Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 20 #2
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—No hay ningún restaurantito cerca de la discoteca.

—¿Vamos a pasarnos toda la tarde tapeando?

—¡Ay, Fermín! Hoy no está usted nada en forma. Quiero preguntar sobre quién es el dueño de ese garito discotequero, sobre el ambiente que hay, qué tipo de fauna lo frecuenta.

—¿Y por qué no me informa de sus intenciones?

—Lleva razón, pero es que pienso, pienso profundamente todo el tiempo y se me olvida comentarle mis pensamientos.

No contestó, y cuando vio que la tasca ofrecía variedades nada desdeñables, no volvió a quejarse de mi falta de comunicación.

De entrada, no me parecía demasiado conveniente decirles a los empleados del bar que éramos policías, mejor ir colando preguntas entre tapa y tapa.

Gracias a ese sistema enseguida nos enteramos de que el local no era un nido de pecado, pero tampoco un centro de rehabilitación moral.

De cualquier modo, tal y como hablaba el joven camarero, resultaba complejo averiguar qué era vicio o virtud para él.

Consideraba normal que en la discoteca circularan tripis, que no se respetaran las horas de cierre y que estallara alguna trifulca de vez en cuando.

—Yo conocí a un portero que trabajaba ahí —dije al desgaire—. A lo mejor tú llegaste a conocerlo también. Se llamaba Francisco Madroño.

—¡Hombre, el Madroñales! Ese era fino de verdad. Tenía una mala leche...

—¿Tuvo problemas en la discoteca?

Esa pregunta alertó al chico, que nos miró de pronto con desconfianza.

—Oigan, ¿no serán policías o algo así? Si quieren llamo al dueño.

—¡No, tío! ¿Tenemos pinta de maderos? —intervino Garzón.

—Pero si quieres llama al dueño, sólo queríamos saber qué ha sido de ese pájaro —añadí.

El dueño de la tasca era un hombre bastante mayor. Tardó bastante en aparecer, de modo que su empleado debía de haberlo puesto en antecedentes sobre nuestra conversación. Así era, enseguida nos preguntó por qué queríamos saber sobre Madroño.

—Pura curiosidad —tenté la suerte mientras pensaba—: Lo conocí aquí en un viaje que hice.

Somos de Servicios Sociales y a este tipo me lo encontré en Barcelona tiempo después.

Iba muy cargado de droga, intentamos ayudarlo en nuestro centro, pero después de unas cuantas sesiones de terapia desapareció.

Siempre me he preguntado qué suerte corrió, aunque me lo imagino.

No tenía ninguna seguridad de si el dueño se había tragado mi historia, pero su experiencia lo impelía a buscar más explicaciones.

—¿Y han venido aquí sólo para preguntar eso?

—Nooo. Vamos de trabajo a Madrid, y hemos ido parando en algunos lugares. Su tasca tiene muy buena pinta y, al ver que estaba al lado de la discoteca...

Definitivamente no había tragado, porque respondió.

—En mi tasca todo es legal y no me acuerdo del hombre por el que preguntan. Mi camarero sí, porque es joven y a veces los jóvenes hablan y se enrollan.

—Sólo una cuestión más. ¿Quién es el propietario de la discoteca?

En ese momento supo muy claramente que éramos policías. Recapacitó un instante y dijo con una media sonrisa.

—Eso sí que es fácil de contestar, lo sabe todo el mundo.

El amo es Fabián Balmaseda, el hijo de don Pedro.

Son suyas todas las discotecas que hay en Navarra.

Es el puto amo, con perdón. Heredó de su padre un montón de locales, pero él abrió muchos más.

Y yo con mi tasquita de mierda, ya ven como hay quien prospera y quien no.

Claro que yo nunca heredé más que deudas.

—Su tasca es estupenda, amigo mío. De hecho, hemos comido muy bien. Tráiganos la cuenta cuando pueda y perdone por el tiempo que le hemos hecho perder.

—Enseguida. El chico les servirá unos chupitos de pacharán a cuenta de la casa. ¿O los de Servicios Sociales son como la poli y no pueden beber cuando van de trabajo?

Soltamos unas estúpidas carcajadas que enmascararan el puñetazo directo de ironía que habíamos recibido. Mientras bebía su pacharán, el subinspector comentó por lo bajo.

—¡Coño con el pamplonica, nos ha calado!

—Con mis preguntas le he dado muchas pistas para que nos cazara, pero no he tenido más remedio si queríamos enterarnos de algo.

Al final, una caca: la información que ha dado sobre el dueño la hubiéramos encontrado en cualquier parte, empezando por nuestros colegas.

Lo único interesante lo ha dicho el camarero...

Madroño tenía muy mal carácter. Y eso tampoco es precisamente una revelación.

—A mí lo único que me preocupa es que corra el rumor de que somos policías.

—No lo hemos admitido en ningún momento.

—¿Hace falta una declaración jurada para que surja y se difunda un rumor? Disculpe, pero ahora la torpe parece usted.

—Lleva razón, Fermín, pero no voy a llorar por eso —repuse echándome al coleto la copa entera de pacharán.

Por la noche hicimos la segunda cosa inútil de la jornada: entrar en la Top Total.

El portero nos miró como si acabáramos de apearnos de una nave espacial, pero nos dejó pasar, claro.

Ya le haríamos preguntas a la salida. Hacía siglos que no estaba en una discoteca.

Era muy diferente a las que recordaba de mi ya lejana juventud.

Para empezar, nadie bailaba, si bien la música sonaba a tal volumen que impedía cualquier diálogo que no se sostuviera a grito pelado.

Los clientes, todos jóvenes, se apiñaban en grupos y bebían cerveza en vasos de plástico.

Bramamos en la barra que queríamos dos cubatas.

Una chica de tetas esplendorosas que desbordaban su camiseta nos los preparó sin decir ni una sola palabra.

Supuse que se trataba de una medida de protección para sus cuerdas vocales.

Le pagamos en el acto, como era prescriptivo, y nos dedicamos a dar vueltas por el local.

La decoración consistía en paredes de hormigón que recordaban muros de fusilamiento.

No había lámparas, ni sofás, ni elementos superfluos.

Las conducciones de agua y electricidad estaban a la vista colgadas del techo.

Si hubiera tenido que describir aquel antro, habría dicho que era un almacén de gente.

Garzón se movía con indiferencia dando tragos a su bebida. Se acercó a mi oído y chilló:

—La ginebra es de garrafón.

—Es el único punto en común con las discotecas de mi época —berreé, pero creo que no llegó a entenderme.

Como la sensación de pertenecer a una comunidad amazónica nunca antes descubierta iba creciendo en mí a medida que los chicos nos miraban, le hice un gesto a mi compañero para que nos largáramos. En la puerta me paré frente al portero.

—¿Tú llegaste a conocer a un portero que se llamaba Madroño? Creo que lo llamaban el Madroñales.

—No —dijo lacónicamente.

—¿Ni siquiera de oídas?

—No.

—Y al propietario, ¿lo conoces?

—¿Al propietario de qué?

—Pues de la discoteca, del Top Total.

—No —respondió volviendo a las andadas de la precisión.

—¿Nunca viene por aquí?

—A lo mejor sí, pero yo no lo sé.

Visto que la fuente de la información era un gota a gota de pura nada con aquel tío, nos fuimos a tomar una copa decente en alguna parte donde no hubiera música y donde la ginebra manara de una botella con etiqueta.

—¿Qué le ha parecido el Top Total? —le pregunté al subinspector incitándolo al éxtasis de la filípica generacional.

—No sé qué pensar. Yo iba a los bailes de la plaza del pueblo y punto. Por lo menos se podía respirar.

—Pues en los míos, del techo de las discotecas colgaban unas esferas enormes con espejitos que daban vueltas. Era bonito, aunque de aire puro, nada de nada. Entonces se permitía fumar.

—¿Ve? Si encima va a resultar que estos vándalos son más civilizados que los jóvenes de antes.