Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 16 #2
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—Aquí está. Sonia Millás. Calle del Abad Safont número tres. Cae por el Raval. Nos dijo que fuéramos a tomar unas birras algún día, pero ya sabe cómo son estas cosas, al final nunca vas.

Dejamos el coche en un parking. Las Ramblas estaban llenas de visitantes, ninguna novedad.

Era un turismo ominoso, turistas haciendo de turistas, felizmente orgullosos de su vulgaridad.

Ganaban en número los grupos de jóvenes extranjeros ataviados con detalles impropios de nuestro país: sombreros mejicanos, por ejemplo.

Otros detalles sí resultaban adecuados, y no por ello eran menos horteras: camisetas del Barça, bufandas con la bandera catalana, etcétera.

Aunque daba igual qué atuendo hubieran escogido, lo importante para ellos no era la presencia cercana de bellos edificios o farolas características que se pararan a admirar, sino su propia presencia allí.

Para resaltarla al máximo gritaban, reían y armaban follón.

Las patrullas policiales colocadas estratégicamente a lo largo de toda la Rambla parecían estar acostumbradas a semejante desmadre.

Ni los miraban. Yo, sin embargo, empecé a cabrearme por haber decidido ir a pie hasta el domicilio de la tatuadora. Renegué agriamente.

—¿Todos estos nenitos no tienen otro sitio adonde ir? ¿Y nuestros colegas de los Mossos y la Guardia Urbana, por qué no los conminan a que bajen la voz, a que vayan vestidos con un poco de gusto, a que caminen en línea recta en vez de dando bandazos y tocando las bolas a todo el mundo?

Garzón soltó una carcajada mitad auténtica mitad teatral.

—¡Ah, Petra! Hay veces en las que se supera usted a sí misma.

¿Por qué no le propone al jefe superior que monte un grupo denominado «Policía del buen gusto y las buenas formas»?

No estaría nada mal, harían más redadas que la flota de altura.

Por cierto, supongo que se acuerda de cuando en la época temprana del franquismo podían detenerte por llevar bikini.

Y en Irán ni le digo: o una mujer lleva tapada la melena o la pelan.

Me temo que se está usted volviendo menos democrática de lo que solía ser.

—¿Ha acabado ya de decir incongruencias? ¿Qué es para usted ser democrático? Vivimos en una democracia, pero aquí todo dios hace lo que le pasa por el nabo: las multinacionales, los bancos, la Unión Europea, la propia Iglesia, sin ir más lejos.

—Querida jefa, no es momento de hablar de política. En cualquier caso, esos chicos son jóvenes, llevan unas cuantas birras en el cuerpo... Déjelos disfrutar, ya se encontrarán con la dureza de la vida.

—Habló el defensor de la juventud por antonomasia.

Torció el gesto porque se dio cuenta de que lo había pescado en una flagrante contradicción.

Como habíamos llegado a la dirección indicada, ninguno de los dos añadió nada a la polémica.

El edificio donde vivía Sonia había sido rehabilitado, lo cual no le garantizaba la menor belleza arquitectónica, si bien aparentaba al menos cierta dignidad.

Llamamos al timbre del tercero y enseguida respondió una voz femenina.

—¿Quién es?

—Policía, abra, por favor.

Nadie pulsó el interruptor. Pasados dos largos minutos, Garzón se impacientó.

—¿Sonia Millás? ¿Quiere hacer el favor de abrir de una vez? Queremos hablar con usted.

Ahora sí sonó el zumbido característico en la cerradura y pudimos entrar.

No había ascensor. El subinspector maldijo todos y cada uno de los escalones hasta el tercero.

Culminada la subida, vimos una puerta entreabierta por donde sacaba la cabeza una joven con el pelo peinado a lo afro.

Nos acercamos y le mostramos las identificaciones. No hizo intención de abrirnos paso.

—¿Qué quieren?

—Hablar un momento con usted.

—Yo no tengo nada que decir. Soy legal, pago los impuestos y pago el alquiler.

—No se trata de cuestiones de dinero. Necesitamos su cooperación —dije suavemente.

—Yo no sé nada que le pueda interesar a la policía.

La chispa de la cólera prendió una hoguera instantánea en mi compañero.

—¡Haz el favor de abrir de una puta vez o te echamos la puerta abajo! Ya está bien de contemplaciones.

Abrió. Había perdido todo su aplomo e impertinencia, sustituyéndolos por una mirada de pánico en estado puro.

—Pero ¿qué quieren? —balbució. Garzón, viendo que su método intimidatorio había surtido efecto, lo mantuvo sin dudar.

—¡Hablar, chica, lo que queremos es hablar contigo! ¿Sabes lo que es hablar, has hablado alguna vez?

—Con la policía no —respondió la otra, llena de lógica.

—Vale, pues siempre hay una primera vez, así que déjanos pasar, nos ponemos cómodos y hablamos.

—Es que el piso está muy desordenado. Aún no he podido limpiar hoy.

—Lo que tú tienes en este piso es un garito para hacer tatuajes, seguro que completamente ilegal, sin haberlo dado de alta como negocio.

Pero eso no nos interesa a nosotros, ¿comprendes?

No somos de Hacienda, Sanidad ni nada por el estilo, y sólo utilizaremos el dato de que trabajas sin permisos si te pones borde, nada más.

Entramos en un saloncito, en efecto, muy desordenado.

En un rincón estaba desplegada toda la parafernalia del tattoo : un sillón reclinable, pinturas y artefactos, fotografías y una gran mesa en la que se veían multitud de dibujos y enseres para realizarlos.

La chica se precipitó sobre un botiquín colgado en la pared y descorrió la portezuela.

—Miren: alcohol, desinfectantes en espray, algodones y gasas..., todo lo hago con higiene y seguridad.

El subinspector se puso a husmear mientras yo iba observando uno a uno los diseños de la mesa. Era evidente que el tatuaje que lucía Ginés había salido de las manos de aquella mujer, las similitudes eran clarísimas. Tomé la palabra intentando dulcificar el ambiente.

—Mira, Sonia, tenemos detenido a un chaval que lleva este tatuaje en el cuello —le mostré la fotografía—. Lo que nos digas a lo mejor es una prueba que puede librarlo de la cárcel. Te aseguro que no vas a meter a ninguno de tus clientes en un lío, así que tranquilízate.

Asintió, visiblemente aliviada.

—¿Hiciste tú este tatuaje?

—Sí, es de los míos. De este me acuerdo bien porque, para mi gusto, el dibujo me quedó muy chulo. Luego no hubo tanta gente que me lo encargara, pero eso pasa muchas veces, cuanto más arte lleva la cosa, menos éxito tiene.

—¿Conservas ficha de tus clientes?

—Ficha, lo que se llama ficha..., tengo los nombres y los teléfonos.

—¿No apuntas la dirección en la que viven?

—No, apunto el teléfono porque como mi publicidad es el boca oreja, si me llama alguien de parte de otro quiero comprobar que lo conoce de verdad. Es que a esos les hago un diez por ciento de rebaja. Pero dónde vivan me da igual.

—Ya, me lo creo todo. Cualquier cosa antes de que te cace el fisco, ¿verdad? —comentó imprudentemente el subinspector—. ¿Dónde tienes esa lista?

—En el ordenador.

—Ábrela y dinos cómo está organizada.

—Por orden alfabético.

La chica se sentó frente a la máquina, manipuló y dijo:

—Ya está. ¿Qué nombre quieren saber?

Me levanté y me puse a su espalda.

—¿Me permites, por favor?

Ocupé su puesto. Ella iba a ocupar el que había sido el mío, pero la atajé. No quería que pudiera mirar desde atrás.

—Ponte allí, al lado del subinspector.

Tecleé despacio: López, Ginés. Comprendí que Dios era benévolo con nosotros por primera vez en aquel maldito caso.

Antes de la lista de clientes figuraba una fotografía donde aparecía el diseño del tatuaje que habían escogido.

Allí estaba la extraña flor oriental roja y azul.

Después, sólo dos nombres empezando por L ocupaban el espacio: López, Ginés, y un tal Lugo, Héctor.

No figuraban fechas. Me dirigí a la chica:

—Ginés López y Héctor Lugo. ¿Los recuerdas?

—Eso no es fácil, si mira la lista completa verá el montón de nombres que hay.

—Sí, pero has dicho que recordabas ese diseño especialmente, incluso te acordabas de que poca gente lo había pedido.

—Bueno, ahora que lo dice el primero me suena un poco. Me parece que me chocó que se llamara Ginés porque no es un nombre muy normal. Del otro, ni idea.

—¿Cuánto tiempo hace que realizaste esos tatuajes?

—La fecha exacta no la sé, pero debe de ser hace un año o dos, que es cuando dibujé ese modelo.

—¿Los dos clientes son de las mismas fechas?

—Ni idea, créame, ni idea.

Hice una fotografía de los dos nombres y sus correspondientes teléfonos. Saqué del bolso la foto de Ginés y se la mostré a la chica. Estuvo mirándola un buen rato.

—¿Es este uno de los hombres a los que tatuaste?

—Es posible, pero no estoy segura. Como le digo, pasa mucha gente por aquí, sobre todo hombres. Las chicas se tatúan menos.

Le pasé mi tarjeta y le solté la retahíla habitual por si recuperaba la memoria: algún detalle, alguna frase pasada por alto, etcétera.

En la calle, apretamos el paso. Era urgente saber la dirección que correspondía a aquel nombre y aquel número: Héctor Lugo.

Ginés López era un culpable cada vez más dudoso, pero había un nuevo nombre que brillaba en el firmamento de la esperanza. ¿Estábamos llegando al final?