Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 14 #2
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—Vale, está bien, le cuento. Hace días que veía en la habitación de este subnormal muchas cosas nuevas.

Ya sabe, esas mierdas que les gustan ahora a los jóvenes y que sólo sirven para perder el tiempo: videojuegos, aparatitos para música, auriculares...

También ropa: un par de sudaderas, unos tejanos...

Me chocó que hubiera podido comprarse tantas chorradas con la semanada miserable que yo le doy y que, dicho sea de paso, ni siquiera se la merece.

Pues bueno, al principio se me ocurrió que las había robado.

Ni se me pasó por la chola preguntarle de dónde salía todo aquello, ¿para qué?

Nunca me contesta a nada, y si me contesta es una puta mentira.

Me hubiera dicho que era el regalo de un amiguete, que le había tocado en una rifa, cualquier gilipollez.

Así que lo que hice fue meterme en su dormitorio cuando él no estaba y ponerme a registrar a ver si averiguaba algo.

Me costó encontrarlo, ¡vaya si me costó!

, pero después de poner todas sus cosas patas arriba y no ver nada raro, fui buscando en los muebles de la habitación: el colchón, los cajones de su mesa por debajo, las patas de la cama, que son huecas...

Pues no, el muy cabrón había descosido un trozo de dobladillo de las cortinas y ahí estaban: más de mil euros en billetes.

Para ser bobo había buscado un buen escondite, ¡el dobladillo de las cortinas!

Lo interrumpí de nuevo. Iba excitándose por momentos.

—Señor Donoso, estamos en una comisaría y su hijo es un menor. Le ruego que no lo insulte cada vez que se refiera a él.

Puso cara de fastidio, de falsa sorpresa, de víctima universal.

—Sí, claro, perdone, al señorito no se le puede ofender. Pero ¿quiere que continúe o no?

—Adelante, pero con calma, siempre con calma.

—Esperé hasta que llegó a casa, a las tantas, como siempre.

Entonces empecé a preguntarle de dónde venía tanta pasta.

Miraba para arriba, para abajo..., «no sé, no me acuerdo, no es mía, alguien la habrá metido ahí...

». Me puse serio, pero sin perder los nervios, ¿eh?

Le juré que si no me contaba inmediatamente toda la verdad lo iba a matar a hostias y que lo entregaría a la policía por ladrón.

Entonces el muy... se puso a llorar: que él no era ningún ladrón y que aquel dinero lo había ganado por hacer un mandado.

«¿Qué mandado?, cosa de drogas, ¿no?», le dije.

Alcé la mano. Lo paré en seco. Me dirigí al muchacho, que estaba a punto de llorar. ¡Qué feo era el pobre, Dios, qué desagradable! Ni viéndolo tan vilipendiado conseguía sentir piedad por él.

—Lo que su hijo le respondió va a decírmelo él mismo. Vamos, Jorge, ¿qué era ese mandado?

—No era nada de drogas —afirmó con voz entrecortada—. Fue muy fácil cómo lo gané. Un hombre me dijo que tenía que dejar un sobre encima de la mesa del hermano Lorenzo.

Me estremecí.

—¿Un sobre cerrado?

—Sí. Yo le dije que podía meterlo en el buzón de la parroquia, de verdad que se lo dije, pero me contestó que era una carta muy importante y quería saber que llegaba seguro.

Entonces se sacó un montón de billetes del bolsillo y me dijo que todos eran para mí, pero que si se enteraba de que no había dejado el sobre donde él me mandaba o si le contaba a alguien lo del sobre, vendría y me rajaría; y me lo dijo dos veces: «Te rajaré».

—¿Qué le parece, inspectora? —intervino Donoso padre—. Y aparece el hermano de cuerpo presente unos días después y este desgraciado no dice ni mu. Yo, de usted, lo metía en chirona ya mismo.

—¡Cállese, por favor, o lo haré salir de mi despacho! Y dime, Jorge, ¿quién era ese hombre?

—No me dijo cómo se llamaba.

—¿Dónde te encontró?

—Yo salía de la clase del centro parroquial, era casi de noche. Unas cuantas calles más lejos de la parroquia me salió de un portal. Seguro que me siguió.

—¿Puedes describirlo?

—¿Al hombre?

—¡No, a su puta madre, a ver a quién va a ser! —aulló el furibundo progenitor.

Me levanté y lo hice salir del despacho tomándolo por un brazo.

Casi llegó a resistirse, pero llamé a un policía y se lo llevó, más o menos resignado.

No soy capaz de determinar si, una vez desaparecido su padre, el chico se sintió aliviado o, por el contrario, su angustia aumentó.

Intenté que se sosegara y le sonreí, pero, tal y como imaginaba, era inmune a cualquier detalle emocional.

Seguía con la cabeza gacha, sin mostrar reacción alguna.

—Mírame a la cara, Jorge.

De mala gana levantó la cabeza y apuntó sus ojos pequeños y pitañosos hacia mí, pero enseguida me desenfocó de nuevo. No era capaz, no era capaz de hacerlo. Supuse que no tenía costumbre de mirar a nadie frente a frente. Me pareció probable que acabara sus días en un psiquiátrico.

—¿Cómo era ese hombre, joven o viejo? Alto, bajo, rubio, moreno.

—No era muy viejo. No sé cómo era de alto, y en el pelo tampoco me fijé.

—¿Era gordo, delgado?

Se encogió de hombros. Tuve la sensación de que no intentaba ocultar nada. Probablemente era cierto que jamás se percataba demasiado del aspecto de los demás. Me lancé sin pensarlo.

—¿Era un tipo que llevaba tatuajes y tenía pinta de macarra?

Ahora sí me miró de manera espontánea, directamente a los ojos. La sorpresa brillaba en los suyos. Se animó de repente.

—Sí, de macarra y mamón. Llevaba una chupa de cuero muy guapa, de las que valen pasta.

—¿Era fortachón, como si fuera todos los días al gimnasio?

—Sí, era un musculitos en plan Rambo. —Se rio con una carcajada boba.

—¿Lo reconocerías si volvieras a verlo?

—Fijo que sí.

—¿Aunque no llevara la chupa de cuero?

—Fijo que sí. Me quedé con su cara.

Por supuesto, era capaz de recordarlo, pero no de describirlo con palabras.

—¿Has vuelto a verlo alguna vez más?

—No, nunca más. Yo hice el recado y me pagó.

—Se aseguró de que lo hacías, supongo.

—Sí, me dio el sobre y me esperó fuera. Luego me pagó.

No sacaría gran cosa más de él, aunque su testimonio podía considerarse un auténtico tesoro. Antes de dejarlo marchar cumplí con mi obligación.

—Tu padre está muy nervioso, ¿verdad?

—Está cabreado.

—Pues quiero decirte una cosa. Si te pega porque está cabreado, llámame. Es tu padre y tiene derecho a enfadarse contigo, pero a pegarte no. Coméntaselo a él, dile que yo misma te lo he pedido. Si te toca, mandaré detenerlo, ¿de acuerdo? Puedes irte ya.

No estaba sorprendido. Sin duda, había oído mil veces en boca de sus compañeros cuáles son los derechos de un menor.

Asintió varias veces y se levantó. Su gordura hizo que arrastrara la silla tras de sí, aunque no llegó a tumbarla.

Sus pantalones de talle bajo dejaban ver el inicio del trasero.

Era gordo, medio tonto, torpe y feo. Tenía una vida de mierda y pocas o ninguna perspectiva de que cambiara.

Estaba desprotegido y todo el amor que había recibido cabía en un dedal.

Pues ni aun así lograba sentir por él la más mínima compasión.

Estamos entrenados para compadecernos de quien posee belleza, un patetismo digno y civilizado.

Por eso las organizaciones caritativas buscan fotografías de niños del tercer mundo con ojos grandes y facciones dulces cuando nos piden colaboración económica.

Una imagen de aquel pobre desgraciado no obtendría ni un solo euro. La realidad es injusta e implacable.

Garzón llegó enseguida, eufórico y presuntuoso.

—Le traigo una bomba que le va a encantar, inspectora. Y no era fácil metérsela en el bolsillo, no crea. Ha hecho falta dureza y diplomacia. ¡Y en tiempo récord, ya lo ve!

Lo observé con gesto escéptico.

—Adelante, bombardéeme.

—El director del seminario también está pendiente de nuevo destino y no por jubilación, que el tío está bien entero. ¡Están cerrando el seminario de Barcelona! ¿Qué le parece? He preguntado a dónde irá el rector y me han contestado que aún no lo saben. Vaya noticia, ¿no?

—Un simple petardo si la comparamos con la bomba que tengo yo.

Póngase en marcha, Fermín. Hay que buscar en las fichas policiales tipos de unas determinadas características físicas.

Y quiero que me traiga al anciano de La Mina que vio al hombre misterioso, tiene que afinar más su descripción.

También habrá que realizar un retrato robot, y, en su momento, Jorge Donoso y el viejo testigo deben ser llamados para un reconocimiento.

Tampoco descarte organizar una rueda de sospechosos. Ya ve cuántas cosas hay que movilizar.

—¿Y no va a contarme por qué tanto meneo?

—Usted mismo irá deduciéndolo.

—Con semejante currelo no sé si estaré para deducciones.

Pusimos orden en aquel zafarrancho de acciones urgentes.

Lo primero que hice fue enterarme del nombre del testigo, detalle que había descuidado por completo.

Palmiro Galván. ¿Alguien podía llamarse Palmiro en España a aquellas alturas de desarrollo y modernidad?

Pues así era. El añejo nomenclátor de nuestro país aún tenía algunos ejemplos vivitos y coleando.