Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 20
60%

20

Al volante íbamos turnándonos. Me di cuenta de que había algo en lo que no echaba de menos a Marcos.

Viajando con él surgían siempre amonestaciones recíprocas sobre nuestra manera de conducir: «Corres demasiado, te has saltado un stop...

». Supongo que se trata de un clásico entre parejas, pero es fastidioso.

Inmediatamente me arrepentí de haber pensado algo semejante.

¿Empezaba a encontrarle defectos a mi marido muerto?

Y si así era, ¿significaba que había idealizado su figura desde que murió?

Los psiquiatras aseguran que no debemos idealizar las situaciones.

Yo no suelo hacerlo jamás, ni hacia el pasado (mi infancia no fue idílica) ni hacia el futuro (las próximas vacaciones serán una delicia).

No lo hago por mi tendencia natural a racionalizarlo todo.

Tal constatación generaba en mí nuevas preguntas: ¿estaba tratando el recuerdo de mi esposo con el mismo rasero que cualquier otra cosa?

¡Qué bien nos han inculcado la culpabilidad a las mujeres!

Garzón, que iba a los mandos en aquel momento, rompió el silencio, muy oportunamente, quizá.

—¿En qué piensa, inspectora?

—Divagaba.

—¿Sobre el caso?

—No, cuestiones personales.

—¿Buenas o malas?

—¿Usted qué cree?

—Que eran malas, por supuesto. Y, sin embargo, debo decirle que de un tiempo a esta parte la encuentro mucho mejor de ánimo.

—¿Y eso es bueno o es malo, Fermín?

—¡Vaya pregunta!

—Pues a esa pregunta es a lo que venía dándole vueltas.

—Nunca la entenderé del todo, Petra. Hay algo en usted que se me escapa.

—Mejor así, cuando creemos comprender a alguien al cien por cien es cuando la cagamos al ochenta por ciento. ¿Le parece si cambiamos de tema?

—Como aún no tengo claro de qué tema estábamos hablando, me parece muy bien.

—Pare en la próxima estación de servicio y nos tomamos un café. Después conduciré yo.

El bar estaba bastante lleno. No era festivo, ni aquella una hora punta, ni la nuestra una ruta especialmente comercial, pero hace tiempo que esos condicionantes no condicionan nada.

Siempre hay gente en todas partes. Todos nos movemos como hormigas enloquecidas cuando olisquean un bicho muerto.

Pedimos dos cafés en la barra y Garzón añadió a la comanda un inevitable bocadillo de jamón.

Mientras él visitaba los lavabos el camarero me sirvió.

—¿El bocadillo es para su padre? —preguntó.

—No es mi padre —respondí y, como vi que se quedaba quieto esperando explicaciones de parentesco con toda desfachatez, añadí—: Es mi hermana menor.

Se encogió de hombros como diciendo: «Après moi, le déluge», aunque en el fondo debía de pensar que yo era una enferma mental y Garzón mi cuidador.

Las dentelladas del subinspector al pan tierno me provocaban agrado y también repulsión. Daba gusto verlo comer con apetito desinhibido, pero pensar que el bocadillo era en aquel momento su único mundo me parecía vulgar, aunque fuera pura envidia.

—¿Ha contactado con la Policía Foral? —pregunté para amargarle un poco el bocado.

—Sí, nos esperan mañana a las nueve de la mañana —respondió entre una diseminación de migajas.

—¡Pero si llegamos esta tarde! Me hubiera gustado hablar con ellos antes de empezar la investigación. ¿Qué vamos a hacer mientras tanto?

—Turismo. Y esta noche, cenar en un buen restaurante.

—Le recuerdo que tenemos los gastos limitados.

—Esta noche la invito yo.

—¿Y no sería mejor que me invitara al final de nuestra estancia para celebrar que haya servido de algo?

—Las celebraciones deberían hacerse antes y no después, por si algo sale mal.

—Buena frase.

—Para que vea que no es usted la única que filosofa.

Pagó la consumición al camarero, que me observaba con sorna, y apuntó la cantidad en nuestra nota de gastos. Me miró brevemente.

—Apunto también el bocadillo porque es una necesidad vital para mí.

—A mí no me dé explicaciones, como si quiere apuntar una botella del mejor champán.

—Si la necesitara, se lo recordaré.

Nuestro alojamiento era un hostal que se encontraba prácticamente en el centro de la ciudad.

Limpio y escueto, nos pareció perfecto para nuestra misión.

Desharíamos la maleta, descansaríamos un poco y luego saldríamos a cenar.

Debo admitir que, aun sin ser consciente, me encontraba muy inmersa en el caso, ya que, cuando vi mi habitación, pensé inmediatamente en una celda monacal.

La imagen me serenó. ¡Qué bueno sería ingresar en un convento!

Paz, estar lejos del mundo, no tomar decisiones, no perseguir ningún objetivo.

Mi alternativa real consistía en recluirme en mi casa, abandonar el trabajo, vivir de mis pequeñas rentas heredadas, de mi menguada pensión.

Pero, en tal caso, en vez de las exigencias de la orden de monjas: rezar, cuidar el huerto, pelar patatas y meditar, me vería obligada a comprarme comida, cocinarla y pensar.

Ya sabía por dónde irían mis pensamientos.

Y beber una cerveza o un whisky de vez en cuando ¿estaría permitido en el convento?

¿Y tumbarme a la bartola para leer un libro cuando me pasara por las narices?

No, mejor seguir en la vida mundanal, en el ruido y la furia, encontrar asesinos, pelear.

Miré el reloj: tenía un buen rato para preparar los planes de la investigación.

No lo hice, un cansancio profundo se apoderó de mí, me desplomé en la cama y me dormí.

El sonido del móvil me despertó. La voz del subinspector sonó clara y pimpante.

—La espero en recepción dentro de diez minutos.

Volví a sentir la vocación de ser monja.

Nada me apetecía menos que comer, charlar y beber el buen vino que sin duda ordenaría Garzón.

Pero si ya es difícil escoger genéricamente la vida que vas a llevar, hacer momento a momento lo que te apetece es misión imposible.

Me sometí a unas someras abluciones, me peiné y cambié de jersey. Lista para una noche de placer.

Aunque cena y bebidas fueron abundantes, al día siguiente me encontraba en perfectas condiciones para iniciar nuestra investigación.

A las nueve en punto estábamos en la única comisaría de la Policía Foral.

Amancio Aspiazu, el comisario con el que habíamos contactado, nos esperaba en su despacho.

Era muy evidente que sentía interés por saber qué andábamos buscando.

Quedó fascinado cuando le contamos nuestro caso y decepcionado cuando se enteró de que lo único que esperábamos de él eran informaciones.

No, Francisco Madroño no estaba fichado, pero tenía algunos partes de incidencias que no habían generado denuncias.

Buscó largamente en el ordenador y por fin aparecieron los partes.

—Este sujeto trabajaba como portero en la discoteca Top Total.

Ya podéis imaginaros qué tipo de incidentes figuran en su cosecha.

Lo de siempre, se propasó en cuestión de violencia con algún joven cliente.

Tres veces, figura aquí. Acudió alguno de nuestros hombres para poner orden, pero ninguno de los chavales denunció.

Tampoco fueron agresiones graves: empujones, algún zarandeo...

En fin, el típico matón de perfil bajo. ¿Queréis que os ayudemos a buscarlo?

—No serviría de nada, está muerto.

—¡Coño! ¿Y sabéis quién ha sido?

—Le disparé yo misma cuando iba a atacarme.

—¡Carajo! —musitó.

Me lanzó una mirada en ráfaga. No se había fijado demasiado en mí, pero ahora le interesaba ver mi cara. Adiviné sin muchas dificultades lo que pasaba por su cabeza: «¿Esta pánfila se ha cargado a un tío? Y lo dice tan fresca, ¡joder!». Tras un instante de silencio, afloró su curiosidad.

—¿Puedes contarme cómo fue la cosa?

Se lo conté abreviando detalles. Reaccionó tal y como esperaba: admiración y reivindicación de la autodefensa de un policía, todos somos parecidos. Pensando que se había terminado su colaboración, se disponía a invitarnos a un café cuando le dije:

—Hay más cosas que queremos saber. Se trata de un atropello culposo: un coche se llevó por delante a un cura y huyó sin prestarle ayuda. Quedó muerto en la calzada.

—No recuerdo haber investigado nada así, y llevo catorce años en el puesto. ¿De qué fechas hablamos, Petra?

—Del Pleistoceno, no menos de veinticinco años.

—¡Cojones, con razón no me acordaba! En esa época todavía no estábamos informatizados. Habrá que buscar el expediente y eso puede tardar un poco.

—Tómate tu tiempo, nos quedaremos unos días por aquí.

—¿Cómo se llamaba el cura?

—Ezquerra.

—Ezquerra qué más.

—No lo sé.

—Pues sería conveniente saberlo. Ezquerra es un apellido muy corriente en Navarra.

—No creo que atropellen a muchos curas, se llamen como se llamen.

—Seguro que no, pero no tenemos los expedientes archivados por profesiones, sino por nombres. ¿Sabes al menos la fecha exacta?

—Me temo que no. Puedo hacer algunas indagaciones sobre el nombre completo.

—Hazlas. Yo, mientras tanto, voy dándole caña a los expedientes. Y alguno de nosotros irá al seminario Bidasoa. Si ellos no lo saben, vamos mal. Veinticinco años son muchos años.

—Depende, a mí cualquiera de esa edad me parece un pipiolo.

—¡Claro, no te jode, como a mí! —soltó entre carcajadas. Luego fuimos a tomar un café.

Garzón había quedado impresionado por la aparición en escena del extinto padre Ezquerra. Naturalmente, esperó a estar solos para comentármelo.

—A ver, Petra, ¿qué pinta el padre Ezquerra en todo esto? Si mal no recuerdo es el cura que mencionó la tía de Santos.

—Sí, y me da en la nariz que puede esclarecer cosas.

—Yo creo más bien que las lía.

—Es usted un hombre de poca fe. Paso por que no tenga fe en la religión, pero que no la tenga en mí...

Hasta que abrieran la discoteca quedaban unas cuantas horas vacías. Muy cerca de la Top Total encontramos una tasca que ofrecía un menú. A Garzón no le gustaba en absoluto, pero yo insistí.

—¡Una tasca, Petra! ¿Por qué no vamos a algún restaurantito, aunque sea económico? Ya sabe que yo soy de comer caliente al mediodía.