Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 22 #3
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Tenía la cara labrada con arrugas profundas. Encorvado, cargaba todo su peso sobre un cayado tan viejo como él. Nos observaba con fijeza. Comprobé que sus ojos aún estaban llenos de vida.

—Pues ustedes dirán —dijo con una voz que no flaqueaba.

—Queremos hacerle algunas preguntas.

—¿Es que ha habido algún robo?

—¿No va a dejarnos entrar en su casa?

—En mi casa nunca se le ha negado la entrada a nadie.

Lo seguimos hasta el interior, a una sala muy grande y destartalada, con poca luz. En uno de los muros gruesos se abría una ventana y, junto a ella, se veía una instalación más habitable: mesa camilla, sillón, televisor y estufa de butano.

—¿Vive usted solo aquí? —quiso saber Garzón.

—Con los perros, tres gatos y dos gallinas.

—¿Y se apaña bien?

—Del pueblo viene una mujer cada tres días.

Me hace la comida y yo me la guardo y la administro.

En el caserío de al lado viven mi hijo, su mujer y dos nietos.

Él se ocupa de mi campo. Veinte veces me han dicho que me vaya a su casa, pero no quiero.

A mí de entre estas paredes me sacarán con los pies por delante.

—Tiene más hijos, ¿verdad, señor Ezquerra?

—He tenido cuatro: dos muertos y dos vivos. A la chica la veo sólo algunas Navidades. Trabaja en Holanda, es médica, ya ve. Ojalá hubiera tenido más mujeres, menos complicaciones y más cariño.

—¿Murieron dos de sus hijos?

—El primero a los tres años. Se nos despistó y se cayó por un barranco, a cuatro pasos de aquí. Desde entonces y, por más hijos que después vinieron, esta casa ya nunca fue lo que tenía que ser.

Esperábamos la continuación de su relato, pero no añadió nada más. Tomé la palabra yo.

—Su otro hijo fallecido era sacerdote, ¿verdad?

Se le crispó la cara y me miró con una furia capaz de asustar.

—¡Ah, entonces ya sé por qué han venido aquí! ¿Qué es lo que quieren?

—Señor Ezquerra, no se precipite. Estamos aquí buscando a un asesino que, de momento, no tiene nada que ver con su hijo. No puedo contarle más, sólo le diré que la pregunta que voy a hacerle puede servirnos para atrapar a ese hombre. Es posible que no lo entienda, pero le aseguro que es la verdad.

—Pues venga, pregunte ya.

—¿Por qué cortó usted la relación con su hijo? ¿No quería que fuera cura, es una cuestión de herencias? Dígamelo, por favor.

—¿Y eso les va a ayudar a coger a un asesino?

—Ayudará. A su hijo alguien lo mató intencionadamente, de eso estamos casi seguros, y quiero saber todo lo que tiene que ver con él.

Por primera vez en toda la conversación, dio muestras de desánimo, bajó la cabeza, su voz se volvió más vacilante.

—Cuando nuestro hijo de tres años se mató, mi mujer lloraba siempre. Después se fue poniendo más tranquila. Cuando eché a Ramón de casa, otra vez a llorar cada día. ¡Cuántas veces me he arrepentido de haberle dado puerta!, pero hay cosas que un hombre como yo no puede aguantar, ¡y menos en un hijo!

Se quedó callado, no levantaba la vista del suelo.

Garzón y yo nos miramos con inquietud. Aquel viejo enérgico podía cortar su discurso en cualquier momento, pensar que no tenía por qué contarnos sus intimidades.

¿Lo apremiábamos para que siguiera? Tuve paciencia, guardamos silencio también.

Por fin, gracias a los cielos, arrancó a hablar de nuevo.

—Yo lo largué mucho antes de que fuera cura.

Tenía dieciséis o diecisiete, ni siquiera me acuerdo ya.

Oí ruido por la noche en el almacén y fui para allá, hay veces que entran bestias de fuera y se comen el grano.

Me lo encontré con el aparcero que habíamos contratado el mes antes, joven también y...

estaban haciendo, bueno estaban haciendo lo que hacen los maricones, ¿me entiende usted?

—en ese momento recobró el brío—. Y eso no, señora policía, eso, en mi familia, no.

Podía haber salido mujeriego, malgastador, vago, meterse en la ETA...

, cualquier burrada, pero eso no. Ha quedado claro, ¿verdad?

—Sí, muy claro.

—Y si eso les ayuda a mandar a la cárcel a un asesino, Dios sabrá la razón.

Me puse en pie, el subinspector me imitó. Le pedimos que no nos acompañara a la salida, pero el hombre insistió. Mientras íbamos acoplándonos a su paso lento, mi compañero se paró en seco, se volvió hacia él y le espetó.

—¿A usted nunca le ha perdonado nadie?

—¿A mí?, no. Siempre he pagado por lo que he hecho mal. Además, el único que puede perdonar es Dios, y le he pedido mil veces que perdone a mi Ramón. En el cielo estará, después de todo.

Antes de que se produjera una réplica, tomé del brazo a Garzón y lo apresuré para llegar al coche. Nos despedimos del viejo justiciero y la réplica me la tragué sólo yo.

—Pero ¿usted ha oído a ese tío, inspectora? ¡Cómo se puede ser tan atrasado y tan mamón! Iba a decirle que yo también tengo un hijo homosexual, que alguna vez había pensado lo mismo que él, pero usted no me ha dejado, inspectora.

—No merece la pena, Fermín.

—A él sí que Dios no lo perdonará.

—No merece la pena, créame.

Estaba tan contenta con el resultado de aquel interrogatorio que aquel episodio desagradable inmediatamente se me olvidó.