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—Justamente de esa entrevista quería hablarle.
—¿No le ha complacido el resultado de la conversación?
—Con todos los respetos le confesaré que no me ha gustado ni pizca, señoría. La respuesta que le ha dado al subinspector, ¿puede decirme qué significa exactamente?
—Pues que tengo que pensar muy mucho el levantar el secreto de un sumario para volver a decretarlo casi inmediatamente después. Los jueces tenemos un prestigio dentro de la profesión y créame, hacer ese tipo de maniobras no beneficiaría al mío en absoluto.
—Se trata de un asunto muy importante. Quiero que aparezca en los periódicos el nombre del sospechoso sobre el que tuve que disparar.
—Según su informe, ese nombre es falso casi con toda seguridad.
—Sí, no me retracto del dato. Sin embargo, puede ser un alias, una especie de apodo familiar, incluso un nombre auténtico.
—¿Y para qué necesita ese comunicado de prensa?
—Señoría, ya sabe que nadie reclama el cadáver, que no contamos ni siquiera con indicios sobre su identidad.
Quizá tenemos al culpable del asesinato del hermano Lorenzo, pero estamos varados, no podemos avanzar.
Necesitamos que aparezcan más noticias, esta vez con su nombre.
Sólo se publicó un breve cuando se produjo su muerte.
Hay una chica en busca y captura que debe de estar relacionada con él.
Además, es muy posible que alguien sea capaz de identificarlo y no se haya enterado: un familiar, un amigo...
Nadie surge de la nada, vive unos años y desaparece en el aire.
—Por desgracia, más gente de la que usted piensa.
En cualquier caso, inspectora, voy a hablarle con sinceridad.
No es únicamente mi prestigio lo que me inclina a ser prudente.
No soy tan vanidoso ni vivo tanto de la opinión ajena.
¿De verdad cree que, desde que dura la investigación, no he recibido presiones de la Iglesia?
Me quedé de una pieza.
—¿Presiones?, ¿en qué sentido?
—Para que sea discreto, para que sea cauteloso, para que sea rápido en la instrucción del caso.
—¿Rápido?
—Incluso han llegado a insinuarme que no vaya más allá de lo razonable forzando la instrucción hasta el extremo.
—O sea, si hay demasiado empeño en buscar al asesino, mejor que siga libre.
—Podría entenderse así, aunque nunca aceptarían haber ni siquiera sugerido una interpretación semejante.
—Pero decir presiones de la Iglesia tiene un sentido demasiado amplio, juez. Dígame quién le ha presionado exactamente.
—No le aportará demasiado saber nombres.
Y no se trató nunca de presiones que pudieran ser denunciables, sólo hubo indirectas, frases sueltas...
, ya sabe, Jesucristo hablaba en parábolas.
Además, no he sido el único objetivo, también algunos altos cargos policiales estuvieron en conversaciones...
, digamos, parabólicas. Lo que pasa es que el comisario Coronas los ha mantenido muy preservados todo este tiempo a su compañero y a usted. Es un gran policía.
—Sí que lo es. ¿Puedo hacerle una pregunta impertinente sin que se ofenda?
Se echó a reír cabeceando como si no pudiera creer lo que oía.
—Adelante, inspectora, adelante. Mientras no recurra al insulto directo... Pero me imagino por dónde va su impertinencia. Está dispuesta a preguntarme si soy reacio a levantar el secreto sumarial por temor a la reacción eclesiástica. ¿Es eso?
Bajé la vista, aquel juez era listo como un águila. Tuve la tentación de sincerarme, de contarle que sin su permiso y con un par de bemoles ya había puesto en marcha la maquinaria periodística. Sin embargo, me dije: «Aguanta, Petra, aguanta un poco más que al final se ablandará».
—¿Sabe qué le digo, inspectora Delicado? Estoy cansado de presiones, de ahora en adelante no pienso tolerar ni una más, y como no sería justo empezar por usted, porque usted también está presionándome, no lo olvide, voy a levantar ese secreto sumarial. Que salga el sol por Antequera.
—Gracias, señoría, gracias.
—No se precipite en los agradecimientos.
Lo que no tengo la más mínima intención de hacer es volver a decretarlo un día después.
Tendrá usted que bregar con la siempre desagradable curiosidad periodística.
Y debo advertirle algo: no es la investigación del asesinato del hermano Lorenzo lo que más les interesará.
—Ya sé —lo interrumpí para demostrar que no sólo él tenía la intuición bien engrasada—. Lo que querrán saber es quién disparó sobre el sospechoso y por qué.
—Usted lo ha dicho, no yo.
—No se preocupe por eso, me apañaré. Confíe en mí.
—Mi confianza en usted es ciega.
—¿Como la justicia?
—Ni más ni menos.
Salí de allí pensando que el ciego había sido el propio juez.
Esperaba que no echara cuentas y dedujera que la información en los periódicos debía de ser por fuerza anterior a su nuevo dictamen.
Suspiré con alivio. Creer en la suerte siempre me había parecido prueba de incultura y frivolidad.
Pero suerte, chamba, fortuna o carambola, lo que quiera que fuera, me había sonreído por una vez.