Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 17
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El tal Héctor Lugo no tenía por tal nombre antecedentes penales ni ficha policial por detención.

Una voz impersonal nos informó de que el teléfono facilitado por la tatuadora no pertenecía a ningún abonado.

Héctor Lugo era quizá el hombre misterioso, pero su misterio seguía vigente para nosotros.

Hablamos de nuevo con Ginés López y, como era esperable, aquel nombre ni le sonó.

Esta vez no se impacientó con nosotros ni nos lanzó protestas de ciudadano modélico en pleno agravio moral.

Sabía perfectamente que no podíamos retenerlo por más tiempo.

Ni se me ocurrió advertirlo de que no saliera del país.

Un tipo con dos hijas que vive de un subsidio no tiene muchas probabilidades de huir en plan cinematográfico.

El subinspector y yo nos encontrábamos al borde de la desolación.

Crees que tienes un pájaro cautivo en la mano, pero se trata sólo de un espejismo fruto del deseo intenso de que sea verdad.

Cavilábamos en silencio, ambos estábamos seguros de que comentar los hechos de las últimas horas nos conduciría únicamente a divagar. Garzón lo intentó.

—La actitud de Sonia me ha parecido un poco sospechosa. ¿Es normal que no recuerde la cara de unos tipos que ha tenido a cinco centímetros no hace tanto tiempo? ¡Y justamente a los que les hizo un tatuaje realmente especial!

—Es raro, pero no una sospecha concluyente. Por sus manos pasan muchos hombres, y supongo que se concentra en la parte del cuerpo sobre la que tiene que actuar.

—¿Y que el teléfono no pertenezca a nadie?

—Héctor pudo darle un número al azar. Probablemente el nombre sea falso también. En cualquier caso, pida que rastreen en las compañías telefónicas: si se dio de baja, si ha pertenecido a otra persona con anterioridad...

Se levantó y desapareció. Unos minutos más tarde regresó con cara inexpresiva.

—Orden trasmitida, inspectora. ¿Qué hacemos ahora?

—Cruzar la calle y entrar en La Jarra de Oro. Me apetece un buen lingotazo.

Sonrió levemente. Parecía no perder de vista mi tema privado.

¿Volver al bar de siempre significaba que estaba entrando de nuevo en la senda de la normalidad?

, esa era la pregunta que sin duda debía de plantearse.

Yo, por mi parte, sólo quería tomar un trago fuerte, y La Jarra era el establecimiento más cercano.

—¿Qué les pongo?

—Un whisky.

Garzón se decantó por la cerveza, resultaba más fácil que el whisky para combinarla con algo de comer. No me equivoqué.

—¿Alguna tapa interesante no tendrás por ahí, Pepe?

—¡Pues sí, señor Garzón! Preparamos unos montaditos nuevos con solomillo que están para chuparse los dedos. ¿Les apetece probarlos?

Acepté yo también.

—¿Cómo quieren la carne?

—Poco hecha —pidió mi compañero.

—¿Y usted, inspectora?

—Humana —contesté. Como vieron que no me reía, se miraron entre ellos con cierta preocupación. Entonces, forzada por las circunstancias, añadí unas carcajaditas falsas que parecieron tranquilizarlos.

—Aquí, la inspectora, siempre con su sentido del humor —dijo el conocido como Pepe el Barman mientras se alejaba.

La reflexión de mi contertulio no tardó en llegar.

—¡Vaya humor más macabro, Petra! ¿Y a quién se comería usted?

—Pues mire, es muy fácil contestarle. Devoraría a todos y cada uno de los implicados, testigos, colaboradores y sospechosos de este caso.

¡Hasta al jesuita beodo lo haría trizas con mis propios dientes si estuviera vivo!

El muy imbécil se hizo matar. ¿A qué persona normal se le ocurre pasearse por La Mina de madrugada?

¿Quién creía que era, Teresa de Calcuta travestida?

—Me asusta, inspectora, de verdad. No se zampe a nadie de momento. Confórmese con el montadito, que ya viene y tiene buena pinta.

Me conformé con la carne, pero pedí dos whiskies más. Al salir del bar ni me tambaleaba ni me sentía confusa; todo lo contrario, una especie de repentino entusiasmo clarividente se había apoderado de mí. Miré a mi compañero.

—¡Acción, Fermín, acción! Vamos a volver a casa de la tatuadora para apretarle las tuercas. Estoy harta de emplear siempre la misma dinámica: visita, pregunta, contestación, no encontramos pruebas y, por lo tanto, adiós. Tengo ganas de divertirme un poco.

Puso los ojos en blanco, pero me siguió, más curioso que alarmado. Un claro error por su parte, ya que alarmarse hubiera sido el estado ideal si hubiera sabido lo que pensaba hacer aquella servidora del diablo en que me había convertido el alcohol.

Volvimos a recorrer a pie la zona turística.

Esta vez procuré no fijar la vista en ningún transeúnte, aumentar la furia que sentía hubiera sido francamente peligroso.

Llamamos al interfono del número tres de la calle Abad Safont sin obtener respuesta.

Al tercer intento, pulsamos el timbre del piso contiguo al de Sonia.

Una voz cascada nos preguntó qué queríamos.

—Policía Nacional. Abra inmediatamente —bramé.

Un segundo después pudimos entrar. En el descansillo del tercero una señora muy mayor asomaba la cabeza entre las jambas.

—Estoy aquí —dijo con toda inocencia.

—Buscamos a su vecina de enfrente. ¿Sabe usted si ha salido?

Abrió la puerta del todo.

—Sí, la vi salir muy cargada, pero ya hace un buen rato de eso, ¿eh?

—¿Habló con ella?

—No. La vi por la mirilla. Yo no soy nada chafardera, pero oí un ruido muy fuerte y, como pasaba por mi recibidor de casualidad, me acerqué para saber de dónde venía aquel escándalo.

Era la chica de enfrente, y el ruido que oí fue que se le había caído un paquete al suelo.

Por eso sé que iba muy cargada. Se fue muy deprisa y ni siquiera cerró su puerta con llave, dio un portazo y se marchó.

—¿Sale a menudo cargada con paquetes?

—No, más bien vuelve cargada, aunque eso lo hacemos todos, con las compras y esas cosas...

A mí la compra me la hace una asistenta social.

Tengo ochenta y siete años, vivo sola y subir todos esos escalones con la comida del supermercado...

También me traen las medicinas, es un servicio que funciona muy bien.

Menos mal que el ayuntamiento se ocupa de los viejos que somos pobres, porque si no...

Los vecinos pasan de todo. Esa misma chica de ahí delante ni me daba los buenos días si nos cruzábamos alguna vez.

Y como yo ahora no salgo nunca, pues no sé ni cómo se llama.

Vi que Garzón se disponía a hacerle más preguntas, pero yo me dirigí hacia la puerta de Sonia. La observé con detenimiento. Tomé un agarradero metálico que sobresalía de la endeble madera y lo sacudí con fuerza. En ese momento mi compañero vino hacia mí.

—¿Qué hace, inspectora?

—Voy a echar abajo esta puta puerta.

—¡Pero, Petra, por favor! ¿Ha perdido el juicio? Voy a buscar una orden del juez.

—Haga lo que le pase por las narices, yo voy a entrar.

—¡Nos la cargaremos, nos lloverá un expediente o algo peor!

Se acercó la anciana con paso vacilante.

—Oigan, si les parece bien puedo decir que los llamé yo porque me pareció oír un grito dentro de la casa, como si estuvieran atacando a una chica. Si había peligro, seguro que no se la cargarán. ¿Y quién va a comprobar lo que diga una vieja como yo? Pensarán que estoy loca y ya está.

La miramos asombrados. Me eché a reír a carcajadas, la cogí entre mis brazos y le planté un beso en cada mejilla.

—Es usted lo mejor que me ha pasado desde hace meses, señora. Vamos allá.

Pegué una patada en la cerradura, pero no cedió.

—¿Por qué no prueba usted, subinspector?

—Petra, esto es una locura.

—De acuerdo, no participe si no quiere. No puedo ordenarle que haga algo ilegal.

La vecina, a la que, de tan animada, se le habían coloreado las mejillas, me puso una mano en el brazo.

—Oiga, señora Petra, yo tengo una silla de hierro en la cocina. Tiene más años que Matusalén, pero es dura como mi cocorota. Entre y cójala. Un buen golpe con ella en la cerradura y la puerta se abrirá.

No lo dudé un instante. La minúscula cocina de la señora olía a verduras cocidas.

Junto a una mesita que apenas cabía en el recinto estaba la silla en cuestión.

En origen debía de haber pertenecido a algún jardín y tenía cuatro robustas patas de hierro forjado que podían usarse como un ariete poderoso.

Me volví hacia mi inesperada colaboradora.

—¿Y si le estropeo la silla?

—¡Qué más da! Tengo otras de madera en el comedor.

—No, mejor hagamos esto: si se estropea, yo le compro otra.

Cargada con la condenada silla, que pesaba un quintal, regresé al descansillo. Allí estaba Garzón, que, al verme, se tapó los ojos con ambas manos. La señora venía detrás de mí, a paso bien ligero, como si hubiera recuperado la juventud.

El primer golpe descascarilló la madera. El segundo la astilló, pero la puerta seguía cerrada a cal y canto. Por fin, el subinspector dio un salto y me quitó la silla de las manos con fuerza.

—Deje, Petra, se hará daño. ¡Que sea lo que Dios quiera!

Enarboló el asiento como un auténtico Hércules y lo descargó sobre la cerradura, que voló por los aires. Un pequeño empujoncillo y al fin la condenada puerta se abrió. La señora emitió una risa nerviosa. Se disponía a entrar con nosotros, pero el subinspector le cortó la intención.

—Usted no puede entrar, señora. Esto es una investigación.

—Pero estoy ayudándolos —protestó.

Le hice una seña a mi compañero para que le permitiera el paso y él se encogió de hombros. Nuestra ayudante voluntaria nos acompañó. Su rostro expresaba la misma excitación que si estuviera penetrando en la oscura cueva de Alí Babá.

Una rápida inspección ocular nos dio pistas inmediatas sobre la situación.

De la mesa de trabajo había sido retirado el ordenador portátil y los cajones de todos los muebles estaban abiertos.

Papeles y láminas de dibujo se encontraban esparcidos por el suelo.

La pájara había volado sin intención de regresar al nido. Miré a mi compañero.

—No hacen falta comentarios, ¿verdad?

—Eso me temo.

Me volví hacia la anciana.