21 #2
—No es exactamente así. Somos de la Policía Nacional de Barcelona. Él es el subinspector Fermín Garzón y yo la inspectora Petra Delicado.
—¿Fermín? ¡No me diga que es navarro!, con ese nombre...
—Pura casualidad. Soy natural de Salamanca.
—¡Ah, qué bien! ¿Y qué les trae por aquí?
—Buscamos el rastro de un hombre llamado Francisco Madroño. Tenemos entendido que hace un tiempo trabajó para usted.
—¿Y qué ha hecho ese hombre?
—Intentó matar a un policía.
—¡Caray, ni más ni menos! ¿Sospechan que está en Pamplona?
Entró la secretaria con el café que faltaba. Callamos todos. Cuando se fue, respondí:
—No, ese hombre ya no está en ninguna parte. Murió.
—¿Y entonces?
Atajé su capacidad de dirigirlo todo.
—Señor Balmaseda, ¿le importa que seamos nosotros quienes preguntemos?
Un rictus de sorpresa y desagrado se insinuó levemente en su cara. Duró poco, enseguida lo sustituyó por un gesto de interés en la escucha.
—Por supuesto, discúlpeme, es que lo que me cuentan me deja un poco pasmado. ¿Alguien que trabajó para mí?
—Trabajó como portero en la discoteca Top Total.
—¡Por Dios! Ni me hable de ese sitio. Estoy harto de ese local. De hecho, voy a cerrarlo dentro de muy poco. No da más que problemas y su rentabilidad no compensa tener un negocio que daña nuestra respetabilidad.
—Pues ayer estaba muy lleno —intervino Garzón.
—¿Lo han visitado?
—Ayer mismo.
—En ese caso ya se habrán dado cuenta de que es un antro sin ninguna clase ni comodidad.
Heredé ese inmueble de mi padre y pensé que sería una buena idea convertirlo en una discoteca pequeña donde pudieran acudir los más jóvenes.
Pero no, la clientela ha acabado compuesta por un montón de pringados que sólo consumen cerveza y dan que hablar entre los vecinos. Se acabó.
—¿Recuerda usted al hombre por quien nos interesamos?
Una sonrisa de superioridad apareció en su boca, abrió los brazos como implorando comprensión.
—Inspectora Delicado. Tengo abiertas muchas discotecas no sólo en Pamplona, sino en la comunidad entera.
¿Se imagina que puedo contratar personalmente a todos los trabajadores?
Los encargados de cada uno de mis negocios sí deben contar con mi aprobación, pero ¿un portero?
De eso se ocupa mi jefe de Personal. Lo entiende, ¿verdad?
—Lo entiendo a la perfección. ¿Con quién debemos tratar entonces?
—Eso lo solucionamos enseguida. Voy a avisar al jefe de Personal y que les reciba en su despacho. Él tiene allí los datos de todas las personas que han trabajado con nosotros. ¿Les parece bien?
Asentimos con la cabeza. Se levantó con ímpetu y nos llevó hacia la puerta.
—Y ya saben dónde me tienen para cualquier otra cosa que necesiten. Antes de marcharse, avísenme, quiero despedirlos personalmente. ¡Ah!, y me mantendrán informado sobre las noticias de ese portero, ¿verdad?
Me detuve y lo miré con frialdad.
—Supongo que ya lo sabe, la policía no puede informar a nadie sobre sus investigaciones.
—Cierto, ¡qué torpe soy! Es la fuerza de la costumbre. ¡Y eso que siempre estoy quejándome de que me informan demasiado! Y es que la gente siempre te cuenta los problemas, nunca acude a ti cuando las cosas van bien.
—Señor Balmaseda, una última pregunta: ¿usted o alguien de su equipo se ha desplazado últimamente a Barcelona?
—¿A Barcelona? No, en realidad salgo muy poco de Navarra. ¡Y miren que me gusta Barcelona! Es una ciudad magnífica: avanzada, moderna. El día menos pensado abro un negocio allí, aunque ya estoy un poco carcamal para eso.
Soltó unas carcajadas de galán desfasado, pero lo último que oímos de él fue otra orden.
—Elvira, acompañe a estos señores al despacho de Llamazares.
Llamazares no pasaba de los cuarenta años, casi no nos saludó. Nos miraba sin la menor expresión de curiosidad, casi podría decirse sin la menor expresión de nada. Tomamos asiento frente a él.
—El señor Balmaseda me ha dicho que quieren conocer los datos de un empleado que ya no trabaja con nosotros.
Iba al grano. Yo también actuaría con la misma concreción.
—Sí, se llamaba Francisco Madroño.
—¿Sabe la fecha de entrada y salida de nuestra empresa?
—No, ni tampoco su número de la Seguridad Social, ni su número de calzado. Trabajaba como portero en la discoteca Top Total.
Ni se inmutó. La ironía no era un arma que pudiera rozarle la piel siquiera. Se aferró al ordenador y empezó a teclear. Tardó apenas cinco minutos en encontrar lo que buscaba.
—Sí, aquí está. Trabajó dos años en la empresa. Se despidió por propia iniciativa. Se le dio el finiquito y ya está.
—¿No hay incidencias en su ficha?
—La ficha que hacemos de los trabajadores es muy escueta. A ver... Cobraba el salario mínimo, hacía el horario habitual, estaba soltero y nació en el 82. Residía en Pamplona, en la cuesta de la Reina número dos, tercero, segunda. Su teléfono...
—¿Usted llegó a conocerlo? —lo interrumpí.
—Sí, yo mismo lo contraté, pero muy bien no recuerdo. Espere, miro la foto.
Tecleó un poco más.
—Sí, aquí está. Ya me acuerdo.
Le pedí que mostrara la fotografía y reconocimos a Madroño, menos cadáver que en nuestros archivos.
—¿Cómo era ese hombre, señor Llamazares?
—No sé qué decirle, un tipo normal. Lo contraté porque estaba muy fuerte, muy musculado, y para el trabajo de portero es conveniente ese perfil. No se trata de atacar a nadie, pero sí de intimidar un poco para que la gente respete su autoridad.
—Comprendo. ¿Hubo problemas con él? Nos han informado de que alguna que otra vez se comportó violentamente con algún cliente.
—Algo me suena. Creo que zarandeó a un tipo, pero poco más.
No se presentó denuncia y él no tenía antecedentes penales.
Si hubiera sido así, no lo hubiéramos contratado.
Dimos carpetazo al tema. Hay que entender que los porteros a veces tienen que enfrentarse con individuos pasados de copas que buscan bronca.
De todos modos, si lo hubieran denunciado lo habríamos despedido inmediatamente.
—¿Antes de comprobar si la denuncia es falsa?
—Son las normas de la casa y los porteros que entran a formar parte de nuestra nómina lo saben. Más vale prevenir que curar.
—¿Cuántas veces se entrevistó con Madroño?
—Pocas. Cuando lo contraté y el día de la bronca. Lo advertí de que no volviera a pasar, se avino a razones y ya está.
—¿Quién está al frente de Top Total?
—El encargado.
—¿Podemos entrevistarnos con él?
—Sí, claro. Esta tarde estará en el local desde...
—No, quiero decir ahora.
Por primera vez mostró alguna reacción que no fuera robótica. Abrió los ojos y subió las cejas indicando incredulidad.
—¿Ahora, entrevistarse ahora mismo?
—Exacto. Lo llama usted por teléfono y le pide que venga a su despacho porque la policía quiere interrogarlo. Él comprenderá que, al tratarse de la policía, debe personarse inmediatamente. Usted también entiende eso, ¿verdad?
—Sí, claro. ¿Puedo informar al señor Balmaseda?
—Por supuesto. Primero llama al encargado y luego informa a su jefe. ¿De acuerdo?
Algo remiso, buscó el teléfono del empleado y lo llamó.
—¿Eugenio? Tengo en mi despacho a un par de policías que quieren hablar contigo... No, no, todo está bien... Sí, ahora mismo.
Nos observó, aún con aire incrédulo.
—Viene para acá.
Siguió la cara de pasmo y la observación. Garzón le hizo un gesto de apremio con la mano.
—¡Vamos, informe a su jefe! Y deje el altavoz del teléfono abierto, por favor.
No le hacía maldita gracia poner en práctica aquella orden, pero no tenía más remedio que mostrarse colaborador. La conversación nos llegó con toda claridad.
—¿Señor Balmaseda? Aquí los señores de la policía van a interrogar a Eugenio en mi despacho.
—¿Eugenio, y quién diantre es Eugenio?
—El encargado de Top Total.
—Sí, vale, ¿y?
—Sólo quería informarle.
—¡Ay, por Dios!, estoy ocupado. Dales todas las facilidades que quieran a los señores de la policía, que interroguen a quien quieran y donde quieran. Avísame cuando acaben.
Ahora su mirada era de alivio y, en el colmo de la humanización, nos dirigió una leve sonrisa.
—Eugenio llegará enseguida. Me ha dicho que justo estaba aquí al lado. ¿Quieren que les pida un café?
—Veo que allí tiene una cafetera preparada —señaló el subinspector.
—Es té verde. Yo siempre tomo té verde, me sienta mejor que el café.
Cualquier opinión sarcástica que hubiera podido emitir mi compañero quedó abortada por unos enérgicos golpes en la puerta. Un segundo después, una cabeza de buen tamaño se coló en la estancia.
—¿Da usted su permiso?
—Pasa, Eugenio.
Si para aspirar a portero de discoteca era necesario ser fuerte, seguramente también lo era para desenvolverse como encargado, dada la envergadura de aquel tipo.
Ancho, grande y musculoso, se plantó en mitad del despacho ocupando más espacio que cualquiera de los muebles minimalistas que nos rodeaban.
—Estos inspectores de policía quieren hacerte unas preguntas —dijo el de Personal indicándole un rincón a nuestro lado mientras permanecía tan fresco en su asiento preferente.
—Ya puede salir —le dijo Garzón con placer indisimulado.
—¿Salir? —repitió el muy lelo.
Mi colega se puso en pie y empezó a gesticular con las manos por delante como si se las sacudiera después de lavárselas.
—¡Sí, salir, salir! Ya volverá cuando hayamos acabado. Este interrogatorio es privado.
Precipitado en los movimientos, desapareció por fin. Estaba segura de que a mi subalterno le había caído tan mal como a mí. Sonreí al recién llegado y, apuntando con el dedo al sillón recién desocupado, le pedí que se sentara. Me esperaba su reacción.
—Pero... ¿me siento ahí?... Es que es el sillón del señor Llamazares.
—Siéntese —solté dando por acabada aquella absurda situación. Luego, sin perder nunca la sonrisa, lo informé.
—Estamos buscando a un hombre llamado Francisco Madroño, que trabajó como portero en la discoteca que usted regenta. ¿Lo recuerda?
—Sí que me acuerdo. Trabajó en la discoteca, pero ya lo dejó. No ha vuelto más y me da la impresión de que por Pamplona ya no está. Lo hubiera visto alguna vez.
—Lo que queremos saber es cómo era ese hombre, qué personalidad tenía.