Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 16
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No quise implicarme en la detención, pero cuando una hora y media después de haber dado la orden, Garzón entró en mi despacho anunciando que el tipo de la foto esperaba para ser interrogado, sí quise que mi subalterno diera una versión completa de los hechos.

Su narración fue muy simple: estaba en su casa, no opuso resistencia, preguntó de qué se lo acusaba. Tenía antecedentes.

—¿Cuál fue su impresión personal, subinspector?

—El tío estaba sorprendido de verdad. Desde luego que puso cara de pocos amigos, pero no dijo nada, ni un comentario. Como no es su primera detención ya debía de saber que es inútil hablar.

—Así que estaba en su casa. ¿No trabaja?

—No. Vive de un subsidio social. Está casado, tiene dos niñas pequeñas. Su piso es de alquiler. Como no sea que su mujer tenga un buen sueldo, seguro que sigue trapicheando.

—¿Por eso lo condenaron?

—Tres añitos se pasó en chirona por tráfico de drogas. Hace uno y medio que salió.

—¿No le dieron la condicional?

—Cumplió la pena completa. Era un camello de mala muerte, nadie daba un ochavo por él.

—¿Un ochavo? ¡Me encanta la expresión! Nunca le había oído decirla.

—Antes siempre decíamos «un duro», pero desde que entramos en el euro me sonaba raro, así que le pregunté a Beatriz y me sugirió lo del ochavo. Es una moneda española antigua. ¡Ventajas de tener una esposa culta!

—De ahora en adelante voy a utilizarlo yo también. Con el ambiente cultural de este país dudo de que nos entienda nadie, pero me da igual.

—Por el contexto, ya se entiende.

—Cierto, lleva razón.

De repente me di cuenta de que mientras el que quizá era el asesino que buscábamos esperaba en la puerta, mi compañero y yo nos habíamos enredado en discusiones lingüísticas. Perfecto, no estaba todo perdido en el mundo actual.

—Vamos a interrogar a ese hombre. Por menos ochavos que valga, no podemos hacerle esperar.

El aspecto de Ginés López no se diferenciaba mucho del de su ficha policial. En vivo también tenía un rostro atrabiliario y una expresión demente. Puse en práctica una técnica que, por desconcertante, solía darme buenos resultados. Le pedí que se sentara y, acto seguido, le pregunté.

—Antes de iniciar el interrogatorio, ¿hay algo que quiera decir?

Como estaba previsto, la pregunta lo trastocó. Titubeó, emitió carraspeos, pero enseguida se arrancó a hablar en tono firme.

—Sí que tengo cosas que decir. Porque una vez haya estado en la cárcel no tienen derecho a sacarme de mi casa como si fuera un delincuente. Tengo una familia y vivo en paz con todo el mundo. No pueden detenerme sin motivo.

—Eso es cierto, Ginés, pero el caso es que sí hay un motivo. Un testigo te ha reconocido. El asunto es grave y, según como vayan las cosas, puedes ser acusado incluso de asesinato.

Dio un bote en su asiento que casi lo proyectó al techo. Empezó a ponerse muy nervioso. Se barría la cara con las manos, hacía crujir las articulaciones de sus dedos.

—A ver, inspectora, a ver. No sé de qué me está hablando, se lo juro por mis hijas.

—Empecemos por el principio. ¿Has estado últimamente en el barrio de La Mina?

—¿Yo? Yo vivo en Badalona y no he estado en La Mina ni últimamente ni nunca. Una vez me parece que estuve, hace tropecientos años, ni siquiera me acuerdo.

—¿Entregaste una carta a un muchacho de La Mina para que la metiera en la casa parroquial?

—¿Cómo? ¿Qué quieren? ¿Liarme, cargarme con un muerto? No sé de qué me habla.

—¿No te has enterado del asesinato de un jesuita de La Mina, el hermano Lorenzo Santos?

—¡No conozco a ningún Lorenzo, y menos a su hermano! ¿De qué va esto?

—Es un cura jesuita. ¿No has leído la noticia?

—¿Un cura? Yo no sé nada de ningún cura. Oigan, se están equivocando de tío, eso está claro.

—El muchacho a quien le diste la carta te ha reconocido en tu ficha policial. Y otro testigo te vio merodeando por la parroquia de La Mina.

—¿La carta, qué carta? Les juro y les rejuro que no sé de qué hablan.

Intervino el subinspector.

—¿De qué vives?, ¿cuáles son tus ingresos?

—Tengo una prestación. No me encontraba muy bien de salud y por eso no he buscado trabajo, pero en cuanto esté más fino me pondré a trabajar, eso seguro.

Además, mi mujer es limpiadora en el hospital de Mataró, pueden preguntarlo si quieren.

Y mis niñas están escolarizadas, pregunten en Servicios Sociales y ya verán.

Garzón se puso en pie, salió de la habitación y volvió acompañado de Jorge Donoso.

Yo observaba fijamente el rostro de Ginés López.

No se alteró en absoluto ante la presencia del chico.

Tuve la sensación de que lo veía por primera vez.

Donoso se puso delante de él y lo miró como se mira a un animal en el zoo.

—Que se aparte la camisa del cuello —pidió sin que el otro se diera por aludido. Garzón se lo ordenó y Ginés López se separó las solapas de la camisa de modo que su cuello quedó al descubierto. No fue difícil descubrir el tatuaje. Allí estaba aquella flor o joya extraña.

—El tatuaje es ese, el mismo que yo vi.

—¿Y la cara? —pregunté.

—La cara no me acuerdo muy bien, pero creo que sí, es él.

El sospechoso se levantó violentamente, se encaró con el testigo.

—Pero qué dices, chaval, ¿alucinas o qué pasa? Tú y yo no nos hemos visto en la puta vida. ¿Te están pagando por decir mentiras?

Mientras Donoso echaba un paso atrás, atemorizado, Garzón saltó sobre Ginés y lo tomó con fuerza por el brazo. Lo obligó a sentarse de nuevo.

—O te estás quieto o llamo al policía de fuera.

Autoricé a Jorge para que saliera. Nos quedamos solos los tres. Me dirigí al sospechoso.

—Cuéntanos quién te hizo ese tatuaje.

—¿Para qué quiere saberlo? Oigan, esto ya pasa de castaño oscuro. El chaval ese debe de estar loco. Yo no he hecho nada y no pueden retenerme aquí.

—¿En qué tienda de tattoo te hicieron ese dibujo?

—En una que hay en la calle Sepúlveda, ya hace un año que lo llevo. No creo que eso sea un delito. ¿Puedo marcharme ya?

—Hablarás con el juez y él decidirá. De momento te vas a quedar setenta y dos horitas con nosotros, que es lo legal.

No añadió ni una palabra a sus protestas y lamentos. Estaba desencajado, no debía de faltarle mucho para echarse a llorar. Solos el subinspector y yo, nos miramos con síntomas de descontento.

—¿Quién empieza?

—Sacan blancas, Fermín.

—No me he quedado nada satisfecho del reconocimiento de Donoso, y no porque piense que es un maldito gilipollas, que lo es, sino porque creo que lo único que quería era quitarse el marrón de encima.

Para mí que no sabía si Ginés era el tipo con el que habló.

Tampoco me pareció que el tal Ginés lo conociera de nada.

Tal y como reaccionó cuando lo vio aparecer daba la impresión de no saber quién era.

—Coincido al cien por cien con usted. Por eso le he pedido la dirección donde le hicieron el tatuaje.

—¿Y eso qué nos aclarará? Debe de haber un montón de tíos con la misma florecita.

—¿Ese tatuaje tan especial, y en el cuello?

—En el cuello o en cualquier otra parte del cuerpo. He oído decir que algunos hasta se tatúan la polla.

—Vamos a comprobarlo. Si el chico se ha equivocado, lo cual no me extrañaría dadas sus características mentales, el tatuador nos informará sobre esa flor. Alguna idea podrá darnos, quizá, sólo digo quizá.

Mientras nos encaminábamos a la calle Sepúlveda, dejé mi mente libre.

Los establecimientos de tatuadores habían proliferado en Barcelona como setas tras la lluvia.

¡Qué curioso!, pensé, en mis tiempos, los jóvenes, luciendo barbas, cabellos largos y gafitas redondas, pretendíamos emular a líderes políticos, a intelectuales o artistas: Che Guevara, Gandhi, Trotsky, John Lennon...

Actualmente, bien rapados y con tatuajes agresivos, el modelo eran los típicos delincuentes, los buscavidas de barrio portuario. ¿Una reflexión interesada? Quizá sí.

El lugar al que nos había encaminado Ginés López era el típico: fotografías de torsos, piernas y rostros tatuados en diversos modelos.

Nos recibió un chico al que no le quedaba ni un centímetro de piel libre de tinta.

Por sus antebrazos corría un entramado de zarzas puntiagudas de lo más amenazante, todo lo contrario de su actitud, que fue risueña y amable.

—Así que sois policías, ¡qué guay! Nunca había visto a ninguno vestido así, de paisano. Lo tengo todo legal, ¿eh?

Garzón, poco amigo de campechanías, le plantó la fotografía de Ginés delante de los ojos.

—¿Conoces a este hombre?

Lo miró durante un rato, impasible, y luego afirmó.

—No, nunca lo había visto.

—Se supone que es cliente tuyo. Se llama Ginés López.

Buscó en el ordenador. No encontró el nombre.

—Esperen.

Se internó en la tienda y volvió acompañado de otro muchacho de edad parecida.

—Este es mi socio, Tristán. —Dirigiéndose al tal socio añadió—: Tristán, tío, los dos son policías y quieren saber si el de la foto es un cliente, si lo has visto alguna vez por aquí.

Nuevas miradas escrutadoras y nueva negativa.

—No, cliente mío desde luego no es; siempre me quedo con las caras. Tengo buena memoria visual.

—¿Trabaja alguien más en la tienda?

—No. Antes teníamos uno o dos ayudantes, pero la cosa se está poniendo fatal, cada vez hay más competencia.

Llegó mi turno. Mostré la foto del tatuaje de Ginés.

—¿Lo habéis hecho vosotros?

Ambos negaron con la cabeza.

—No, no es nuestro estilo —dijo Tristán.

De pronto el primer dueño agarró la fotografía con las dos manos.

—¡Un momento! —Hablando con su colega, preguntó—: Parece de Sonia, ¿no te lo parece a ti?

—Puede que sí, me suena. Hacía cosas por el estilo.

—¿Quién es Sonia?

—Trabajaba con nosotros. Era una crac, la tía. Se inventaba dibujos que gustaban un mogollón. Iba por libre, no le hacía gracia repetir lo de siempre. Por desgracia se largó, creo que se puso por su cuenta, aunque, que yo sepa, tienda no abrió.

—¿Sabéis dónde vive?

—Sí, tenemos su dirección.

Entró en un portátil que descansaba sobre la mesa, buscó.