Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 22 #2
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La desconfianza es la característica principal del hombre inculto.

Eulogio daba señales de poseerla a raudales.

No le faltaba razón. Está uno sentando tranquilamente tomándose un vinillo y aparece su jefe acompañado de dos policías.

No iba a ser fácil sacar nada de él. Tomé las riendas de la charla.

—¿Qué tal era el padre Ezquerra?

—Buena persona.

—Sí, eso ya lo sabemos, pero ¿qué tipo de vida llevaba en la parroquia?

—¿Y qué vida quiere que llevara? ¡Pues la de todos los curas! Decía misa, confesaba, daba la comunión, casaba a la gente, estaba en los entierros...

—Pero ¿hay algo que le llamara a usted la atención de él?

Se encogió de hombros. Empecé a desesperarme. Había interrogado a muchos quinquis, pero no sabía por dónde entrarle a un viejo sacristán. Estaba claro que no iba a dibujar un retrato psicológico lleno de detalles significativos, pero yo necesitaba una mínima explicación. Lo abordé de otro modo.

—¿Era amable con los feligreses?

—De eso me acuerdo muy bien. La gente le daba la tabarra cosa mala.

Venían a buscarlo: que si un abuelo no podía salir de casa y quería la comunión, que si había un niño enfermo y la familia quería consolarse...

Nunca decía que no. Ahora todo está muy cambiado y ya no se llama a los curas para cualquier cosa, pero unos años atrás era así.

—¿Y con los jóvenes?

—Con los jóvenes, igual. Cuando alguno se descarriaba venía la madre o el padre para que le hablara al chaval y lo volviera al buen camino.

—¿Recuerda a algunos de esos jóvenes?

—¿Yo? ¡Yo qué me voy a acordar! ¡Ni los vi! Él iba a su casa, o con ellos por ahí, y a mí, ¿qué me iba a contar?

—Eulogio. Cuando el padre murió horriblemente atropellado la familia no fue al entierro. Tampoco reclamaron sus restos mortales. ¿Usted sabe por qué?

—Es verdad que no se avenía con la familia.

No iba a verlos nunca ni ellos venían a Pamplona.

Yo a veces le decía: «Padre, ¿por qué no se presenta en su casa esta Navidad?

Su pobre madre debe de echarlo mucho de menos».

Él se reía y contestaba que eran ellos los que no querían verlo a él.

Yo le preguntaba: «¿Por qué?». Pero nunca decía nada claro: los caminos del Señor son misteriosos y todas esas cosas que dicen los curas y ya he oído mil veces.

Miré al padre Jáuregui, que escuchaba con una media sonrisa en los labios, alcé las cejas y le sonreí.

—¿Y a usted qué le parece eso, Eulogio?

—Pues muy mal, me parece muy mal. Yo no he tenido hijos, pero si tienes uno, lo suyo es quererlo y visitarlo haya hecho lo que haya hecho.

—No me refería a eso, lo que quiero saber es: ¿qué cree usted que había pasado para que su familia lo rechazara?

—¿Cómo voy a saberlo si él no me lo contó?

Aunque me imagino que sería lo de siempre: no querían que se metiera a cura ni de coña.

Él era de un pueblo pequeño cerca de Durango, y, mire, tampoco es que yo haya recibido mucha educación, pero por estas tierras la gente del campo es muy bruta y ¡cabezotas como la madre que los parió!

Yo soy maño, que tampoco está mal de cabezas duras, pero estos nos ganan, seguro.

Hasta ese momento llegó mi interrogatorio, ni idea de si podía preguntarle algo más. Miré al padre Jáuregui, aunque mi frase iba dirigida al sacristán.

—¿Podemos invitarle a un vinito por las molestias que le hemos causado?

—¡Uno solo, y nos lo tomamos todos! Si ustedes me invitan también, claro está —dijo el párroco.

Aquel eclesiástico sabía cómo hacer las cosas. Llamamos al camarero y tomamos cuatro vinos como cuatro soles. Después, nuestra extraña asamblea se disolvió.

Una decisión se había instalado en mi cabeza, sólo faltaba comunicársela a Garzón. El lugar donde puso el grito mi subalterno excedía el propio cielo, subiendo mucho más allá.

—Pero, inspectora, ¿usted sabe lo que está diciendo?

—Creo que sí.

—Ya tenemos los billetes de tren comprados y el ultimátum del comisario parecía serio. ¿Cómo vamos a largarnos a Durango para interrogar a la familia del padre Ezquerra? ¡Ni siquiera tenemos una orden judicial! ¿De verdad sabe lo que dice?

—Sé tan bien lo que estoy diciendo que no recuerdo haberle pedido su opinión.

—¡Joder, Petra, nos la vamos a cargar!

—En todo caso me la cargaría yo, usted sólo cumple mis órdenes. ¿Capta el matiz?

—¡A sus órdenes, jefa!

—Eso está mejor. Telefonee a Aspiazu. Pregúntele si, en su día, se llamó o interrogó a la familia del fallecido. ¡Ah!, y devuelva los billetes. Hay que ahorrarle gastos a la poli.

Su incredulidad superaba su cabreo. Se fue sin poner cara de malas pulgas. Yo regresé a la parroquia. Con un poco de suerte, el padre Jáuregui estaría allí.

Cuando me vio no se sorprendió lo más mínimo.

—¿Qué se ha olvidado?

—Pedirle un dato más.

Entramos en su despacho. Abrió de nuevo su ordenador y escribió en un papel la dirección de la familia Ezquerra. Me la tendió. Le sonreí.

—Hay algo que me llama la atención en usted, padre. En ningún momento ha mostrado curiosidad por la investigación que llevamos a cabo. Eso no es lo habitual.

—Dudo de que me hubiera contestado de haberle hecho preguntas, pero, en el fondo, hay algo más, inspectora.

Prefiero no saber nada. Me espanta el mundo del mal.

Nunca he llegado a entender por qué a la gente le interesan tanto la crónica de sucesos, las películas de asesinatos, el horror de contemplar de qué es capaz el ser humano.

No podría hacer el trabajo que usted hace.

—Yo tampoco haría el suyo; entre otras cosas, porque no admiten mujeres.

Se echó a reír. Me miró con simpatía. Cabeceó.

—La Iglesia tiene muchos defectos, pero no hay una empresa en el orbe que haya durado tanto y funcione tan bien. Yo me siento orgulloso de formar parte de ella.

—Sin embargo, ha renunciado a muchas cosas para estar donde está: formar una familia, la libertad individual, las diversiones, el amor, tomar parte activa en muchos aspectos de la sociedad...

—Mi vocación es auténtica. Le parecerá una frase manida, pero sentí la llamada de Dios y la seguí.

Aunque mentiría si afirmara que no hubo razones egoístas en mi determinación.

Aquí estoy preservado de la vida: no tomo decisiones, no tengo que gestionar bienes materiales ni preguntarme qué está bien o está mal.

Las leyes de mi religión me lo dan todo hecho.

Ayudo a la gente y la gente me aprecia. Soy tan feliz que no me da por pensar en lo que dejé atrás al haber escogido este camino.

—Tiene mucha suerte.

—¿Usted no es feliz?

—No, no en estos momentos. Mi marido hace poco que murió.

—¿Puedo preguntarle si es creyente?

—Me temo que no lo soy.

—¿Y en qué encuentra consuelo?

—En el trabajo. Parece un contrasentido en ese oficio lleno de mal que tanto le espanta a usted.

—Hace cumplir la ley, y eso es un puntal de la sociedad.

—Dejémoslo, padre. Yo no tengo tanta fe en las leyes humanas ni divinas como tiene usted. Me limito a buscar a un culpable, y le aseguro que, en muchas ocasiones, siento piedad por él.

—Es usted una buena persona, inspectora Delicado. Sea consciente de que es una excelente razón para ser feliz.

Me levanté de golpe. Aquel maldito cura había logrado emocionarme. Le di las gracias, le estreché la mano y abandoné aquel silencioso despacho donde se respiraba una inusual armonía.

Garzón había cumplido con su deber. Nuestro amable colega lo había informado con precisión: según los informes, se había avisado a la familia de la víctima, que no compareció, delegando todo el protocolo en la parroquia de San Lorenzo.

Como ninguno de los miembros de la familia vivía cerca del lugar de los hechos y su testimonio no habría añadido nada a la investigación, la policía dio por válida su no asistencia. Punto final.

—Por pura curiosidad, inspectora: ¿ha avisado usted al comisario Coronas de nuestro cambio de planes?

—Le he enviado un wasap a su número privado. No he dado muchas explicaciones, sólo que un asunto importante demoraría nuestro regreso un día más.

—¿Le ha contestado?

—Ni idea. No pienso ni siquiera mirarlo. Es imprescindible que me concentre en la investigación.

Vi como elevaba los ojos al cielo. Fue el único comentario, sólo gestual, que se atrevió a manifestar.

El viaje era más largo de lo que había imaginado, y cuando llegamos no tuvimos más remedio que conducir un buen rato para alcanzar el caserío en el que vivían los Ezquerra.

Era un lugar aislado, hermoso, lleno de árboles con diferentes tonalidades de verde.

De repente, dos mastines enormes nos salieron al paso.

Interrumpimos la marcha hacia la casa. Los perros no daban muestras de agresividad, se limitaban a mirarnos, uno al lado del otro, impasibles e imponentes. Oí rezongar a Garzón. Elevé la voz.

—¿Hay alguien ahí?

Como si yo hubiera sido una directora de orquesta, ambos animales se pusieron a ladrar.

Uno con voz de bajo; el otro, de barítono.

Deduje que eran macho y hembra. No pasó mucho tiempo hasta que un hombre muy mayor apareció renqueando por las grandes puertas abiertas.

Les dijo cuatro cosas a los mastines en una lengua que ellos entendieron, pero yo no.

Supuse que era vasco. Se nos acercaron moviendo la cola mansamente.

Olfatearon nuestras piernas. Otra parrafada inextricable los alejó de nosotros. El anciano habló desde donde estaba.

—¿Qué se les ofrece?

—¡Somos de la policía! —me vi obligada a gritar al tiempo que enseñaba mi placa desde la distancia.

—¡Vénganse para acá, que a mí caminar me cuesta mucho!