Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 19
57%

19

Mi empeño dio fruto casi al cien por cien.

Apareció la nota informativa en los principales periódicos y la orden judicial garantizó, levemente a posteriori , la legalidad de las publicaciones.

Lo malo fue el fruto indeseado que había vaticinado el juez.

Adolfo Orozco había pagado su deuda conmigo, pero ahora me tocaba a mí pagar las consecuencias.

Cuando llegué al día siguiente a comisaría, un grupo de periodistas me esperaba en el exterior.

Siguiendo la tradición de su gremio, se precipitaron sobre mí.

El primero me puso innecesariamente al tanto de la situación.

—Inspectora Delicado, sabemos que el caso del jesuita asesinado en La Mina lo lleva personalmente usted. ¿Puede contarnos qué avances han tenido lugar en la investigación?

Mi respuesta no pudo ser más concreta.

—No.

Hubo un murmullo de desaprobación. Otro tomó la palabra a voz en grito.

—¿Por qué? El juez ha levantado el secreto sumarial.

—Les diré por qué no pienso hablar. Cualquier cosa que les diga puede interferir en nuestras pesquisas.

Por otra parte, y para que no se sientan frustrados, les confieso que hay pocos avances en el caso.

Y una advertencia muy seria: no me sigan, no me esperen a la puerta como hoy, no me incordien porque los denunciaré.

—¡No puede hacer eso, tenemos derecho a informar!

—Déjeme acabar la frase: los denunciaré por acoso sexual.

Hubo risotadas, protestas, ululatos... Una chica jovencita berreó.

—¡Pues vaya colaboración con la prensa! Al final, como siempre: búscate la vida porque la policía no piensa ayudar.

—Ayudamos a los ciudadanos.

—Pero los ciudadanos quieren estar informados.

—Y lo estarán cuando resolvamos el caso. Antes, no. ¡Déjennos trabajar!

Me interné en el edificio rodeada de un tumulto. En el fondo era divertido, me sentía como debía de sentirse Madonna en sus buenos tiempos.

Durante los siguientes tres días no sucedió nada extraordinario, pero al cuarto se demostró que mi tour de force no había sido baldío. Domínguez llamó a la puerta de mi despacho. ¡Me había olvidado de él y del café tan amablemente brindado!

—¡Por Dios, Domínguez, le debo una disculpa, aparte de una jarra de café!

—No me debe nada, inspectora. Ya vi que salía a uña de caballo; son cosas del servicio, ya sabemos.

—¡Ni servicio ni cuernos! Le he visto después y no me he disculpado hasta que al entrar ahora se me ha encendido la bombilla. Dígame por lo menos cuánto le debo.

—El café nos lo bebimos entre los colegas, y bien rico que nos supo. Así que agua pasada no mueve molino. Inspectora, he subido a avisarla de que hay una chica en la entrada que pide hablar con usted.

—¿Le ha dado el nombre?

—Sí, dice que se llama Sonia Millás.

Me puse en pie de golpe.

—¡Que no salga! ¡Hay una orden de detención contra ella!

Bajé corriendo como una loca seguida de Domínguez, que casi tropieza conmigo cuando paré en seco.

Allí estaba la tatuadora. Mi temor de que se hubiera arrepentido en el último momento de haber llegado hasta mí no tenía fundamento.

Al verla, lo comprendí. Sentada en un banco, tenía la cabeza gacha, las manos caídas sobre el regazo y los ojos perdidos en el suelo.

Domínguez, aún jadeante por la carrera, fue hacia ella.

—¿La detengo, inspectora?

—Sí. Llévela a la sala de interrogatorios y avise al subinspector Garzón, que se persone en mi despacho inmediatamente.

La chica nos miraba alelada. No se sorprendió ni se apartó cuando Domínguez le puso las esposas. Era una precaución inútil, pero le dejé hacer. Un minuto después, el subinspector entraba como un ciclón.

—¿Qué pasa, Petra?

—Sonia Millás está en la sala de interrogatorios.

—¿Dónde la han cazado?

—Se ha presentado ella voluntariamente.

—¿Y eso?

—No sé nada de nada. Vaya, léale sus derechos, dígale que la estaremos grabando y todo lo demás. Deme un toque cuando haya terminado.

En el fondo, ¿no era aquello lo que deseaba?

Y, sin embargo, en aquel momento no sabía por dónde empezar.

No había pensado ni preparado estrategias o preguntas.

El tiempo apremiaba, debía interrogarla en caliente.

Veríamos en qué derivaba la situación. Saltó una señal de Garzón en el teléfono y acudí.

La actitud de la chica no había variado, laxitud total. Pedí que le quitaran las esposas. Cuando el policía salió, creo que ella me vio por primera vez.

—¿Es verdad que está muerto?

—Intentó asesinar a un policía.

—Seguro que fue sin querer.

Garzón me miró con una mueca de incomprensión. Le hice un gesto para que la dejara hablar.

—¿Era tu pareja, Sonia?

—Sí, lo mejor que me ha pasado en la vida era él.

—Te acompaño en el sentimiento.

—Gracias.

Ese era justo el instante que esperaba y temía, sin duda iba a preguntarme quién le había disparado, pero no lo hizo.

Supuse que ni se le pasaba por las mientes que había sido yo, o simplemente no le importaba.

Su hombre estaba muerto, no quería saber más.

Hablaba con una tristeza infinita, con un hilillo de voz.

—¿Se llamaba de verdad Héctor Lugo?

—No, se llamaba Francisco Madroño.

—¿Qué más? —inquirió Garzón.

—Del segundo apellido no me acuerdo.

—¿Desde cuándo erais novios?

—Desde poco después de que él viniera a vivir a Barcelona.

—¿Y cuándo fue eso?

—Dos años o más.

—¿De dónde venía? —se precipitó a preguntar mi compañero.

—De Pamplona. Había nacido allí, pero no tenía familia, era huérfano.

¿Pamplona? Se me paró el corazón. Al subinspector debió de ocurrirle algo parecido, porque dejó de respirar. Me miraba con ojos enloquecidos. Mi calma no se alteró. Seguí hablando muy despacio, en tono confidencial.

—¿Trabajaba en Pamplona?

—Sí, era portero en una discoteca. Le pagaban muy bien.

—¿Cómo se llamaba la discoteca?

—Top Total.

—Y si le pagaban bien, ¿por qué vino entonces a Barcelona?

—Decía que estaba cansado de Pamplona, que en una ciudad grande hay mejores oportunidades de trabajo.

—¿Encontró trabajo aquí?

—Repartía pizzas. El trabajo no le gustaba mucho, pero yo le decía que estaba bien, que entre los dos teníamos de sobra para vivir y darnos algún capricho. Dejó el trabajo al final, tenía otras aspiraciones.

—¿Hace mucho que lo dejó?

—Más o menos tres meses.

—¿Y desde entonces?

Levantó la cabeza, nos miró. Ahora parecía desesperada.

—Miren, yo no sé lo que pasó, pero desde que habló con aquel hombre manejaba bastante dinero. No quería contarme nada. Lo único que decía era que hacía negocios con un señor de Pamplona que tenía empresas aquí.

—¿Qué señor?

—No sé quién era. Dijo que había venido a verlo un hombre que había conocido en Pamplona para ofrecerle un trabajo muy bueno. Me pedía que no me preocupara por nada, que todo era legal y las cosas nos irían mucho mejor. Dijo que nos casaríamos.

Se echó a llorar desconsoladamente. Esperamos un momento, pero se había bloqueado por completo. Le puse una mano en el hombro.

—Sonia, ¿nos has dicho la verdad?

Asentía entre lágrimas e hipidos.

—Sabes que vas a ser acusada de dar cobijo a un delincuente buscado por la policía. Es posible que el juez también te acuse de complicidad en lo que Francisco estuviera metido. Y tendrás que identificar el cadáver. Sabes todo eso, ¿verdad?

Asintió de nuevo. Regueros de llanto y mocos le bajaban por la cara. Busqué un pañuelo, pero no me quedaban, Garzón tampoco tenía. Le pedí con gestos que fuera en busca de alguno. Cuando salió, Sonia levantó el rostro, que era todo un poema. Hablando a duras penas entendí qué decía.

—A mí ahora me da todo igual, todo. Lo quería mucho y él me trataba como a una reina. No me importa ir a la cárcel. No quiero saber quién lo ha matado. Quiero morirme ahora, ahora mismo.

Aquel interrogatorio inusual desencadenó una serie de acciones inmediatas.

La primera, mi recomendación de que Sonia estuviera sometida a vigilancia por riesgo de suicidio.

Después se impuso la lógica policial: búsqueda de antecedentes penales del mismo hombre con su nombre real: Francisco Madroño, visita a las instalaciones de la empresa de pizzas a domicilio para ratificar la versión de la chica, esperar resultados y, al final, la conversación imprescindible entre mi subalterno y yo.

—Un pasito más —dijo él—. Pero sólo un pasito, ¿eh?

No vaya a ser que nos malacostumbremos y vayamos de corrido.

Muerto el anterior, volvemos a enfrentarnos a otro hombre misterioso que visitó al primer hombre misterioso.

¡Cojonudo! Muy en serio le digo, Petra, que, si la recua de hombres misteriosos se acaba alguna vez, pediré la jubilación al día siguiente.

—¿Lo dice de corazón?

—¡Y de hígado!

—Pues no debería desanimarse tanto. Por fin tenemos un vínculo entre el asesinato del hermano Lorenzo y nuestras últimas pesquisas: ¡Pamplona! Viajaremos a Pamplona y, aparte de encierros, toros embravecidos y masas alcoholizadas, ¿sabe qué encontraremos?

—¿Al asesino?

—Eso es posible, pero hay algo más seguro: encontraremos una fastuosa gastronomía y un vino digno de los dioses. Debería estar contento.

Agitó la cabeza y resopló.

—Desde luego, inspectora, el día en que no logre sorprenderme será porque estoy muerto.

—No descarte que la muerta sea yo para que la sorpresa resulte más emotiva.

Con notable retraso llegó la autopsia del tipo, que no reveló nada especial.

Sus órganos se encontraban en el estado que correspondía a su edad y constitución física.

«Tampoco es que puedan exhibirse en una exposición», comentó el forense en un detalle de humor macabro.

No surgieron restos de droga en la analítica, pero había nicotina en los pulmones.

Bueno, al menos era fumador; empezaba a pensar que me había cargado a un ciudadano modélico.