Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 21 #3
65%

21 #3

—¿Ha hecho algo malo?

—Intentó matar a una persona.

—¡Ah, pues no me extraña para nada! A mí siempre me pareció que no era trigo limpio.

—¿Podemos saber por qué?

—Tenía muy mala leche, se encabronaba enseguida. Una vez estuvieron aquí hasta los de la Foral. Había vapuleado a uno, pero como seguro que lo amenazó, el tío no presentó denuncia.

—¿Por qué no lo despidieron?

—Yo avisé al jefe de Personal de que era muy malcarado, pero como no había denuncias... En el fondo ya les venía bien que siguiera, cumplía con lo suyo bastante bien.

—Tenemos entendido que se fue por su propia voluntad.

—Sí, se fue porque quiso. A mí me contó que se largaba a Barcelona porque tendría trabajos más buenos. Como no sea de boxeador..., pensé yo.

Le dejamos que se fuera después de oír las risotadas que le había provocado su propio chiste.

Si lo que nos había dicho Balmaseda era cierto, pronto se quedaría sin trabajo.

Él y todos los que trabajaban en Top Total.

«Una panda de pobres desgraciados», pensé.

¿Era sospechoso que Llamazares hubiera mantenido en su puesto a Madroño a pesar de saber que era pendenciero?

En primer lugar, dudaba mucho de que esa información hubiera llegado al gran jefe, y el tal Eugenio acababa de darnos una respuesta muy plausible: Madroño cumplía con su cometido y no tenía problemas con la ley, ¿para qué molestarse en echar al portero de una discoteca de mierda, pagarle una indemnización, buscar a otro en su lugar?

No, su continuidad en el trabajo no era sospechosa, coincidía perfectamente con el modo de hacer las cosas a la española.

Esta vez no tenía por qué ser diferente.

Entró el jefe de Personal cuando Eugenio salió. Llamó a su jefe por teléfono. Al colgar, nos anunció solemnemente:

—Vengan conmigo, por favor. Los acompañaré al despacho del señor Balmaseda.

El empresario no estaba solo, lo acompañaban dos jóvenes: un hombre y una mujer.

—Tengo el gusto de presentarles a mis dos hijos: Miguel y Clara.

Los dos trabajan conmigo. Los dos son economistas.

Miguel es mi segundo de a bordo. Algún día le tocará a él llevar el timón y yo podré irme a cazar cuando quiera de una maldita vez.

—Rio con campechanía—. Y esta es Clarita, la peque, que como ven ya no es tan peque.

Su cargo: la contable mayor del reino. Hace sumas y restas de maravilla, mejor que cuando estaba en el colegio, ¿verdad, Clarita?

Le pellizcó la mejilla como si efectivamente fuera una colegiala. Miguel tenía dibujada una sonrisa inexpresiva que no varió, y la chica permaneció seria todo el tiempo. A ninguno de los jóvenes parecía hacerles mucha gracia estar allí. Algo normal, pensé. Su papel estaba siendo un tanto desairado.

—Quería presentarles a mis hijos porque estoy muy orgulloso de ellos, la verdad sea dicha. Y si a ustedes les parece bien, les invito a cenar esta noche en mi casa. Quiero que se vayan de Pamplona sabiendo por qué tenemos fama de hospitalarios.

—Se lo agradecemos infinito, señor Balmaseda, pero no puede ser. Estaremos poco tiempo en la ciudad y aún nos queda algo de trabajo. De todos modos, la reputación hospitalaria de Pamplona queda bien contrastada.

Salimos de las oficinas sin despedirnos de nadie más. Antes de que pudiéramos decidir hacia dónde encaminábamos nuestros pasos, tuvimos un encuentro imprevisto.

En la plaza se nos acercó corriendo una chica, que se plantó ante nosotros sonriendo.

—¡Hola! ¿Se acuerdan de mí?

Me resultaban familiares sus rasgos hispanos, pero no lograba dar con su identidad. Garzón, la hubiera reconocido o no, reaccionó con prontitud.

—¡Pues claro!, ¿qué tal está?

—Los he visto desde lejos y enseguida he avisado a doña Isabel. Viene por ahí.

Miramos en la dirección que señalaba y descubrimos la figura renqueante de una mujer mayor que se acercaba apoyada en su andador. Mis neuronas funcionaron por fin. Era la tía del hermano Lorenzo, y la simpática joven, su asistenta hondureña. Fuimos hacia la anciana para no hacerla caminar más.

—¡Señores, qué alegría verlos por aquí! Son las últimas personas en el mundo que esperaba encontrar en mi paseo.

La saludamos con idéntica cordialidad a la suya.

—Pero ¿qué hacen por Pamplona?

—Cabos sueltos de la investigación.

—¿Y han hecho un viaje tan largo para lo del asesinato de mi sobrino? ¡Cuánto se lo agradezco! Es un detalle por su parte, de verdad.

Era desconcertante el marco de urbanidad social en el que aquella buena mujer situaba una investigación.

—¿Quieren venir a mi casa? Serán muy bienvenidos. Vivo muy cerca. Leila preparó ayer un bizcocho buenísimo. Anímense y lo tomamos con un café.

—Es usted muy amable, doña Isabel, pero andamos atareados y con poco tiempo.

—Pues por lo menos nos sentamos en esa terraza y los invito a lo que gusten. Después de todo el esfuerzo que están haciendo...

Dudé un momento, acepté; su ingenua amabilidad resultaba conmovedora. Nos desplazamos lentamente hasta la terraza del bar. Leila estaba atenta a todos los movimientos de su empleadora, que al llegar se desplomó sobre un incómodo silloncito metálico.

—¿Hay novedades en sus investigaciones? —preguntó.

—Vamos avanzando.

—¿Encontrarán al asesino?

—Puede estar bien segura —mentí.

—Me reconforta escucharla. Ya ven que mi estado físico va empeorando, cada vez camino con más dificultad.

Pues bueno, pese a todos mis problemas, tendré que viajar de nuevo a Barcelona para el sepelio de mi sobrino y todas las gestiones de su herencia.

Mi pobre Lorenzo no poseía nada, pero la orden quiere legalizarlo todo, como es natural.

—¿No pueden hacerse esas gestiones a distancia?

—Las gestiones sí, pero quiero estar presente en la misa fúnebre que los jesuitas le dedicarán. La orden demora mucho las ceremonias post mortem de sus miembros.

—Es muy lógico —volví a mentir.

—El día que esté en su ciudad iré a verlos, o mejor los invito a que me acompañen al funeral. Su asistencia sería un honor para mí.

Garzón me miró con cara de pánico. Calculé que la cosa no sería inmediata, de modo que podrían presentarse montones de excusas cuando llegara la fecha.

—Cuente con ello.

Tomamos tranquilamente nuestros cafés, hablamos del tiempo, de la belleza de la ciudad. Sólo en el momento en que decidí que debíamos irnos, le pregunté:

—Doña Isabel, ¿recuerda que nos habló del padre Ezquerra?

—Me acuerdo muy bien, Dios le tenga en su gloria.

—¿Dónde podríamos encontrar datos suyos?

Se quedó un poco parada. Enseguida respondió.

—¿A qué datos se refiere?

—No sé, sus cometidos sacerdotales, su servicio entre los fieles. No es que forme parte de la investigación, sólo queremos recomponer toda la historia de la víctima, su pobre sobrino.

—Comprendo. Se me ocurre la parroquia de San Lorenzo, a la que él pertenecía: puede que allí tengan alguna información. Aunque ¡han pasado tantos años!

—¿Y en el seminario? —apuntó Garzón.

—No creo, el seminario va por otro lado. Ya saben, la Iglesia tiene tantos estamentos y tantas jerarquías que a veces parece el Ejército. —Se llevó las manos a la boca como un niño cuando acaba de soltar una inconveniencia.

—¡Mucho más que el Ejército! La Iglesia tiene un mando único para todo el mundo mundial: el papa —replicó mi compañero.

—No lo había pensado, es verdad —sonrió la señora.

Dejamos atrás a las dos mujeres, unidas extrañamente por el destino. Sólo nos habíamos alejado unos pasos cuando Garzón me preguntó.

—¿De verdad vamos a ir al funeral?

—Dios proveerá, Fermín.