22
Antes de completar nuestras gestiones, el comisario Coronas perdió la paciencia. Me llamó personalmente.
—Hola, Petra. ¿Qué tal van las vacaciones?
—Ni un minuto libre, comisario.
—Eso es evidente, no he recibido ni un solo informe desde que llegaron a Pamplona. He pensado que podía ser por dos razones: o no tienen tiempo ni de cumplir con sus obligaciones informativas o le están dando al vino de la región cosa mala.
—Verá, hemos estado realizando muchos interrogatorios y averiguaciones. Me dio la impresión de que los informes serían más coherentes si los escribimos con tiempo y claridad a nuestro regreso. Si usted lo consiente, claro.
—Nada de capítulos, sino la novela entera, ¿es eso?
—Menos el desenlace —intenté bromear.
—¿Cuándo vuelven?
—No sabría decírselo con exactitud, nos faltan algunos flecos.
—Yo sí sé decírselo con exactitud. Pasado mañana los quiero en Barcelona. Y dejemos los flecos para los mantones de Manila. ¿Me ha entendido?
—¿Y si se nos presenta algún momento crucial?
—O le están poniendo las esposas al asesino del hermano Lorenzo o lo demás son pamplinas.
—A sus órdenes, comisario.
Garzón, que estaba a mi lado, me indicó que no necesitaba transcripción. Lo había oído todo.
—¡Vaya cabreo que se ha pescado el jefe!
Pues no lo entiendo, aquí no estamos tocándonos las narices.
¿Usted ha visto en las películas? Mandan a los policías a una ciudad en el quinto coño, a una ciudad bonita, además: Estambul, Londres, París...
, y allí se quedan hasta que pasan a otra ciudad todavía más cojonuda, ¡y siempre investigando lo mismo! Pero nosotros...
—Déjelo, Fermín. Nuestra poli es como es. La única solución consiste en no ver películas.
—¿Y si estamos en un momento crucial?
—Ya lo ha oído, o tiene al asesino agarrado por el cuello o lo demás es pura gilipollez.
Por fortuna, había ido tomando notas en mi habitación de hotel.
Justamente había estado revisándolas la noche anterior.
Confeccionar con ellas un informe coherente iba a resultarme una labor titánica.
¿Qué habíamos sacado en claro? Poca cosa: Madroño era un individuo violento; el dueño de la discoteca era un empresario potente que no lo había visto en la vida; el caso del padre Ezquerra se cerró por la imposibilidad de encontrar pruebas legales, y la tía del hermano Lorenzo nos visitaría en Barcelona e incluso era posible que nos trajera un bizcocho como regalo.
Sin embargo, prevalecía en mí la impresión de estar acercándome a algo.
Al menos habíamos corroborado sospechas, como el talante pendenciero de Madroño, si bien las incógnitas importantes continuaban intactas.
El tiempo que nos quedaba había que emplearlo con tino. Le dije a Garzón que pidiera un taxi, pero cuando le comuniqué que el destino era la parroquia de San Lorenzo, manifestó sus dudas.
—Supongo que se da cuenta de que con lo del padre Ezquerra estamos siguiendo una especie de pálpito suyo.
—¿Le parece un pálpito la muerte violenta de alguien tan importante para la víctima? ¡No me joda, Fermín! Los dos casos están conectados. Me jugaría mi virtud si aún la tuviera.
—A sus órdenes, inspectora. Vamos allá, por virtud que no quede.
La iglesia de San Lorenzo no tenía la menor gracia desde el punto de vista arquitectónico.
Mi compañero, que a menudo buscaba información en su móvil, me dijo que la original databa de la Edad Media, pero que la última reconstrucción sólo se remontaba a un siglo.
Debo decir que, cuando me hacía partícipe de aquella sabiduría recién adquirida, siempre sentía deseos de pegarle un buen corte.
Nunca me atreví, sus intenciones eran buenas y, además, sintetizaba el contenido de su hallazgo.
De cualquier modo, ¿a santo de qué sentía curiosidad por unos datos que iba a olvidar inmediatamente?
¿Todos nos habíamos vuelto más cultos desde que llevábamos encima una enciclopedia? Tenía serias dudas al respecto.
Lo primero que vimos al entrar fue a un muchachote con dos macetas de flores en cada mano.
Nos acercamos para preguntarle si podíamos hablar con el párroco.
Dejó parte de su carga en el suelo y, abriéndose la chaqueta de punto grueso que llevaba puesta, nos mostró su alzacuellos.
De un modo reactivo, yo le mostré mi placa policial.
Los distintivos son prácticos, enseguida ponen a cada uno en su lugar.
—Disculpen este desorden —dijo señalando las flores blancas que adornaban los bancos—. Es que esta mañana se ha celebrado una boda y estoy solo para recogerlo todo.
—Si quiere podemos echarle una mano —se ofreció Garzón muy oportunamente.
Aceptó, y allí estábamos nosotros recogiendo tiestos y depositándolos en un pequeño almacén que había al fondo. Pesaban. Al terminar me dolía un poco la espalda. Me disponía a comenzar la charla cuando el cura objetó:
—Faltan las flores del altar.
—Espero que esto sirva para asegurarnos una parcelita en el cielo —apuntó mi compañero.
Lejos de escandalizarse, el eclesiástico contestó:
—¡Nada de parcelitas, esta ayuda les da derecho al mejor sitio de la urbanización!
Una respuesta tan sacrílega nos hizo estallar en carcajadas. Sonaron extrañísimas, rebotando contra bóvedas y ábsides. Un efecto fantasmal. Obviamente, una iglesia no está concebida para la risa.
Depositado el último y gigantesco ramo de lirios, que fue transportado entre los dos hombres, nuestro anfitrión se presentó.
—Soy Manuel Jáuregui, el párroco. Les agradezco mucho la ayuda. Si les parece, vamos a mi despacho. Allí tengo un lavabo y podemos quitarnos la tierra de las manos. También tengo una máquina de café. Después del trajín nos sentará bien.
Manos de nuevo limpias, sentados y tranquilos, yo observaba cómo aquel mocetón iba metiendo las capsulitas en su máquina. Puede que las vocaciones escasearan, pero aquel sacerdote no llegaba a los cuarenta años. Era alto, corpulento, guapo de verdad. «Un auténtico desperdicio», pensé.
Lo pusimos en mínimos antecedentes de nuestras pesquisas.
Por supuesto, había oído muchas veces comentarios sobre la muerte trágica del padre Ezquerra.
Él no había llegado a conocerlo, hubo otros muchos párrocos antes de su llegada a la sede.
Había datos archivados, todos informatizados, declaró con orgullo. Metió la nariz en su ordenador.
—Era natural de Durango. Familia de labradores.
Ingresó en la carrera eclesiástica a los veinte años.
Una hoja de servicios impecable. Se interesaba en especial por los problemas sociales relacionados con los jóvenes.
Su cuerpo no fue reclamado por ningún familiar.
Sus restos mortales yacen en el cementerio municipal de Pamplona.
—¿Por qué? —fue mi pregunta inmediata.
El padre Jáuregui no la entendió.
—¿Es habitual que la familia no reclame los cuerpos de los eclesiásticos?
—No, supongo que no. Quizá sus familiares habían muerto todos con anterioridad.
—¿Cómo podemos saberlo?
Su gesto era el de quien está pensando con intensidad. Asintió varias veces con la cabeza.
—En esta ficha no figura, por supuesto, sólo contiene los datos básicos. Se me ocurre que quizá Eulogio...
—¿Eulogio?
—El sacristán. Tiene ya muchos años. No le he pedido que dejara su cometido porque sería como matarlo.
Lo que pasa es que..., en fin, ya ven lo que pasa.
En condiciones normales hubiera tenido que ser él quien recogiera las flores.
Me llamó diciendo que se encontraba fatal.
¿Qué voy a hacer, reñirlo? Mientras mi espalda siga fuerte prefiero hacerlo yo. Es un buen hombre.
—Y naturalmente él conoció al padre Ezquerra.
—Seguro que sí. Lleva en la parroquia desde jovencito. Pero de eso a que sepa por qué la familia no reclamó los restos...
—Hay que intentarlo. ¿Puede pedirle que venga?
—Vive solo, no tiene parientes, nunca tuvo mujer ni hijos. En su casa seguro que no está, pero yo sé dónde encontrarlo.
—¿Dónde?
—En el bar de la plaza. No es que sea un alcohólico, pero en sus circunstancias parece que un poco de vino le sienta bien. Yo lo comprendo perfectamente, no lo culpo. Debe de ser muy duro vivir siempre en soledad.
—Es usted muy comprensivo, padre Jáuregui.
—Culpar a los demás es demasiado fácil.
—Es curioso que piense eso predicando una religión según la cual todos nacemos culpables.
—Ha llovido mucho desde el pecado original, inspectora.
—Pero la Iglesia sigue siendo exactamente igual.
—¡Ay, inspectora!, para que la Iglesia cambie tiene que caer otro diluvio universal, y ni aun así yo estaría seguro.
Lo miré con simpatía y él se echó a reír. Cerró el ordenador, dio una palmada y se levantó.
—Vámonos, señores, no sea cosa que Eulogio ahogue sus penas en exceso.
No tuvimos que andar mucho para encontrar en la plaza un bar pequeño y cutre, uno de esos bares de pueblo españoles que parece haber estado en pie desde mucho antes que cualquier catedral.
La profecía del párroco se cumplió. Cerca de la barra, rodeado de vejetes como él, estaba Eulogio, mirando sin ver un televisor colgado en la pared.
Nuestro benefactor se le acercó, le puso la mano en el hombro.
—Con que te encontrabas fatal, ¿eh, bribón?
El bribón enfocó los ojillos, pequeños y maliciosos. Miró al cura y, encogiéndose de hombros, replicó:
—¡Me duele el cuerpo entero!, pero descansando un poco pronto se me pasará.
—No te apures, Eulogio. La carne es débil.
—¡Yo, para carne..., un buen chuletón! —rio enseñando una boca desdentada.
El padre Jáuregui le explicó que éramos policías y necesitábamos que nos hablara sobre el difunto padre Ezquerra.
—Porque lo conociste, ¿verdad, Eulogio?
—Sí, pero de lo que pasó con él no sé nada —respondió muy serio. La memoria parecía seguir funcionándole bien.
—No, mira, sólo quieren saber cosas sobre cómo era, de su manera de hacer las cosas, de su familia...