo momento.
—¡Petra! ¿Cómo estás?
—¡Demonio!, ¿qué haces aquí?
—Me citaron porque faltaba una firma más en mi declaración oficial. Pregunté por ti y el policía de la entrada me dijo que estabas en el bar de enfrente. Justo iba a saludarte. ¿Tienes tiempo para un café?
Vacilé un instante. Mi inclinación inmediata era rechazar educadamente su invitación, pero me vinieron a la mente los hechos de aquella horrible noche. Julio me había salvado la vida. Su presencia me traía malos recuerdos, pero de eso él no tenía culpa alguna.
—No tengo mucho tiempo, pero el café es el motor del mundo, ¿no?
Se rio y descendimos juntos. De nuevo entré en La Jarra de Oro. Fui directa a la mesa que acababa de desocupar y mi orden al camarero fue igual que la anterior. Julio pidió té.
—Quería saber qué tal te encuentras, cómo va todo.
—¿Te refieres al caso que estoy llevando?
—Si aún estás llevándolo es que no sabes quién es el culpable.
—Buena deducción.
—Me refería a ti. Después del trauma que vivimos el otro día me imagino que no te sentirás muy bien.
—No estoy traumatizada, Julio. Lo que sucedió forma parte de mi trabajo y estoy preparada para ello.
—¿Y lo demás?
—¿Qué es lo demás?
—El duelo.
—¿Tú oficias siempre de psicólogo?
—Te lo preguntaba como amigo.
—No sé qué contestarte, Julio. Parece raro, pero lo cierto es que me he olvidado del duelo. Ya sé que es una artimaña mental: estoy involucrada a fondo en la investigación para que me sirva de lenitivo. Como verás, aún recuerdo las sesiones que dirigías.
—Viniste a pocas, ¿fueron dos? Ahora puedes decirme con sinceridad que te parecieron una gilipollez.
—¡No, en absoluto! Pero no todo sirve para todos. Si al menos hubierais servido un poco de whisky...
Se echó a reír, apuró su té de un solo y enérgico trago.
—¡Petra Delicado, indómita y fuerte como un roble!
—Un roble abatido por un rayo, quizá era la única forma de hacerme caer. Y ahora, amigo mío, tengo que volver a trabajar.
—Petra, ¿te apetecería que algún día saliéramos a cenar?
Me cogió por sorpresa, pero enseguida supe qué contestar.
—No ahora, Julio, quizá más adelante. Te llamaré.
—¿Cuando resuelvas el caso?
—Será una buena ocasión.
Entrando en mi despacho seguía preguntándome a mí misma: aquel interés de Julio ¿significaba que quería ligar?
Probablemente no, se trataba de simple amabilidad.
¡Qué ironías tiene la vida! Nunca hubiera pensado que llegaría a juzgar un rasgo de cortesía como algo inoportuno e inconveniente.
Puede que el psicólogo hubiera sido mi salvador, pero si volvía a ser dudosamente amable conmigo, lo enviaría al infierno sin más.
Entró Garzón, cariacontecido y meditabundo, como solíamos decir en mi época escolar. Por un momento temí que el comisario le hubiera echado alguna bronca como daño colateral.
—¿Le ocurre algo, Fermín?
—Primero dígame qué tal le ha ido con Luisito.
—Ninguna novedad, pero se ha puesto más nervioso de lo que tocaba.
—¿Qué le ha preguntado usted?
—Que si el hermano Lorenzo era maricón.
—¡Joder, Petra! No me extraña que se pusiera nervioso.
—Hemos llegado a un punto en el que no valen diplomacias. Además, he empezado a no fiarme de nadie en este embrollo. ¿Me va a contar ahora por qué ha venido tan tristón?
—Porque me imagino el resto de los interrogatorios que nos esperan y se me ponen los pelos como escarpias. Hay que interrogar de nuevo a toda aquella panda de cabrones, ¿verdad? Pero ¿de qué va a servir?
—¿No ha pensado en la posibilidad de que el padre Ezquerra indujera a Lorenzo a la homosexualidad? ¿No sería factible que este, no pudiendo soportar más el peso de su condición, decidiera un día cargarse a su corruptor?
—¿Él mismo se fue a Pamplona y lo atropelló? Para eso deberíamos saber de los permisos que disfrutó para visitar a su familia.
—Ya lo he preguntado a su superior. No necesitan permisos, gozan de libertad.
—Putada al canto. Y si su arriesgada hipótesis resultara cierta, ¿quién se lo cargó a él?
—Hasta ahí no ha llegado mi imaginación.
—Avise al hermano Tomás, dele un día para que reúna a esos jóvenes. Haremos una ronda a cuenta del mariconeo.
—Se va a armar.
—Hace tiempo que se armó, Fermín.