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Palmiro era un auténtico crac. Iba a ayudarnos a resolver el caso (estaba casi segura), aunque, al mismo tiempo, representaba para mí una especie de piedra en el zapato.
Me recordaba mi incompetencia. Si hubiéramos empezado buscando testimonios entre los vecinos y no nos hubiéramos dejado llevar por los prejuicios que sobrevolaban aquel barrio...
, pero no existe muro en ninguna comisaría que sirva para depositar lamentaciones.
Sólo esperaba que ni Coronas ni el juez advirtieran un yerro tan garrafal.
Por fortuna, ambos seguían el caso a una cierta distancia, como si no quisieran implicarse demasiado en algo que afectaba a la Iglesia, como si intuyeran que de ahí saldríamos mal parados de una u otra manera.
No hace falta que ningún español lea el Quijote para estar de acuerdo con las palabras del hidalgo.
Con la Iglesia se topaba siempre, tantos años de dictadura franquista nos lo habían enseñado a conciencia, por no remontarnos atrás en la historia de España.
Después de haber oído las consabidas gracias del subinspector, en este caso una canción típica canaria: «Palmiro, sube a la palma y dile a la palmerita...
», lo trajimos al despacho e hizo un retrato más preciso del hombre misterioso.
Estaba encantado de su protagonismo, tanto que hubiera podido apostar a que se inventó un montón de precisiones.
Nadie a la distancia a la que calculó encontrarse del sospechoso podía ser capaz de especificar «unos ojos despiadados» o «una mandíbula potente».
Como buen jubilado que ve películas en televisión no le faltaban las palabras para hacer descripciones.
Jorge Donoso hubiera debido aprender de él.
Me preocupó un poco que su testimonio derivara en exceso hacia la ficción, pero parecía juicioso y había que permitirle que disfrutara de su momento de gloria.
Una pequeña censura por nuestra parte recortaría cualquier desmesura si se producía.
Nuestro especialista de comisaría fue robotizando la imagen del tipo avistado en el ordenador siguiendo las indicaciones de Palmiro.
Cuando él contempló el resultado en pantalla quedó moderadamente satisfecho y dio su aprobación con un ambiguo «Sí, era algo por el estilo».
Tras ese proceso llamamos a Jorge Donoso y le enseñamos el retrato.
Su inexpresividad sólo podía compararse con la de Buster Keaton, y en cuanto a su discurso, digamos que sólo hablaba un poco más que el gran cómico en sus películas.
Se limitó a decir: «No era igual, pero era parecido».
Garzón se alteró ante tan escueta sentencia.
Aquel chico lo enervaba, incluso más que el resto del grupo selecto .
—¡Coño, ya se sabe que un retrato robot no es nunca idéntico al tipo que se busca! ¿Tú no ves películas de detectives, tío? Pero cómo es el parecido, ¿grande, pequeño?, ¿en qué parte falla? Los ojos, la nariz... Nos dijiste que te habías quedado con su cara.
—No lo sé, si lo hubieran dibujado con la chupa de cuero... Es en lo que más me fijé, era cojonuda.
Cuando salió Donoso el subinspector no tardó en regurgitar sobre mí lo que había callado.
—A este tío yo lo hostiaré un buen día. No lo soporto, me pone de los nervios. ¿Se está quedando con nosotros o qué?
—No lo creo, es así por naturaleza.
—¡Lástima de pan que se come! ¿No había otro más tonto para que el hombre misterioso le encargara lo del anónimo?
—Ha dado usted en el clavo. Probablemente el hombre misterioso estuvo observando a todos los chicos que entraban y salían y este le pareció el que le daría menos problemas.
Incluso debió de pensar que sería el más imputable si lograba encauzar hacia él las sospechas de asesinato.
Estoy convencida de que es lo que pretendía: el anónimo en papel escolar, el que apareciera dentro del despacho de Santos y no en el buzón de la parroquia...
Artimañas para cargarle el muerto al mensajero.
—Sí, pero el más subnormal es también al que se puede cazar antes, ¿no? Este imbécil se dedicó a gastarse la pasta en chorradas y el padre enseguida lo pescó.
Me encogí de hombros.
—No sé qué contestarle, Fermín. Los designios del Señor son inescrutables, ¿o era inoxidables?
No me rio la gracia. Se fue de mala gaita.
Su cometido en aquel momento era mandar el retrato robot por intranet a nuestros hombres.
La edad, las características y demás datos abastecerían los potentes ordenadores, que debían hacer el resto: determinar si figuraba alguien parecido en alguna ficha policial.
Me alegré de que no hubiera sucedido lo que deseé: había sido más prudente que mi subalterno no hubiera asistido a la sesión con Jorge y su padre.
Alguien habría salido malparado de mi despacho: el padre, el hijo o el propio subinspector.
Aquella noche dormí fatal. Me aguardaba un tiempo de espera en el desarrollo de la investigación.
No resultaba fácil coger el sueño ni cuando los ojos se cerraban involuntariamente.
Enseguida me ponía en guardia y les ordenaba abrirse de nuevo.
Pensaba qué podíamos hacer mientras se elaboraba la lista de sospechosos habituales .
¿Llamar al trasladado director de seminario?
¿Para qué? No me pegaría un broncazo como el padre Servando, pero, aunque siguiendo su propio estilo, se mostraría autosuficiente y altivo.
El resultado sería el mismo: lo que sucede en la Iglesia, en la Iglesia se queda.
De cualquier modo, no era normal que, en vez de recuperarme del cansancio mortal que llevaba encima, estuviera dándoles vueltas entre sábanas a temas que podían perfectamente esperar un día más.
Sin duda tenía miedo, miedo de parar. Si dejaba la actividad, aunque fuera un momento, el suelo firme desaparecería bajo mis pies y caería al vacío, un vacío sin tope por debajo, sin estrellarme al final, sólo caer y caer, una caída infinita.
¿Pretendía evitar lo inevitable? Marcos estaba muerto, y esa era la realidad a la que no quería enfrentarme.
¿En qué fase de aquella ridícula clasificación del duelo me encontraba en el momento presente?
Superada la ira continua, tocaba la negociación con una misma .
Muy bien, adelante. En vez de pensar en el caso, negociemos, Petra.
La gente muere a diario y no siempre habiendo cumplido su ciclo vital completo.
Los accidentes abundan y las circunstancias previas a que se produzcan dan más o menos lo mismo al cabo de un tiempo.
La esquela de cualquiera se reduce a las fechas de su nacimiento y su muerte.
Pasados los años, ese es el único dato que persiste.
¿Es lícito montar una tragedia de un hecho tan concreto e inamovible?
¿Iba a pasar el resto de mi existencia oponiéndome a la lógica del género humano?
Los hombres mueren y Marcos estaba muerto.
Sin duda sería más lícito, más comprensible, reaccionar de acuerdo a los comportamientos habituales: sentir dolor pero no hundirse, recordar pero no obsesionarse, homenajear la memoria del muerto pero sin mitificaciones, llorar evitando los aullidos de plañidera.
Lo propio era la dignidad, la contención, el deseo de seguir formando parte del cuerpo social, ir adelante, mantener la esperanza.
¿Con qué derecho puedes perderla voluntariamente cuando tantos y tantos lucharon para conservarla en circunstancias extremas a lo largo de la historia?
Fuera de eso, todo lo demás es ópera, tragedia griega subida a unos coturnos, gesticulación y demanda de protagonismo.
Sin trampas. Había presentado frente a mí razones de peso, un intermediario profesional entre yo y yo misma las hubiera aprobado sin duda.
Pero ¿estaba lista para negociar? No, Petra, hija de la gran puta, no hay negociación que valga.
Hay cosas con las que no se negocia. El llanto largo y compulsivo me condujo por fin hasta el sueño.
La lista de fotografías no era excesivamente larga.
Las contemplé una a una por simple curiosidad.
Los compañeros habían trabajado rápido y bien en la selección.
No solían fallar. Mi impresión no difirió en nada de las anteriores ocasiones en que me había enfrentado a aquellos rostros.
Cualquiera que se cruzara con alguno de ellos por la calle podía afirmar: «Ahí va un delincuente».
Caras curtidas, expresiones duras, rasgos esculpidos a navajazos, miradas inclementes.
Tampoco permite muchas dulcificaciones una fotografía tomada con el fin de abrirte ficha policial.
Además, buscábamos a un tipo que había sido definido en el testimonio como «con pinta de mafioso».
Todos presentaban aspecto de convictos, hombres de armas tomar.
Las características físicas de la totalidad coordinaban a la perfección con el retrato robot, al menos tenían el mismo aire.
Separamos a los dos testigos de modo que no se influenciaran mutuamente.
Para mi gusto, ninguno de los dos era fiable al cien por cien.
Con Palmiro corríamos el riesgo de que se fuera por los cerros de Úbeda, y, además, debíamos tener en cuenta que no había visto cara a cara al sospechoso.
Por el contrario, Donoso sí había estado cerca, pero con semejante mascarón de proa mis esperanzas sobre su coherencia al actuar eran más que menguadas.
Tanto Garzón como yo estuvimos presentes en las sesiones de reconocimiento. Él me había advertido antes de empezar sobre lo mismo que yo pensaba, si bien empleó su registro más barriobajero para expresarse.
—Como «Palmiro, sube a la palma» se ponga a soltar gilipolleces para hacerse el interesante le voy a pegar un corte que se va a enterar. Y si al mamonazo del otro se le ocurriera decir que ninguno lleva chupa de cuero lo mato a hostias, Petra. Me da igual que sea un menor o un niño de teta.