Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 18 #2
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Garzón me informó de los pequeños avances que se habían producido mientras yo estaba en el dique seco. Eran tan pequeños que llamarlos avances resultaba exagerado. Orden de detención para Sandra Millás. Sin pistas sobre ella. Poco más sobre el muerto.

—Como el hombre no llevaba encima ninguna identificación, se ha completado el protocolo a toda velocidad: huellas, fotografías del cadáver, búsqueda en nuestros archivos policiales, en los de la Guardia Civil y la policía autonómica. Nada de nada. Este tío no estaba fichado.

—¿Han reclamado el cuerpo?

—No, de momento nadie se ha interesado por él.

—¿Ha consultado las denuncias de personas desaparecidas?

—Lo hice hace un rato, pero aún no he recibido contestación.

—Hay que mover las aguas, Fermín. ¿Han aparecido más informaciones sobre el suceso?

—No, como el juez ha decretado secreto sumarial...

—Vaya a entrevistarse con él, dígale que necesitamos que se publique alguna noticia más.

—Pero, inspectora, eso abrirá la veda, y se nos van a echar encima todos los plumillas del país.

—Pues que quite el secreto y luego lo vuelva a imponer, ¡qué sé yo! Alguna solución habrá. Hable con él y le cuenta la gravedad de la situación. Seguro que lo convence.

Se fue remoloneando un poco, no le gustaban nada las conversaciones oficiales, pero no intenté contentarlo con buenas palabras, tenía otras cosas que hacer.

Ir unos pasos por delante del juez era una burrada legal, pero proporcionaría ganancias en tiempo y tranquilidad.

Al final nunca pasaba nada, los jueces instructores detestan las complicaciones que no pueden controlar y te firman cualquier cosa que no sea flagrantemente ilegal o que llegue a saberse después.

Llamé a mi contacto con la prensa. Como dicen los mafiosos: me debía algunos favores.

Adolfo Orozco era cronista de sucesos en un importante diario, aunque lo más importante para mí residía en su calidad de presidente de una especie de asociación de periodistas especializados en crónica negra.

Dicho de otro modo: conocía a todo dios y era influyente en la profesión.

Me caía bien porque no escribía de cualquier manera, sino siendo fiel a las normas gramaticales y no excediéndose en detalles escabrosos.

—¡La gran Petra Delicado! ¿A qué debo semejante honor?

—A que necesito tu ayuda, Orozco. Si no, seguirías sin saber de mí.

—Siempre dulce como la miel —dijo riendo entre dientes.

—Te has enterado de que la policía ha abatido a un atacante, ¿no?

—Lo leí por ahí, pero daban tan poca información que ni me sumé al cotarro. Cuando el juez dé permiso para entrar a saco, ahí estaré yo.

—El juez está a punto de darlo.

—Si estuvieras pensando en ofrecerme la exclusiva te preguntaría: ¿a cambio de qué?

—El que corre demasiado suele estamparse.

Lo que quiero de ti son varias cosas. Una: que difundas una información en la que se dará como seguro un nombre.

Dos: que lo hagas un poquito antes de que el juez firme la orden.

Y tres: que influyas en todos tus amigos periodistas para que hagan lo mismo que tú.

—¡Joder, Petra, hoy vas fuerte, ¿eh?! Y todo eso, ¿para qué?

—Para una investigación que llevo entre manos. ¿Puedes hacerlo sí o no?

—Podría, pero lo del juez me mosquea. Sabes que es fácil cargársela por publicar algo si no se levanta el secreto sumarial. Y convencer a los colegas con semejante dificultad...

—Tú tienes recursos e influencia, y puedo asegurarte que la orden judicial llegará.

—¿Y qué obtengo yo a cambio?

—Lo que ya obtuviste por adelantado. Y que me calle otras cosas que también sé.

—Está muy feo recordarle a alguien los favores que le has hecho.

— Quid pro quo . Quédate con la versión latina, que es más aparente.

—Veré lo que puedo hacer.

—Pero cuanto antes, mejor, Orozco.

—¿Y el nombre?

—Héctor Lugo. No tienes más que repetir la noticia de que un policía lo abatió, pero incluyendo el nombre del delincuente abatido. Puedes añadir que llevaba un tatuaje poco común en el cuello.

—¿Y el del policía que se lo cargó? Porque fuiste tú, ¿verdad, Petra? Algo he oído por ahí.

—No lo recuerdo. Últimamente me he cepillado a tanta gente que ya no llevo al día la contabilidad.

Volví a oírlo reír entre dientes.

—Genio y figura, inspectora Delicado, genio y figura. Pero si no me dejas poner tu nombre en la autoría, no hay trato. De lo contrario, será una mierda de información.

—No tengo inconveniente, más emociones para el populacho al enterarse de que la autoría es de una mujer. Triunfarás con esa noticia.

—Eso es justo lo que he pensado.

Esperé la llegada de Garzón bebiendo café como una desesperada. Tantas veces me acerqué a la máquina expendedora que Domínguez, el policía de la entrada, se ofreció para ir hasta el bar y traerme una jarrita llena.

—No se moleste, así hago ejercicio.

—Pero es que este café no hace nada de efecto, con lo aguado que está. A mí no me cuesta nada, vuelvo en un periquete y se lo traigo calentito.

—Está bien, acepto su amabilidad. Ahora bajo dinero para pagarle.

—No hace falta, se lo llevo a su despacho. Luego me lo pagará.

Salió a la calle más contento que unas pascuas.

¿Se mostraba amable conmigo porque me había quedado viuda o era esa su manera de ser?

Nunca más volvería a plantearme una pregunta semejante, era una duda mezquina que no lograba más que enfangarme al convertir mi dolor en un lodazal de inseguridad.

Hay gente muy amable en el mundo y no siempre actúa por piedad.

No tuve tiempo de subir a mi despacho, por la misma puerta por la que había salido el policía, vi entrar al subinspector Garzón. Le hice un placaje de rugby.

—¡Cuánto ha tardado, Fermín!

—Tuve que esperar hasta que el juez me recibió.

—¿Todo ha ido bien?

—Sí.

—¿Trae la orden?

—Ha dicho que se lo pensará.

—¡¡¿Ha dicho qué?!!

—No creo que ponga dificultades.

—Présteme veinte euros.

—¿Cómo?

—¡Vamos, dese prisa!

Sacó un billete de su bolsillo, me lo tendió sin entender nada.

No tenía tiempo de subir al despacho para recuperar mi bolso.

Enfilé la calle como una exhalación, tuve que correr para darle el alto a un taxi que pasaba.

Una vez dentro, comprobé que dejaba a dos hombres con la boca abierta de asombro, ambos ocupando el vano de una puerta.

Garzón, la de la comisaría. En la de La Jarra de Oro estaba el pobre Domínguez, que volvía con la jarrita de café.

El juez Jacinto Riaza frisaba los sesenta años.

Como había quedado bien claro con su actitud durante lo que llevaba de instrucción del caso, era bastante discreto y considerablemente paciente.

No tuve que esperar demasiado para que me recibiera.

Me miró de arriba abajo aparentando no reconocerme.

Era el preámbulo para un saludo con sorna.

—¡Dichosos los ojos, inspectora Delicado! ¿Ya no manda usted a sus subalternos para tratar conmigo? Hace bien poco ha estado aquí su ayudante.