Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 15 #2
47%

15 #2

—¡Ay, por Dios, Fermín! Sólo me falta usted en plan furia desatada. Ya sabe cuál es nuestro papel en esta escena: callar, intervenir lo imprescindible y, como máximo, cortar las explicaciones demasiado extensas.

—Pues yo me voy a saltar el papel de El rostro impenetrable y voy a ir de Conan, el bárbaro .

—No le costará demasiado meterse en la piel del personaje, tiene aptitudes.

La primera ronda la protagonizó Palmiro.

No me dio la impresión de que se lo tomara a la ligera.

Se demoraba bastante en la observación de la fotografía, achicaba los ojos, aunque llevaba las gafas puestas, volvía a abrirlos de par en par.

Tras cada retrato contemplado, se frotaba los párpados con fuerza, después negaba con la cabeza y pasábamos a otra imagen.

No hacía comentarios innecesarios ni decía tonterías.

Mis miedos habían sido producto de los prejuicios.

Estaba claro que los prejuicios no ayudaban en las investigaciones, probablemente tampoco en la vida.

Cuando no hubo más pantallas que mostrarle dijo algo que demostraba por sí mismo que poseía un firme criterio y un sentido común nada despreciable.

—Miren, señores —declaró—, no sé si debería haberme prestado a esta prueba.

Yo a este hombre lo vi de lejos, y lo que me llamó la atención de él es la pinta que tenía, pero delante de estas fotos me doy cuenta de que todos tienen una pinta parecida.

No lo sé, no he reconocido a ese hombre, pero quiero que tengan en cuenta que a lo mejor sí es uno de ellos.

Yo no me atrevería a señalar a nadie, y no porque no quiera comprometerme, sino porque escoger uno al azar para quedar bien delante de ustedes sería a lo mejor señalar a un inocente.

Le habría aplaudido de buena gana y, cuando, tras el aplauso, hubiera tenido las manos libres, las hubiera empleado para abofetearme a mí misma.

Sí, sí es posible que alguien pobre y sin cultura, alguien que no ha hecho en la vida más que trabajar en empleos que no le han aportado nada que no fuera un dinero para subsistir, tenga la cabeza clara y una visión moral del mundo.

—Le comprendemos perfectamente, Palmiro. Sólo quiero que sepa que su testimonio ha sido importantísimo para nosotros y que cuando se resuelva el caso, en buena parte habrá sido gracias a usted.

Se quedó anonadado. No se atrevía a hablar.

Su reacción fluctuaba entre el orgullo y el agradecimiento.

Pensé que pocas veces aquel hombre había recibido elogio alguno, que nunca había oído de otra boca que sus actos también podían ser importantes para alguien.

No me pareció justo. Subir sueldos y mejorar condiciones de vida, por supuesto: ¿y qué tal una palabra amable de vez en cuando?

Cuando hubo salido, miré al subinspector.

—No ha tenido que pegarle ningún corte, ¿verdad, Fermín?

—Es verdad. Se ha portado bien. Mejor, así me quedan más petardos para explotárselos en la jeta al subnormal. ¿Ha venido con alguien?

—El padre ha declinado la invitación, y como no se trata de un interrogatorio sino de una identificación, no hace faltar llamar a nadie en plan legal. Pero le ruego que se modere, si se altera usted demasiado, el chico se pondrá nervioso y no dará pie con bola.

—Ese no conoce más bolas que las que suelta.

¿Estaba trastocado Jorge Donoso, se lo veía en actitud cobarde, responsable, triste, altanera?

Nadie en el mundo hubiera podido contestar a esas preguntas.

Su semblante traslucía lo de siempre: un vacío total.

Se sentó sin que nadie se lo hubiera indicado y sin dirigirnos ni un simple saludo, marca de la casa.

Le expliqué concienzudamente todas las obviedades: fíjate con atención en las fotos, primero el conjunto, después los detalles.

No hables antes de estar seguro, puedes señalar a dos personas y luego haremos una comparación.

Ese tipo de recomendaciones forman parte de un protocolo previo bastante rutinario, pero en su caso me pareció de importancia vital recalcárselas.

Como no dijo nada cuando acabé la retahíla, me vi en la necesidad de preguntarle.

—¿Me has entendido, Jorge?

Utilizó la cabeza para asentir. Aún no habíamos tenido ocasión de oír su voz aquel día.

Fuimos pasando las imágenes y él seguía cabeceando, esta vez negativamente, ante todas ellas.

Es cierto que las miraba, pero no sabíamos si lo hacía con la debida atención.

Pasaban los minutos sin que nada sucediera hasta que, de repente, levantó una mano y se demoró en la contemplación. Un instante más tarde dijo:

—Este es.

—¿Este es el hombre que te paró, el que te encargó que dejaras la carta, el que te pagó?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Tenía un tattoo en el cuello, me acuerdo muy bien. Uno raro, como de un collar, y los colores eran así.

Era un tatuaje poco común, una especie de joya oriental de dos colores: rojo y azul.

—¿Y el resto de la cara? —preguntó el subinspector.

—Sí, es él. Estaría más seguro todavía si llevara...

Lo atajé inmediatamente. Sabía que su frase acababa en «la chupa de cuero» y estaba convencida de que mi compañero saltaría sobre él sin pensarlo un segundo.

—De acuerdo, Jorge, lo has hecho muy bien. Seguiremos en contacto. Ahora puedes marcharte.

Sin despedirse, naturalmente, salió de la habitación. Garzón me miró interrogativo. Me encogí de hombros.

—Parecía muy seguro, Fermín.

—No acabo de fiarme. Nunca había hablado de un tatuaje y si lo ha reconocido por el tatuaje puede haber montones que sean iguales.

—No me dio la impresión de que fuera uno de los habituales: ni rosas con espinas, ni calaveras, ni dragones... Además, dijo que la cara la reconocía también.

—¡Vaya usted a saber!, con un mastuerzo semejante puede haber contestado al buen tuntún. Y le digo una cosa: usted lo cortó, pero el tío estuvo a punto de soltar lo de la chupa de cuero. ¿Me equivoco o no?

—¿Le parece eso relevante en este momento?

Bajó la cabeza como un niño abroncado, aunque con un punto de rebeldía.

—Supongo que no. Supongo que lo relevante, como usted dice, es buscar identidad y domicilio de ese tiparraco.

—Eso puedo hacerlo yo sin moverme de aquí. Lo relevante, como yo digo, es traerlo a comisaría en el menor tiempo posible. Ya conoce su futuro inmediato, Garzón. Le esperaré en mi despacho.

Desapareció de mi vista como una exhalación.

Pensé que había tenido santa paciencia conmigo en los últimos tiempos.

Siempre solía tenerla, la verdad sea dicha, y yo era muy consciente de haber abandonado la mía con él.

Garzón no se daba cuenta de que la magnitud de mi tragedia privada seguía siendo la misma.

Si me descubría en actitud triste o pensativa, me miraba con cierto reproche.

«¿Aún seguimos así?», era la pregunta que trasmitían sus ojos.

Mi transcurso de los días y los meses difería del que tenía el resto de la gente a mi alrededor.

Se me había parado el reloj. El quid de la historia consistía en saber si estaba estropeado y admitía reparación o si se trataba de un artefacto definitivamente escacharrado que continuaría marcando siempre la misma hora, la hora en que Marcos murió.