Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 18
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Se montó el follón, claro. No podía ser de otra manera, siempre sucede cuando uno de nosotros dispara y acierta de pleno.

Coronas no estaba contento, el juez Riaza no estaba contento, yo no estaba contenta y el muerto mucho menos que ninguno de nosotros.

La historia saltó a algunos periódicos sin dar nombres.

No los tenían. Era una investigación en curso y la policía no facilitó datos.

Secreto sumarial. Empezaron las declaraciones internas.

La principal fue la del único testigo. Por fortuna no se trataba de un compañero, sino de un ciudadano de a pie.

Las dudas sobre un abuso del arma reglamentaria no podían centrarse en connivencia policial.

Julio Escámez no pudo ser más claro y tajante en su narración de los hechos que había presenciado.

Aquel hombre se había abalanzado sobre mí armado con un cuchillo y con la innegable intención de agredirme.

La corta distancia y la rapidez del ataque me habían impedido realizar cualquier maniobra física para repelerlo, tampoco tuve la alternativa de apuntarle a las piernas o a un punto de su cuerpo que no interesara órganos vitales.

Dicho de modo más fácil: lo tenía prácticamente encima y el disparo cercano le impactó necesariamente en el corazón.

El primer capítulo estaba prácticamente zanjado.

El segundo fue más duro de pelar: mi propia declaración.

La pregunta que temía estalló sin tardanza: ¿quién era Julio Escámez?

La deflagración inicial vino seguida de otras tantas que estallaban como bombas en mis narices: «El testigo y yo, ¿teníamos una relación sentimental?

», «¿Psicólogo, era psicólogo?», «¿Acaso yo estaba en tratamiento con él?

, ¿Qué vínculos nos unían?», «¿Grupos de ayuda en el duelo?

». Salió a relucir mi reciente viudez y tuve que explicar en qué demonio consisten los grupos aludidos.

No, mi asistencia a las sesiones había sido esporádica y conocía poco o nada al psicólogo.

De hecho, acababa de enterarme de cuál era su apellido.

Entonces, ¿qué hacía esperándome a las puertas de mi casa pasada la medianoche?

Tuve el impulso inmediato de responder: «Eso mismo me pregunto yo», pero la situación no entraba en el apartado de bromas e ironías, de modo que contesté comme il faut : «El señor Escámez es un profesional muy puntilloso que se preocupa por el bienestar de las personas que acuden a su grupo.

Como yo había asistido pocas veces y le había anunciado que lo abandonaría definitivamente porque no constituía una ayuda real para mí, quería cerciorarse de que mi estado mental era satisfactorio y me había visitado en un par de ocasiones».

«Sí, tiene mi número de teléfono, pero es partidario del contacto cara a cara.

» Temía como al diablo la cuestión que, lógicamente, me fue planteada un instante después.

Sólo en aquel momento perdí un poco la compostura al reaccionar.

«Sí, ya sé que presentarse a medianoche en casa de alguien que no conoces para saber qué tal se encuentra no es algo habitual, pero eso deben preguntárselo al señor Escámez, no a mí.

La mente de los psicólogos no siempre es fácil de entender.

Personalmente creo que lo hacía así por miedo a que lo enviara al cuerno si me llamaba.

Estaba un poco harta de tanta preocupación por su parte.

Soy adulta y sé cómo gestionar mi estado emocional. »

Si el interrogatorio hubiera acabado en ese punto, todo habría ido bien. Como supe después, a Julio le habían planteado las mismas cuestiones y su versión coincidió detalle a detalle con la mía, incluidos los temores de que lo mandara al cuerno. Pero en la última pregunta la cagué.

—¿Tiene idea de qué era lo que al señor Escámez le inquietaba tanto con respecto a usted?

—Sí, que me suicidara.

¡Siniestra cagada, válganme los cielos! Aquella simple frase aseverativa prolongó el problema y lo complicó.

Una policía tan emocionalmente afectada como para que un psicólogo diplomado temiera por la posibilidad de que cometiera suicidio quizá no estaba en condiciones de tomar una decisión acertada al disparar sobre un sospechoso.

Me indigné. En efecto, ya se sabe, las viudas dolientes vamos por ahí pegando tiros al primer desgraciado que se nos cruza.

La indignación fue interior, pero si la hubiera manifestado de algún modo, poco habría cambiado.

Las tomas de declaración se extendieron a compañeros de comisaría que debían considerar si mi estado mental era apto para el servicio.

¿Me habían visto deprimida, nerviosa? ¿Mi comportamiento era extraño o sufría variaciones inesperadas?

Testificaron el Nene, los polis de la entrada, los de oficinas y los especialistas con los que había tenido relación en los últimos meses.

Todos afirmaron que me veían perfectamente normal.

Garzón dijo que me encontraba alegre y frondosa como una mata de claveles, y puso el remate positivo el propio comisario Coronas, de cuyas apreciaciones no tuve noticia concreta, simplemente que había declarado a mi favor.

Sólo se me ocurre un calificativo para aquel dislate: humillante.

Me sentí como la última de las obreras de un panal.

Exhibida a la mirada pública y juzgada como una réproba, justo como si hubieran lanzado sobre mí no la primera piedra, sino la cantera completa.

Sólo una cosa me consolaba de tamaña aflicción: todos los colegas habían intentado salvarme de la quema, nadie había contado que durante los últimos tiempos mi humor era jupiterino y las variaciones de este sufrían más oscilaciones que la bolsa en tiempo de crisis.

Tomé buena nota. Había dos explicaciones para una complicidad tan perfecta: o derivaba del puro corporativismo o realmente mi persona contaba con el aprecio de mis compañeros.

Por una vez en la vida me incliné por la segunda.

Estaba jodida en profundidad, echar leña al fuego habría sido estúpido y mi casilla de estupideces se encontraba repleta.

Con todas estas movidas habían pasado veinticuatro preciosas horas. Garzón seguía en el caso, pero yo esperaba que me relevaran al día siguiente, en cuanto pusiera un pie en comisaría. Llegué pronto por la mañana y mis augurios agoreros parecían tener prisa por hacerse realidad.

—El comisario la espera en su despacho, inspectora —me dijeron en la entrada.

Mucho había madrugado el jefe. ¿Tantas ganas me tenía o en el fondo consideraba un mal trago el deber de anunciarme la noticia?

Esperaba que no me soltara un discursito, el cual no tendría más remedio que tragarme, y mucho menos una bronca, ante la cual pensaba saltar.

Me daba igual si me relevaban del servicio.

Broncas, ni una. Mi espíritu de sacrificio tenía un límite, ampliamente sobrepasado ya. El inicio fue apoteósico.

—¡Estoy hasta las pelotas, Petra, hasta las mismísimas pelotas! —soltó nada más verme. Lo interrumpí al instante.

—Comisario, le ruego que...

—Ruégueme lo que le dé la gana, pero déjeme acabar.

Le decía que estoy hasta las pelotas de que a un policía que está cumpliendo con su obligación se lo ponga en entredicho por utilizar el arma en legítima defensa.

¡Ya está bien! ¿Para qué vamos armados, para quedar bien?

¿Y nuestra pistola qué es, un simple atrezo?

¡Basta de mariconadas! Si a un forajido no se le puede disparar cuando está a punto de matarnos, ¿qué hacemos, regenerarlo in extremis ?

Quiero que sepa que he llegado hasta el propio ministro del Interior.

Me he dado mucha prisa, fruto de la indignación.

¿Y sabe lo insólito del caso? ¡Me ha dado la razón!

Dictamine lo que dictamine la comisión, usted va a seguir en el caso que estaba llevando con idéntico mando y responsabilidad.

Además, yo no me preocuparía demasiado por la comisión, está de nuestro lado.

En esta historia no hay nada que rascar que pueda perjudicarla.

El asombro me impedía cualquier reacción.

—Petra, ¿me ha entendido?

—Sí, claro. Entonces, ¿sigo en el caso?

—Ya está tardando mucho en reemprender la investigación.

—Le doy las gracias, señor.

—No me las dé. El fondo del asunto va más allá de usted y de su incidente. Puede marcharse.

Me levanté y fui hacia la puerta con las pisadas de una zombi. Justo antes de salir, di media vuelta y dije.

—Señor, me ha encantado lo del forajido. Hacía tiempo que no oía esa palabra.

—¡Lárguese! —ordenó, y vi cómo estaba haciendo esfuerzos para no reír.

Un segundo después de estar sentada frente a mi mesa, entró el subinspector. Traía la expresión más curiosa que le había observado jamás. Fluctuaba entre el miedo, la compasión, el deseo de disimular y un desconcierto genuino.

—Buenos días, Petra.

—Buenos días, Fermín.

—¿Cómo va todo?

—Eso debería preguntárselo yo a usted.

—No la entiendo.

—¿Se ha sabido algo de la identidad del muerto, le han tomado las huellas, alguien ha reclamado el cadáver?

—¿Eso significa que...?

—Eso significa que, si después de todo este cristo no resolvemos el caso, ya podemos ir pensando en cuál será nuestra próxima ocupación.

—¡Me pido entrar de cura! ¿Y usted?

—Monja de la caridad, aunque mucho me temo que sea un poco tarde para los dos.

Por una parte, estaba contenta. Por otra, aterrorizada.

Cuando alguien deposita en ti un plus de confianza, está cargándote de una enorme responsabilidad, y ya se sabe que la responsabilidad a veces actúa sobre ciertos individuos como un pedrusco colgado del cuello que les impide moverse con libertad.

Procuraría no formar parte de ese colectivo.