Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 14
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Julio, el psicólogo, me llamó a la mañana siguiente. Iba conduciendo camino de la comisaría y puse el manos libres para contestar.

—Buenos días, Petra. ¿Cómo sigues?

—Mejor preguntar a quién.

—No te entiendo.

—Sigo a un asesino, y justamente voy hacia mi despacho para empezar la jornada laboral.

Mi respuesta, ya agria de por sí, tuvo por añadidura un tono seco de voz. Sin embargo, aquel buen samaritano, aparte de bueno, debía de ser tonto, porque lejos de inmutarse pareció alegrarse muchísimo.

—¡Ah, qué bien!, ya me parecía que estabas en el coche por los ruidos de fondo. Así, mientras llegas, podemos hablar un momentito. Tenía una pregunta que hacerte: ¿tú vas al gimnasio?

No me estampé contra la trasera de la furgoneta que me precedía de puro milagro. ¿Qué persona normal llama a una casi desconocida para hacerle una pregunta de aquel cariz? ¿No estaría aquel tipo más loco que una cabra? Tardé un momento en contestar y no quise hacer sangre, sino acabar pronto.

—Tengo que estar en forma por mi trabajo.

—Ya, pero me refiero a si estás apuntada en algún gimnasio de esos a los que va la gente para hacer ejercicio y socializar. Creo que te iría bien, no exige mucho esfuerzo y se hacen nuevos amigos.

Noté que me acometía una oleada de furor interno. Quería abofetear a aquel hombre, darle un empujón, pegarle un mamporro. ¿No había nada que lo disuadiera de su bondadoso empeño? Aferré el volante con fuerza.

—Verás, tengo una lista con el número de amigos que necesito, y te aseguro que no pienso admitir ni a uno más. Espero que me comprendas cuando digo: ni a uno más.

Interrumpí la llamada. ¿Era suficiente con aquel exabrupto o quizá me había mostrado demasiado sutil?

Puede que no hubiera captado la mordacidad, el mal humor, el hastío infinito.

A lo mejor hubiera debido decirle: «No quiero que me ayude ningún pirado.

Déjame en paz de una puta vez o te denunciaré por acoso».

¡Con la de gente que debe de andar urgida de apoyo y comprensión!

¿Por qué había sido yo la elegida por aquel altruista?

Pensé en la posibilidad de pedirle al subinspector que lo llamase anunciándole que me había suicidado.

Así, por una parte, me libraría de su insistencia y, por la otra, le propinaría un buen golpe moral con lo del suicidio, lo cual se merecía por pelmazo.

Garzón me esperaba en el despacho con cara de aburrido. Había encontrado el teléfono del padre Servando y me recordó que debía telefonearle, al tiempo que subrayaba su falta de confianza en que la conversación sirviera para algo.

Una cosa era contar con el número de teléfono y otra bien distinta que localizaran al párroco en aquella sacra residencia.

Aguardé casi diez minutos pegada al móvil.

Por fortuna, ninguna musiquilla reiterativa auxiliaba la espera, si bien un poco de canto gregoriano hubiera sido de mi agrado.

Por fin reconocí la voz del padre, que era como la de la gran hidra, pero en masculino.

—Sí, es la policía. Ya sé, me acuerdo de usted. ¿Qué quiere?

—Verá, padre Servando, un testigo declaró haber visto a un hombre con aspecto inquietante rondando su parroquia unos días antes del asesinato del hermano Lorenzo.

Es más, el testigo afirmó que el sospechoso entró en la iglesia.

Quiero preguntarle si recuerda usted a un hombre de esas características o si alguien que estuviera en el interior de la iglesia le comentó a usted esa presencia extraña.

—¡¿Qué?! —berreó—. ¿Me sacan de mi recogimiento para preguntarme una cosa tan peregrina como esa?

¿Y cómo diantre quiere que me acuerde de un hombre con una pinta así o asá?

¡Pues claro que no me acuerdo! Lo hubiera dicho en su momento, ¿no le parece?

¡Dios eterno!, estoy a mil kilómetros de mi antigua sede parroquial, en un lugar de paz y descanso, y viene usted a incordiarme con insensateces.

—Por cierto, padre —aproveché un instante de silencio—. ¿Ha sido usted mismo quien ha escogido un destino tan lejano para retirarse?

—¡Otra preguntita que resolverá el crimen!

Veamos, inspectora Delicado, cuando tomé los hábitos me enseñaron que las cosas de la Iglesia se quedan en la Iglesia.

De manera que, si legalmente no quieren nada más de mi persona, voy a continuar con mis oraciones, que he tenido que interrumpir para atenderlos.

Cuando hube colgado, Garzón vino enseguida.

—No hace falta que me cuente nada. Ha estado grosero como un gañán. ¿Acierto?

—Acierta.

—Y no ha dicho nada que tenga el más mínimo interés para la investigación.

—Ahí se equivoca. Ha dicho algo importante.

—¿Qué?

—Las cosas de la Iglesia se quedan dentro de la Iglesia.

Me pregunté si valía la pena pedirle al juez que lo llamara a declarar.

No parecía tener demasiado sentido, y lo que dijera no aportaría ninguna base probatoria.

La frase lapidaria que había soltado sobre la Iglesia no era suya propia, se trataba de algo bien sabido.

Resultaría inútil presentarla como un indicio de que aquel carcamal ocultaba algo sobre el caso.

Sería más práctico dejarlo tomando vinos en Sevilla, según la versión de mi compañero.

Garzón ni siquiera me preguntó el motivo por el que consideraba importante la susodicha frase. Estaba mirándome, esperando una orden, una apreciación mía menos enigmática. Enseguida pude complacerlo.

—Fermín, quiero que vaya al seminario y se entere de si el rector también ha sido trasladado.

—¿Y el resto de los hermanos que conocemos, no habrían sido todos trasladados si se quisiera despejar el campo?

—No lo sé. Vayamos paso a paso.

—De acuerdo, inspectora. Sólo espero que no me hagan chuparme otra vez la visita turística por los jardines.

Me acodé en la mesa pensando en la frase.

¿No era también aplicable al cuerpo policial?

Lo que pasa en la policía, en la policía se queda.

Sin duda había similitudes. Los secretos sobre escándalos o irregularidades que sucedían en nuestro entorno debían quedar preservados ante la opinión pública.

Sin embargo, ¿cuántas veces se habían filtrado a la prensa informaciones comprometidas y habían acabado siendo de dominio general?

Muchas, muchísimas. La muralla de silencio de la Iglesia era mucho más compacta, más efectiva que la nuestra.

Había sido ejercitada y perfeccionada durante siglos.

No me atrevía a pensar que alguno de los eclesiásticos cercanos al hermano Lorenzo supiera el nombre de su asesino, pero me martilleaba la idea de que alguien no era del todo ignorante de los móviles para matarlo.

Dos golpes en la puerta me sacaron de mis cavilaciones.

Era el policía de la entrada. Me anunciaba que un hombre y un muchacho querían verme.

Sus nombres: Ernesto y Jorge Donoso. Tardé un momento en identificar de quiénes se trataba, luego me faltó tiempo para ordenar que los hiciera subir inmediatamente.

La entrada de los Donoso no pudo ser más destemplada.

Apareció primero el hijo, con su aspecto habitual más una novedad: tenía los ojos y la nariz colorada, como si hubiera llorado.

Dio un abrupto paso adelante, fruto del empujón que le había propinado su padre desde atrás.

Ambos pasearon la vista un instante por mi despacho, una curiosidad siempre repetida por los nuevos visitantes de una comisaría.

Antes de que pudieran hablar, les pedí que se sentaran.

Fue la ocasión para que el señor Donoso le arreara a Jorge un segundo empellón hacia la silla.

No pude anticiparme preguntándoles qué deseaban, el padre se lanzó a degüello.

—Bueno, inspectora, pues aquí me tiene con este subnormal que dicen que es mi hijo.

¡Más me hubiera valido comprarme una burra, joder!

Puede hacer con él lo que le pase por la cabeza.

Si quiere, lo mete en la cárcel o en un reformatorio o donde les toque ir a los subnormales.

Será lo mejor para él, porque, si no, lo voy a matar a palos.

Como no sabía el origen de semejante andanada, hice lo esperable: pedir calma.

Jorge tenía la vista baja, los hombros caídos y las manos replegadas en el regazo.

Advertí que presentaba una señal en el pómulo izquierdo, sin duda producto de un puñetazo.

Lamenté que el subinspector no estuviera presente, en aquella situación hubiera sido valioso para abortar cualquier violencia que aquel hombre, fuera de sí, intentara ejercer sobre su hijo.

Levanté la voz sin perder la compostura.

—¡Señor Donoso, por favor!, como no se tranquilice un poco tendré que expulsarlo de mi despacho. Tengamos la fiesta en paz.

—¿La fiesta? No veo ninguna fiesta en lo que este mendrugo ha hecho.

—Vayamos a los hechos. ¿Qué es lo que han venido a contarme? Porque supongo que han venido a eso, ¿no?

El iracundo descargador se restregó las manos por la cara, agitó la cabeza como un perro al salir del agua, tomó aire y, aparentando haber recobrado la serenidad, empezó a hablar a toda máquina. Lo interrumpí, pidiéndole que fuera más despacio.