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Garzón continuó dándome la tabarra, aunque, afortunadamente, cambió de tema.
—¿Tiene algún tipo de hipótesis, inspectora?
—Estoy intentando pensar, y, además, voy conduciendo. Ya hablaremos después.
—Así que somos los hombres quienes no podemos hacer dos cosas a la vez, ¿es eso?
—¡Ay, Fermín, no me toque las narices! ¿Usted ha elaborado alguna hipótesis?
—Pues sí, y podría conducir al mismo tiempo.
—Adelante, le escucho.
—Este energúmeno que acabamos de interrogar es el asesino. Se enteró de que su hijo estaba abusando del hermano Lorenzo cuando era todavía un niño y mandó al otro hijo para cargárselo.
—Hay pequeños detalles que se le olvidan.
Uno: el centro de nuestra investigación es el asesinato del hermano Lorenzo.
Dos: ¿qué hacemos con Madroño?, ¿nos olvidamos de la nota y el dinero que entregó a Jorge Donoso?
, ¿dejamos de lado cómo y en qué tipo de circunstancias liquidé al Madroñales?
, ¿nos olvidamos de cómo llegamos hasta él por medio de la tatuadora?
, ¿nos olvidamos del montón de tiempo perdido con todos los muchachuelos de la parroquia?
, ¿y de las conversaciones con todo tipo de eclesiásticos, incluidas las telefónicas, también nos olvidamos?
Sinceramente, Fermín, menos mal que no está usted conduciendo, llega a ir al volante y hubiera deducido que el asesino era mi abuelo.
Estoy convencida de que es cierto que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez.
—¡Es usted injusta y faltona! No hace falta ofenderme para...
—Lo sé, lo sé —lo interrumpí—. Sólo pretendía calentarlo un poco de cara a lo que voy a pedirle a continuación.
—No entiendo nada.
—Enseguida lo entenderá. Ahora nos quedamos los dos calladitos mientras yo le diga.
Seguí conduciendo al menos media hora más hasta que me pareció encontrar el paraje idóneo.
Me desvié por un camino lateral. Era un lugar umbrío, arbolado, sin casas ni gente.
Paré el coche en un claro y descendí. Garzón me siguió con cara de perplejidad, la cual aumentó cuando me coloqué ante él y le ordené:
—¡Pégueme en la cara, subinspector!
Torció la cabeza como un perro la tuerce cuando trata de comprender. Lo miré seriamente.
—He tenido tiempo de abrir el wasap del comisario. Voy a leérselo. —Abrí el móvil, leí—: «Inspectora Delicado: He tenido demasiada condescendencia con usted. Cuando tenga a bien regresar, sepa que le espera un expediente sancionador y será relevada del caso».
—¡Joder! —masculló Garzón y, tras una pausa, añadió—: ¿Y eso qué tiene que ver con que yo le dé una hostia?
—Diré que me agredió un desconocido y, por lo tanto, no me sentía en condiciones físicas para volver.
—Pero eso es absurdo, Petra. Lo primero que le preguntará Coronas es qué ha hecho el comisario Aspiazu para esclarecer los hechos.
—Le contestaré que Aspiazu opina que fui atacada por uno de los jóvenes marginales de la discoteca Top Total, y que está trabajando para identificarlo.
—O sea, que mentirá.
—Como una bellaca.
—Pero es una mentira muy fácil de desmontar. Sólo con que llame a la comisaría de Pamplona...
—No lo hará, cuando me vea con la cara llena de apósitos y contusiones, todas sus amenazas desaparecerán.
—Pongamos que lleva razón, pero en el hospital donde vayamos tendrán que rellenar un protocolo, ellos mismos llamarán a la policía.
—No iremos a ningún hospital. Pasará usted por una farmacia y comprará todo tipo de vendas, antisépticos, analgésicos y me dejará la cara como un mapa. ¿De acuerdo?
—Ni hablar, inspectora, ni hablar. Yo no voy a pegarle.
—Pues me veré obligada a autolesionarme con un palo o a restregarme en el tronco de un árbol. Será peor para mí.
—Inspectora, no vale la pena. ¿Por qué hacer algo tan horrible?
—Mire, Fermín, usted sabe cómo estoy psicológicamente: hecha una mierda desde que Marcos murió.
Para salir del hoyo he puesto todos mis empeños en el trabajo.
Que me abran un expediente disciplinario me da igual, pero que me releven del caso no.
Este caso se ha convertido en un reto para mí.
Si todo lo hecho no ha servido de nada me sentiré más jodida aún. Ayúdeme, por favor.
A pesar de que corría una brisa bastante fresca, advertí que mi compañero había empezado a sudar. Se apretaba una mano con la otra, cambiaba su peso del pie izquierdo al derecho. Me puse frente a él a muy corta distancia.
—¿Preparado? Con un par de puñetazos bastará. No me arree en la nariz, es lo único bonito de mi cara y no tengo tiempo para cirugía estética. Pegue fuerte o no servirá y...
No me dio tiempo a terminar la frase. Por sorpresa: golpe, contragolpe.
Caí al suelo. Es sabido que los impactos no duelen en un principio.
No me dolía, ni siquiera sabía dónde me había dado.
El agresor forzoso se arrodilló junto a mí.
Estaba aterrorizado, confuso. Se pasaba las manos por la cara como si quisiera despertar de una pesadilla.
—Inspectora, ¿se encuentra bien?
Me incorporé y quedé apoyada en un codo. Lo miré fijamente.
—Estaría mejor tomando un whisky en mi sofá.
—¡Se lo dije, esto ha sido una barbaridad, una insensatez! ¡No debería haberle hecho caso! ¿Le duele mucho?
—Todavía no, pero me dolerá. ¿De dónde ha sacado esos puños, Fermín? ¡Debería estar en las fuerzas de asalto!
Me puse en pie. El dolor empezaba a activarse.
—No llevo ningún espejo. ¿Cómo he quedado?
—Le he dado en el pómulo izquierdo, lejos de los ojos y de la nariz. Tiene una buena castaña.
Al poco de estar erguida empezó a manar sangre de la cara. El subinspector dio un paso atrás como si hubiera visto un trasgo. Dio un grito.
—No llevamos nada para limpiarme, ¿verdad, Fermín?
—Espere.
Se quitó la americana y la camisa. Debajo llevaba una camiseta imperio blanquísima que le daba aspecto de mafioso siciliano. Se la quitó, la agitó en el aire y empezó a enjugarme los pómulos.
—Deje, ya lo haré yo. ¿Puede parar de mirarme como si fuera una aparecida?
Mantuve la prenda apretada contra la cara durante todo el trayecto de regreso.
Llegamos a Pamplona cuando las farmacias estaban a punto de cerrar.
Sin embargo, Garzón tuvo tiempo de comprar todo lo necesario.
Yo misma me coloqué apósitos y vendajes en los lavabos de la estación ferroviaria.
Cuando Garzón me avistó con toda aquella parafernalia médica tan decorativa dio un paso atrás.
—¿Estoy convincente? —le pregunté.
—Está como si viniera de la guerra.
—¿De alguna en particular?
—No sé, de una con muchos muertos.
Diez minutos más tarde subíamos al tren de regreso. Dado mi estado, era más prudente no conducir. Dejamos el coche de alquiler en Pamplona. La gente me miraba inquisitivamente, pero con discreción. El subinspector no tardó en preguntarme.
—¿Usted cree que servirán whisky en la cafetería?
—Creo que sí.
—Pues voy a beberme siete u ocho, lo necesito; aunque quizá tantos no querrán ponerme.
—Tratándose de un maltratador como usted, harán una excepción.
Mis hipótesis no estaban todavía demasiado cocidas en mi horno mental, pero a partir del segundo whisky, mi compañero de viaje fue implacable conmigo.
—Vamos a ver, inspectora. Entonces, su reconstrucción de los hechos ¿cómo sería, más o menos?
—El extinto padre Ezquerra abusaba del hermano Lorenzo, tal y como usted ha dicho como de pasada, mientras teóricamente lo devolvía al buen camino por medio de charlas pías. Acabamos de conocer las tendencias sexuales del individuo. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿no?
—Parece bastante verosímil. ¡Y eso que lo he dicho sin pensar!
—Alguien se entera, se indigna, decide vengar los abusos y atropella al eclesiástico.
—Sí, pero le recuerdo que el hermano Lorenzo no tenía padre, madre ni perrito que le ladre, y, francamente, su tía no me parece una sospechosa razonable. No me la imagino al volante del coche homicida.
—De acuerdo por completo. Hay que variar entonces el móvil. No fue la venganza lo que acabó con el cura pederasta, sino el imperativo de taparle la boca. En tal caso pasaríamos de la sospecha familiar a recelar de la Iglesia.
—¡Eso es demasiado fuerte, Petra! Si el padre Ezquerra iba a hacer una confesión pública de sus actos o si se estaba desmadrando en su faceta de depredador sexual, los mandamases de la Iglesia tienen remedios más suaves para dejarlo fuera de combate.
—¿Por ejemplo?
—¡Yo qué sé!, enviarlo al extranjero, desterrarlo a una aldea en el quinto infierno, meterlo en un psiquiátrico...
Es lo que hacen siempre, ¿no?, pero mandar que se lo carguen o hacerlo ellos mismos es excesivo.
Además, si ellos mismos se cargaran a todos los curas que se dedican al mariconeo iban a quedarse en cuadro.
Sonreí con su broma de trazo grueso y le hice un gesto para que bajara la voz.
Llevaba razón, lo cual me jodía mucho porque el nexo de unión entre ambos asesinatos no hubiera podido ser de ninguna manera el asesino a sueldo que había matado yo.
Cuando volví a mirar al subcomisario se había dormido.
Admiré su capacidad de caer en el sueño de aquel modo instantáneo, como si alguien le hubiera disparado en medio de la frente.
Los pensamientos se me iban de nuevo al caso.
El sicario, ¿por quién y por qué motivo había sido contratado para acabar con el hermano Lorenzo?
¿De verdad la víctima de mi arma había acuchillado al hermano?
Sentía la cabeza a punto de explotar, debía dejar de darle vueltas al tema.
Mi libro estaba en el equipaje y no me apetecía levantarme a buscarlo, tampoco quería dejar la mente en blanco porque sabía que sobre ese blanco siempre se recortaba la silueta de Marcos muerto e, inmediatamente, el insoportable dolor.
No tenía más solución que imitar a mi subalterno e ir en busca de whisky.
Cuando la camarera me vio con la cara de un eccehomo, su primera reacción fue de espanto contenido.
Ordené un whisky doble y ella echó mano de dos botellitas minúsculas cuyo contenido vertió en un vaso de plástico.
Luego, sin que yo se la hubiera pedido, me dio su absolución moral.
—La comprendo, señora, la comprendo. Con el golpe que lleva... Denuncie, por favor, denuncie.
—Ya lo he hecho.
Sólo esperaba que la reacción del comisario Coronas al descubrir mi estado físico fuera exactamente igual a la de aquella buena mujer.
Hay que reconocer que tengo talento para la mentira, para la estratagema fraudulenta, para la falsificación emocional. Tanto hubiera podido ser policía como delincuente. En una palabra: en cuanto el comisario Coronas me vio, se tragó la historia primorosamente planeada.
—¡Caray, Petra! Le han dado fuerte, ¿eh?
Lo demás fue coser y cantar: el posible agresor, la investigación en curso de su homólogo pamplonica, los primeros auxilios en una clínica. En ningún momento dudó, ni mucho menos pensó en autentificar mi versión.
—Vaya a que la vean en enfermería. Y tómese dos días libres hasta que esté un poco mejor.
—Le ruego que me deje seguir trabajando sin interrupciones. Tengo que redactar los informes.
—Que lo haga su compañero Garzón.
—Está con resaca, señor. Se encuentra tan consternado por no haber podido ayudarme que ayer en el tren se bebió dos whiskies de más.
—No lo culpo, es probable que yo hubiera hecho lo mismo.
De todo esto se induce que palpita algo de verdad en lo que suele decir la gente más inculta, asilvestrada y carpetovetónica: no hay nada como un par de hostias para poner cada cosa en su lugar.