17 #2
—¿Usted sabe a quién le pagaba el alquiler su vecina?
—Sí, claro que lo sé. Todos los vecinos se lo pagamos al dueño del inmueble.
No tenemos contrato. Le damos el dinero en mano, contante y sonante.
Me imagino que lo hace así por los impuestos, ¿verdad?
Pero nadie lo denuncia, claro. Aquí viven muchos extranjeros que no tienen papeles y, además, sólo nos cobra quinientos euros.
A ver en qué otro sitio vas a encontrar algo más económico.
—¿Cómo se llama usted, señora?
—¿Yo? Mari Puri.
—Escúcheme bien, Mari Puri. Vendrán compañeros nuestros y levantarán atestado de lo que ha sucedido hace un rato. Usted les cuenta la historia de los gritos y les dice que nos llamó.
—¿Y cómo iba yo a tener su teléfono?
—Buena pregunta —intervino el subinspector, de pésimo talante.
—Como ya hemos estado aquí puede responder que le dimos el número la vez anterior por si veía algo sospechoso.
Sonrió con malicia.
—¡Qué lista es usted, Petra! No me extraña nada que sea usted quien manda. —Miró a Garzón con un poco de desprecio.
—Muy bien. Aquí tiene mi teléfono. Si esa chica volviera o notara algún movimiento extraño...
—La llamaré enseguida. Voy a pasarme el día de guardia delante de la mirilla.
—No creo que sea necesario. Haga su vida normal.
—Mi vida normal es muy aburrida y triste, inspectora. Ya no sirvo para nada ni para nadie.
—Pues a nosotros nos ha servido para mucho. No puedo contarle más, pero le diré que estamos llevando un asunto de máxima importancia y su colaboración está siendo decisiva.
—¿De verdad?
—Se lo aseguro. Le damos las gracias de corazón. Es usted una mujer muy inteligente.
La cara llena de arrugas se iluminó. Hizo un gesto para indicar que mis palabras le parecían excesivas. Luego me preguntó:
—¿No volveré a verla, Petra?
—Por supuesto que me verá. Cuando resolvamos el caso la avisaré y vendré a buscarla. Nos iremos a comer juntas al mejor restaurante de Barcelona.
—Se olvidará.
—Puede apostar a que no.
—Estupendo, yo las piernas las tengo fatal, pero el estómago lo conservo a prueba de bomba, así que despacito llego a donde haga falta.
—Quedamos citadas desde ahora mismo.
Ya en la calle, mi subalterno dijo con ironía:
—Santa Petra la bandolera. Se salta las reglas y rompe puertas, pero es generosa con el débil. Igualita que Luis Candelas.
—San Fermín el gruñón. Si no toca los cojones, no está contento —contesté, y emprendimos el regreso hacia el coche, que nos llevaría a comisaría pisando a tope el acelerador.
Se emitió una orden de búsqueda y captura a nombre de Sonia Millás.
Mandamos una patrulla de la Científica para que hiciera un registro minucioso del apartamento que habíamos asaltado.
Pregunté por el resultado de las pesquisas sobre el teléfono de Héctor Lugo.
Todas negativas. Ninguna compañía tenía abonados con ese nombre y el número era inventado.
Faltaba un asunto peliagudo: el informe para el comisario y el juez.
Pensé que, si quería continuar viva, era preferible no encargárselo a Garzón.
Obligarlo a contravenir las normas parecía suficiente, añadir que contara mentiras por escrito se acercaba al abuso de poder.
Me preparé para emplear un buen rato en ser yo la falsaria.
La coartada inventada por Mari Puri era perfecta.
Una vieja señora pobre y desvalida que vive sola en un apartamento miserable puede suscitar dos reacciones.
La piedad: «¡Pobre mujer, en esas condiciones de soledad es normal que creyera oír gritos!
» o la crueldad: «¡Joder la que ha liado esa vieja loca, seguro que se inventó lo de los gritos para llamar la atención!
». En cualquiera de los dos casos nadie sospecharía la verdad: aquella vieja señora tenía una mente lógica y despierta que, de haber nacido más tarde, igual le hubiera servido para ser policía que para dedicarse al delito.
Pasé largas horas frente al ordenador a pesar de una resaca incipiente.
Procuraba estar atenta a todos los detalles técnicos y ambientales del informe, pero la cabeza se me iba cada dos por tres a otro lugar.
Como no habíamos llevado a cabo nuestra sesión habitual de hipótesis mano a mano con Garzón, las cavilaciones me asediaban en solitario.
Parecía deducible de lo ocurrido que Sonia estaba implicada de algún modo en el asesinato del hermano Lorenzo, pero el mero hecho de plantear semejante posibilidad parecía descabellado, ilógico, un absurdo total.
¿Qué relación podía existir entre una tatuadora ilegal y un jesuita que sembraba el bien entre jóvenes descarriados?
¿Estaban liados? ¿Él la informó de que no pensaba colgar los hábitos por su amor y ella se lo cargó?
Y en cuanto al hombre misterioso, ¿qué pintaba en aquel berenjenal?
Si habíamos llegado hasta Sonia había sido buscándolo a él.
Y el anónimo que depositó Jorge Donoso en la parroquia, ¿tenía algo que ver en aquel entuerto?
En medio de mi tormenta cerebral vi el bigote del subinspector en la puerta.
—Me largo a casa, inspectora. Estoy hecho migas. ¿Usted se queda?
—Sólo un ratito más. Este informe se las trae.
—¡No hace falta que lo jure! Debe de estar inventándose más historias que don Benito Pérez Galdós.
—Es posible. En cualquier caso, inventar no es tan malo. Nunca se sabe dónde está la verdad.
—Amén y hasta mañana.
Mi nuevo estado de viuda dolorosa llevaba camino de convertirse en permanente.
Sin embargo, no todos los aspectos eran negativos en él.
Estaba experimentando justo en aquel momento uno de los positivos.
Me cansaba menos. Garzón había tirado la toalla, mientras que yo continuaba en plena forma a pesar del estrés y la ingesta de alcohol.
Ciertamente el subinspector tenía más años que yo, pero, por regla general, aguantaba como un jabato.
Él solía atribuirlo a las virtudes implícitas en los individuos de su generación.
Pobreza y educación severa habían hecho de los sesentones españoles una especie de ejército resistente muy duro de pelar.
Cuando exponía semejante axioma, no se privaba nunca de las comparaciones: los de mi generación éramos, según sus apreciaciones, gente que había podido disfrutar de mayor fortuna, estudios, cultura y modernidad.
Al principio eso estaba muy bien, pero, pasado el tiempo, nos habíamos vuelto acomodaticios, amantes del lujo innecesario y la sofisticación.
Eso equivalía, según su versión, a retroceder en fortaleza física y mental.
Puede que llevara razón y que estar jodido te capacitara para resistir.
¿Ese era mi caso? Quizá; de cualquier manera, seguí trabajando hasta acabar el maldito informe, y cuando miré el reloj me sorprendió que ya fuera medianoche.
Hora de regresar a mi casa vacía. Salí de comisaría, subí al coche y, mientras conducía, hice algo insólito en mí: no pensar.
Comprobé con fastidio que, al ser más tarde de lo habitual, los sitios de aparcamiento cercanos a mi puerta estaban ocupados.
Daba igual, caminar unos metros me iría bien, y cuando al llegar me tomara varias aspirinas estaría lista para un sueño reparador.
Me faltaba muy poco para alcanzar mi destino cuando un hombre salió de un coche y vino hacia mí.
Tardé segundos en reconocerlo, pero la amplia sonrisa que exhibía disipó cualquier duda.
¡Julio, el psicólogo de los cojones! ¿A las doce y media de la madrugada?
¡Pero ¿qué coño hacía allí?! Aún no había elaborado ni el primer improperio de la lista que pensaba soltarle cuando de pronto su expresión cambió.
La sonrisa se volvió una mueca de espanto, empezó a correr hacia mí. Chilló a pleno pulmón.
—¡¡Cuidado, Petra, cuidado, detrás, detrás de ti!!
Al volverme vi a un tipo que corría también para alcanzarme. Empuñaba un cuchillo brillante en el aire. Tiempo justo para reaccionar. Saqué mi pistola y le disparé. La precipitación me impidió apuntarle a las piernas y el tiro le dio de lleno en el pecho. Se desplomó al instante, casi a mis pies.
No lograba entender nada, ni lo que pretendía hacer aquel tipo ni lo que había hecho yo. El psicólogo balbucía: «¡Dios, Dios!». Me abrazó, luego me separó de su cuerpo y dijo con voz alterada:
—¡Iba a matarte, lo he visto, iba a por ti!
Me incliné sobre el atacante, le puse los dedos en la garganta.
Estaba muerto. Antes de fijarme en su cara, llamé a la policía.
Sólo después me enfrenté a unos rasgos faciales que empezaban a perder expresión.
No lo había visto en la vida. Le separé el cuello de la camisa y allí estaba el extraño tatuaje de Sonia Millás, rojo y azul.
Hice varios primeros planos con mi móvil.
Al levantarme recordé que no estaba sola.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó Julio.
—Todo lo bien que uno puede estar después de haberse cargado a un hombre —respondí.
—¡Pero iba a matarte! Lo vi sacar el cuchillo y prepararse para saltar sobre ti.
—Supongo que te debo la vida.
—¡Sólo tuve tiempo de gritar!
—Un grito muy oportuno. Lo demás lo hice yo.
Mi salvador permaneció en el lugar hasta que llegó toda la comitiva policial. Cuando se iniciaron las maniobras y comparecieron juez y forense, me dirigí a él.
—Ya puedes marcharte. El juez te llamará en su momento para tomarte declaración.
—Bien, me voy. Ya sabes, cualquier cosa que necesites...
—Sí, ya sé.
Hizo varios gestos de asentimiento y empezó a caminar. En ese momento lo llamé.
—¡Julio! Te doy las gracias.
Se encogió de hombros y volvió a su coche, el mismo del que había salido momentos antes con una sonrisa cordial. Empecé a advertir lo que había sucedido en los últimos instantes. «He matado a un hombre», pensé. Estuve segura de que aquel pensamiento me perseguiría durante mucho tiempo.