Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 19 #2
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Sonia reconoció el cadáver como el de su novio.

Yo no estaba presente, pero me contaron que se desmayó al salir de la morgue.

En ningún momento se me había ocurrido ponerme delante del muerto, me había limitado a ver las fotografías post mortem .

No se me antojó un hombre agraciado. Tampoco su trayectoria lo señalaba como alguien inteligente o carismático.

Sin embargo, aquella chica le profesaba un amor sublime.

Me habría gustado saber por qué. Podía tratarse de un simple «Dios los cría y ellos se juntan»; al parecer Sonia era también huérfana total, utilizando la expresión que ella misma había empleado.

Nadie fue a visitarla. No había parientes y los amigos suelen poner distancia en según qué ocasiones.

Pensé que no faltaban muchos años para que todos fuéramos seres solitarios.

Uno por uno, así se diría que va la sociedad actual.

En cualquier caso, Francisco y Sonia eran dos, se habían unido con un amor de aquí te espero.

Al menos ella, si él le correspondía al cien por cien no lo sabríamos jamás.

Si no era un ciudadano ejemplar le faltaba muy poco. Ni nosotros ni la Policía Foral de Navarra lo teníamos fichado como delincuente, ni habitual ni puntual.

Garzón me acompañó a la cadena de pizzerías donde Sonia nos dijo que trabajaba en Barcelona.

Hablamos con el encargado. Sí, había trabajado con ellos, pero pidió la baja voluntaria.

Las fechas coincidían con las facilitadas por su novia.

Nunca hubo problemas de ninguna clase, cobró el finiquito y se marchó.

Prestó sus servicios en el distrito de Gràcia.

Una vez apuntada la dirección, fuimos para allá.

Hablamos con el responsable, nada que reseñar: hacía lo que tenía que hacer y no había causado dificultades.

Pasamos a una charla con los compañeros.

No lo conocían demasiado, el repartidor es quien comparte menos horas con el equipo.

Sólo una chica observó que «debía de tener mala leche».

Una vez se enfadó con ella porque se equivocó en el nombre de una calle al darle la nota del pedido. Nada más.

—Está claro que los hombres misteriosos siguen siéndolo después de morir —apuntó el subinspector—. No hay mal que cien años dure, pero sobre los misterios el refranero no dice gran cosa.

—¡Cómo que no! Seguro que habrá muchos refranes tirando a horteras de esos que teóricamente siempre llevan razón.

Dadas las circunstancias y las peticiones que nos veíamos obligados a presentarle a Coronas, no había más remedio que plantearle la cuestión a modo de consulta. Si no le dorábamos la píldora, corríamos el riesgo de recibir una negativa nada más comenzar la reunión.

Me encargué personalmente de redactar los informes sobre los últimos acontecimientos de modo que el comisario estuviera al tanto de todas las circunstancias con precisión absoluta.

Contábamos además con la grabación del interrogatorio efectuado a Sonia.

Cuando calculé que había tenido tiempo para empaparse de todos los detalles, pedí una audiencia oficial, a la que, por supuesto, estaba también convocado el subinspector.

Debía de andar muy liado, porque no nos la concedió hasta un día después.

—¡Pasen! —vociferó nuestro jefe, provocando una mirada mutua de incertidumbre. Yo puse los ojos en blanco y Garzón susurró.

—Creo que está de mala hostia, vamos mal.

Tal y como solía, no nos dirigió ni una sola mirada. Sus ojos seguían fijos en la pantalla del ordenador.

—¡Siéntense! —ordenó siempre sin contacto visual.

Nos tuvo cinco minutos en silencio poniendo en práctica una táctica intimidatoria que sin duda había heredado de algún abuelo cabrón. Por fin hizo la pantalla a un lado, se quitó las gafas y nos enfocó.

—Adelante, ustedes dirán. Supongo que quieren verme para pedirme algo, ¿no? Hombres, dinero o munición.

—Hemos venido más bien a pedirle consejo.

—¡Vaya, pues habrá que celebrarlo! Debe de ser la primera vez. La tortilla, sin cebolla, se lo puedo aconsejar.

Me reí discretamente y Garzón me imitó, sonando aún más falso que yo.

—¿Ha leído los informes, comisario?

—Como es mi obligación.

—¿Y qué le parece la situación?

—Pues supongo que lo mismo que a ustedes. Este caso es un berenjenal, lo ha sido desde el principio. Les confesaré que, siguiendo los informes desde el primero hasta el último, a veces he tenido la sensación de que no estábamos investigando un solo caso, sino dos, o incluso tres.

—Es verdad, las cosas se han apartado mucho de un eje central, pero creo que ahora todo confluye en un mismo punto geográfico: Pamplona, lugar donde la víctima nació y pasó bastantes años, y lugar donde Madroño había trabajado. ¿Está de acuerdo conmigo, señor?

—¡Qué quiere que le diga, Petra!, muy convencido no estoy.

Relacionan ustedes al tipo que intentó matarla con esa ciudad basándose en el testimonio de una chica que, por lo que he visto en la grabación, está muy afectada emocionalmente.

Aunque admitámoslo, eso sería lo de menos.

La duda reside en que la tal chica habla de oídas y da crédito absoluto a lo que ese hombre le contó, que pudo ser un montón de mentiras. Para más inri, estaba enamorada de él.

—Pero lo de Pamplona, señor, un hombre al que conocía de esa ciudad y que le ofrece un empleo..., sería mucha casualidad —intervino Garzón.

—Las casualidades existen.

—Pero ¿qué me dice de la discoteca donde el tipo trabajó? Esa existe también.

—¿Lo han comprobado?

—Sí.

—¿Y saben si el tipo trabajó allí de verdad?

Hubo un silencio embarazoso. Tomé la palabra de nuevo y en ella introduje retintín.

—¿Cree que es efectivo preguntarlo por teléfono?

No fue necesario dar más explicaciones, la respuesta del jefe fue: «No». Se imaginó lo que íbamos a pedirle y nos mandó salir de su despacho. Garzón estaba decepcionado, le rogué que esperara un poco. Dos horas después de aquella negativa que parecía categórica, Coronas me llamó a su despacho.

—¿Ha contactado ya con la Policía Foral?

—Iba a hacerlo, comisario, pero como no contaba con su permiso...

—No lo haga todavía. He reflexionado y quizá será más indicado que pidan su ayuda, pero estando ustedes in situ .

Finalmente, el caso es complicado y son ustedes quienes lo han llevado y conocen los entresijos.

Les autorizo a que se desplacen a Pamplona y permanezcan allí un tiempo prudencial.

Me refiero exclusivamente al subinspector Garzón y a usted, ningún refuerzo extra.

Era eso lo que han venido a pedirme hace un rato, ¿me equivoco?

—Usted nunca se equivoca, señor.

—No me haga la pelota o la relevaré del caso.

—A sus órdenes, comisario.

Mi compañero se sorprendió, aunque no demasiado.

Estaba acostumbrado a la manera de reaccionar de nuestro superior, sabía que no le gustaba en absoluto mostrarse condescendiente con los subordinados y que le encantaba hacerse el interesante.

Iríamos a Pamplona, lo cual comportaba muchas incomodidades.

Como el presupuesto policial destinado a viajes de servicio no contemplaba ningún lujo ni ostentación, nos desplazaríamos en coche de alquiler, nos alojaríamos en el hotel más económico de la ciudad, comeríamos un menú en cualquier restaurante cutre y la ingesta de bebidas alcohólicas, si se diera, correría de nuestra cuenta.

Lo que se denomina una tournée de placer.

Al menos tenía intención de cargar sobre Garzón la tarea de ir recopilando todas las facturas acreditativas de nuestros gastos.

El subinspector se despidió de su esposa, Beatriz, y yo, como no tenía a nadie a quien decirle «Hasta pronto», regué las plantas del jardín aun sabiendo que un automatismo se encargaría de eso. Simulé contar con alguien de quien preocuparme, aunque las plantas no se preocuparan por mí.