21
Antes de dar ningún paso por nuestra cuenta debíamos volver a hablar con nuestro colega pamplonica.
Sin cita concertada, acudimos a la comisaría, donde todo el mundo parecía conocernos ya.
Aspiazu nos recibió amable y contento. Seguramente los asuntos que le poníamos sobre la mesa lo sacaban de la monotonía de su quehacer en una más o menos tranquila capital de provincia.
Aproveché ese tópico para iniciar la visita cortésmente.
—De verdad lamentamos darte un plus de trabajo, Amancio, aunque me imagino que por aquí las cosas suelen estar tranquilas.
—Ni lo sueñes. Normalmente, hay poco de lo que ocuparse, llevas razón, pero cuando llegan los sanfermines, con la turba de gente que toma al asalto la ciudad, vamos desbordados.
Nos traen refuerzos de otros sitios, pero ni aun así: cogorzas, robos, denuncias por abusos sexuales, extranjeros que pierden el pasaporte en plena melopea...
Un horror. Asesinatos no tenemos, pero los habrá, llevo advirtiéndolo hace mucho a los superiores para que me envíen más gente.
—¿Has tenido tiempo para lo nuestro?
—Sí. Hemos encontrado el expediente del atropello del padre Ezquerra, lo tengo aquí.
Por desgracia, no sirve de mucho. El caso se investigó, pero se cerró al cabo de un año por falta de pruebas.
No hubo testigos, los interrogatorios se hicieron a gente que ni siquiera figuraba como sospechosa.
En el cadáver no se encontraron restos de pintura de coche, en la calzada no había huellas de frenazos ni neumáticos.
Tampoco aquel buen hombre tenía enemigos, ni dinero ni patrimonio que alguien pudiera heredar.
Por no tener no tenía ni familia, dato que también se contrastó en el seminario.
Con todo esto lo que quiero decir antes de nada es que, leyendo el informe, las indagaciones se hicieron correctamente y se cumplieron todos los protocolos.
—¿Qué conclusiones sacó el juez encargado?
—Pues eso, conclusiones no concluyentes. Se pensó que el autor de los hechos era alguien de fuera que viajaba en su coche por la carretera, no vio al cura, lo atropelló y se las piró a toda mecha. Un hijoputa, en fin.
—¿Figura en el informe de la autopsia si el impacto fue muy fuerte, si correspondía a un coche grande o pequeño y a qué velocidad circulaba?
Echó mano del expediente que estaba sobre la mesa y se puso a buscar. Tras una larga pausa, leyó:
—«Traumatismo craneoencefálico, rotura del húmero, pérdida significativa de sangre...» No, de eso no dice nada. ¿Es importante?
—No lo sé.
—¿Por qué te interesa tanto ese cura, Petra?
—Porque me pregunto qué hacía un cura paseándose por la carretera en plena noche.
—¡Vaya usted a saber! Yo no podría meterme en la mente de un cura por más que lo intentara.
—¿Qué me dices de un tal Fabián Balmaseda? Nuestro hombre trabajó para él en la Top Total.
—¡Jo, es el rey del mambo discotequero! Todos los locales de Navarra le pertenecen.
—¿Qué tal fama tiene por aquí?
—Buena en general. Es un empresario y punto pelota, pero da dinero para las fiestas patronales, colabora en las causas benéficas, nadie dice nada malo de él. Está casado y tiene dos hijos ya mayores, no hay problemas con él.
—Es curioso, parece que con el tipo de negocios que lleva tendría que ser un tío más retorcido.
—Pues no creo. Por lo que he oído decir su padre sí era un cabrón con pintas. Lo de siempre, el que inicia el negocio se pringa las manos, luego los hijos lo heredan y salen limpitos de la operación.
—¿Balmaseda tiene hermanos?
—No. Hasta en eso ha tenido suerte, nadie con quien repartir.
—Puede que haya salido limpito, pero el antro ese del Top es bastante asqueroso —comentó el subinspector.
—Ya, se rumorea que Balmaseda lo quiere cerrar. También dicen que abrirá una cadena de comida rápida.
—Más asqueroso aún —remachó mi compañero mientras Aspiazu se reía.
—¿Tú lo conoces personalmente?
—No he tenido ocasión. Si lo queréis localizar las oficinas las tiene en la calle Sarasate, pero él vive en una casa cojonuda a la salida de la ciudad. ¿Vais a ir a hablar con él?
—Eso hemos pensado.
—No es por meterme donde no me llaman, pero ¿de verdad creéis que se va a acordar de un pringado que trabajó hace tiempo en el más mierda de sus negocios?
—Él no se acordará, pero tendrá secretarios, gente que lleva los papeles de los empleados...
—Eso sí, empleados tiene un montón.
Mi amable colega consideró que peligraba la reputación de su cuerpo policial si no nos invitaba a un buen desayuno, así que salimos los tres de comisaría dispuestos a reparar unas fuerzas que poco habíamos desgastado aquella mañana.
Dio por hecho que conocíamos la calle Estafeta, y cuando Garzón respondió que era su primera vez en Pamplona puso el grito en el cielo y hacia allí nos condujo.
Cuando mi subalterno vio la plaza Consistorial y sus alrededores se quedó estupefacto.
—¿Por aquí pasan los mozos y los toros a la carrera? —preguntó.
—Sueltan los toros en la cuesta de Santo Domingo, pero pasan por aquí y luego siguen por Estafeta.
—¡La madre de Dios, pero si todo es muy pequeño y muy estrecho!
Aspiazu reía a mandíbula batiente y le daba golpecitos en la espalda al subinspector como si quisiera sacarlo de su asombro.
—¡Pero ¿no lo ha visto mil veces en la tele?!
—Sí, pero cuando lo miras de cerca te das cuenta del espacio real.
—¿Y qué te parece?
—Pues que un poco bestias sí que sois los pamplonicas.
Temí la reacción ante aquella falta de diplomacia, pero Aspiazu se tronchaba.
—¡Hay que ser un poco bestia en la vida, joder! Si no es así, te aburres como una ostra.
No hubo espacio para el aburrimiento. Aquel policía jovial nos llevó a un bar que, muy adecuadamente, se llamaba El Monasterio.
Ya había bastante gente a aquella hora. La boca de Garzón, que se había abierto por el pasmo que le había causado la estrechez de las calles, se abrió de nuevo ante la barra del establecimiento.
Alineados en bandejitas como un ejército antiguo a la hora de atacar, se exhibían tal cantidad de pinchos y de tal variedad y aspecto suculento que mi subalterno bajó de los cielos a la madre de su anterior expresión y exclamó:
—¡La madre que me parió!
Era realmente un espectáculo tentador hasta para personas tan poco proclives a la gula como yo.
Pensé que picaríamos lo imprescindible, limitándonos a un tentempié, pero nada de eso, nos sentamos en tres taburetes y sólo había que señalar con el dedo para que una de aquellas delicias te fuera servida sin dilación.
Ni que decir tiene que Garzón señaló más que el dedo de Colón en la estatua barcelonesa.
Yo tampoco me quedé atrás, si bien iba pensando que, como la comida se acompañaba de copitas de vino, saldríamos de allí demasiado tocados como para ir a charlar con Balmaseda.
Al cabo de un buen rato Aspiazu consultó su reloj.
—¡Coño, es tardísimo! Yo me voy. Os dejo que toméis solos el café.
Pagó la cuenta sin que pudiéramos discutírselo y, a paso ligero, desapareció. Miré a mi compañero.
—¿Usted va a tomar café?
—Yo me echaría hasta una siesta.
—Pues olvídese.
Pedí dos cafés bien cargados esperando que eso nos devolviera un poco de lucidez. Una vez apuradas las tazas, salimos de allí. La luz intensa del sol nos deslumbró.
—¿Usted cree que si solicito el traslado a Pamplona me lo concederán?
—¿Y su esposa?
—Mejor que se quede en Barcelona. No me permitiría tanto exceso.
—Está usted hecho para el amor. Dé gracias a que, como soy generosa, no me chivaré.
Las oficinas de Balmaseda eran bastante lujosas.
Tenían varios pisos de altura, sin llegar a ser la torre Trump, aunque se equiparaban a ella en el mal gusto.
Barandillas doradas, mucho cristal, ascensores de puertas enormes, espejos ostentosos...
La recepcionista nos preguntó, por supuesto, si teníamos cita con el gran jefe.
Fue al decirle que no cuando tuvimos que desvelar nuestra condición de policías.
Aquel debía de ser un negocio muy legal, porque la pobre chica puso cara de terror al oírnos.
Obviamente no recibían policías cada dos por tres.
En vez de hablar por el interfono, se levantó, más blanca que un folio, y fue a dar en persona la noticia de nuestra llegada.
Volvió pasados diez buenos minutos y nos indicó el tercer piso como nuestro destino.
Llegamos a una salita donde otra recepcionista trabajaba en su pupitre. Nos mostró un tresillo de piel.
—El señor Balmaseda estaba con una visita cuando han venido, pero enseguida los recibirá. ¿Quieren tomar un café?
—Si no es mucha molestia... —dijo Garzón.
Cuando hubo salido, le susurré:
—Espero que no lo traiga con pastas.
—¡Ay, Petra, no sé! Hambre no, pero le aseguro que tengo un sueño... Me tumbaría aquí mismo a echar una cabezadita.
—Desde que estamos en Pamplona parece que el caso se haya borrado para usted. Le recuerdo que no es el turismo lo que nos ha traído aquí.
—Lleva razón, jefa, lleva razón. Pero ¿a usted no le pasa que cuando cambia de escenario su vida normal parece que ya no existe?
—A mí no me pasa, Fermín. Yo siempre arrastro el saco de piedras conmigo.
Se puso muy serio de pronto. No hubo oportunidad de contestación, en aquel momento aparecieron al unísono la secretaria con los cafés y dos hombres que salían del despacho.
Imaginé que el mayor era Balmaseda, el otro tenía pinta de ejecutivo con ordenador al hombro y todo.
Se produjo un instante de desconcierto. Fue breve, Balmaseda tomó las riendas de la situación.
Despidió a su visitante, nos saludó y se dirigió a su secretaria.
—Traiga los cafés a mi despacho, Elisa, y suba otro para mí.
«Así se comportan los hombres con mando», pensé. Hubiéramos podido cargar nosotros con la bandeja, pero él no lo dudó: «Traiga» y «suba», dos acciones, dos órdenes. Nos sonrió ampliamente.
—Me dicen que son ustedes de la Foral.