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Por muy vago que resultara el testimonio del vejete del bar, por muy fantasmagórico que se nos antojara el hombre misterioso que rondaba la parroquia, lo prescriptivo era poner vigilancia durante algunos días.
En el caso improbable de que al sujeto le diera por revisitar los alrededores del centro parroquial, un policía de paisano debía darle el alto.
Más problemas con el comisario, pensé. Aquella investigación era odiosa, enrevesada, atípica, descorazonadora, y yo no me encontraba de humor para afrontar semejantes adjetivos.
Para no dejar las cosas a medias, fuimos a ver al hermano Tomás con el fin de hacerle las mismas preguntas absurdas sobre el merodeador.
Debo decir que nuestras peticiones de ayuda no eran tan bien recibidas por Tomás como lo eran por Luis.
Ciertamente su talante pivotaba entre la seriedad y la timidez.
Además, desde que había dirigido la expedición de pupilos a la prueba caligráfica no lo habíamos visto más, y había quedado entre nosotros el mal sabor de boca de aquella ocasión.
Lo encontramos sentado frente al ordenador, el horario de atención a los jóvenes no había comenzado aún.
Tal y como esperábamos, nunca había visto al merodeador clandestino ni tenía la más mínima idea de qué demonios o ángeles le hablábamos.
Se mostró bastante frío y no debía de ser demasiado humano porque no mostró la menor curiosidad por saber si habíamos identificado al posible asesino.
Para que nuestra visita no fuera del todo en balde intentamos explotar el último cartucho: el propio párroco.
Al fin y al cabo, el sospechoso había entrado en la iglesia, según el testimonio que teníamos, y quizá el cura hubiera podido avistarlo.
El hermano Tomás puso cara de, a mi juicio, fingida desolación cuando le pedimos que llamara al viejo sacerdote.
—¡Ay, señores, pero si don Servando ya no vive aquí! Se ha jubilado.
—¿Se ha jubilado? ¿Cuánto hace de eso?
—Varios días.
—Pero nos comentó que le faltaba un tiempo para acabar sus servicios profesionales.
—Todo lo que ha sucedido lo hundió moralmente, estaba muy afectado por la muerte del hermano, así que pidió a la archidiócesis que le anticiparan las fechas.
—¿Y dónde podemos encontrarlo?
—Ha ido a una residencia de sacerdotes ancianos.
—¿Puede darnos la dirección? Necesitamos hablar con él un momento.
—Ahora se la busco. Está en Sevilla.
Garzón y yo reaccionamos como un dúo bien conjuntado.
—¡¡¿¿Qué??!!
—Sí, la residencia Santa Clara, en Sevilla capital.
—¿Y no hay residencias de ese tipo en Barcelona?
—Sí, que yo sepa está la Sant Josep Oriol, pero no estoy seguro, yo no pertenezco al clero.
—Y existiendo esa residencia, ¿por qué lo mandan al quinto infierno?
Me di cuenta de que la expresión que había utilizado no era la adecuada, pero el cura no se inmutó.
—No lo sé, inspectora. Quizá la de aquí ya no tenía plazas libres. Puede preguntar en la diócesis si necesita una información más exacta.
—O sea que los curas tienen sus propios geriátricos —dijo Garzón entre la exclamación y la pregunta.
—Sí, pueden regresar a casa de un familiar o a la suya propia si la tienen, eso no les impide oficiar misa ni administrar los sacramentos. Pero si no es así o están muy impedidos, tienen sus propias residencias.
—¡Pues vaya chollo! —continuó el subinspector—. Tienen solucionado el problema de la vivienda durante toda su vida, cuando ya no se valen por sí mismos los llevan a una residencia gratuita donde los cuidan, y, al morir, directos al cielo. Es un buen plan.
El hermano Tomás bajó los ojos, visiblemente molesto.
Corté la conversación porque poco más íbamos a sacar de ella y mi compañero iba animándose por momentos.
Le di las gracias y él se ofreció a buscarme el teléfono de Santa Clara por si decidía llamar a don Servando.
Decliné, un teléfono es fácil de localizar.
A la salida paramos en un bar. Garzón tenía hambre y yo sed.
Un bocadillo de chorizo y una cerveza nos sacaron del apuro.
Mientras dábamos cuenta del pedido ninguno de los dos dijo una palabra.
Yo pensaba y mi compañero estaba tan absorto en la comida que no parecía dispuesto a comentar nada.
Con la última migaja, habló por fin, lo cual me demostró que había estado pensando y zampando al mismo tiempo.
—¿No le parece raro que hayan jubilado al párroco así, de sopetón, y que encima lo hayan enviado al quinto coño?
—Estaba barruntando lo mismo, pero la explicación del hermano es verosímil: el viejo estaba afectado por el asesinato y pidió que lo jubilaran, ya que le faltaba poco para su edad máxima. Y en cuanto al quinto coño..., no sé, quizá es cierto que no había plazas en Barcelona.
—Sí, pero largarlo a Sevilla... ¿No hay residencias curiles más cerca?
Me encogí de hombros mientras el subinspector sacaba su móvil y buscaba en Google. Tras una corta navegación, leyó en voz alta.
—Mire, así, a bote pronto, ya he encontrado residencias más cercanas: una en Madrid, otra en Bilbao, una más en Murcia y otra en un pueblo de la Comunidad Valenciana que se llama Alquerías del Niño Perdido. ¡Joder, vaya nombre tan extraño! ¿Por qué se llamará así?
—Se perdería algún niño.
—¡Vaya sagacidad, Petra, cómo se nota que es usted policía! Pues perdido o muerto el niño, no lo han enviado allí, que está bien cerca, sino a Sevilla.
—Puede tener algún familiar o quizá le gusta el ambiente de Andalucía.
—Sí, me lo imagino perfectamente comiendo pescaíto frito con una copita de manzanilla. Hasta arrancándose por bulerías me lo puedo imaginar.
Me eché a reír mientras llamaba al camarero para pagar la cuenta.
—Desde luego, Fermín..., le alabo el gusto por las chorradas.
—Pues, fuera de chorradas, le diré que a mí todo esto me parece muy raro. Hace tiempo que no me quito una impresión de la cocorota. Siento como si todo el mundo supiera algo que quiere ocultarnos.
—¿Estamos envueltos en el misterio, como en las pelis?
—Estamos envueltos en la Iglesia católica, apostólica y romana.
—Pues la Iglesia de misterios sabe mucho. ¿Le parece poca cosa el de la Santísima Trinidad?
—Me acuerdo a la perfección: tres en uno. ¿No hay un aceite lubricante que se llama así? Yo a veces lo echo en las cerraduras.
Agité la cabeza, dejándolo por imposible.
No quise que me acompañara hasta mi casa.
Después de haber reído con sus chistes fáciles, sólo tenía ganas de llorar.
Me sucedía a menudo en aquella época, como si tuviera que expiar la culpa de la risa con el llanto.
Llegando hasta el coche, un wasap entrante tintineó en mi bolsillo.
Era Marina, la hija de Marcos. «Petra, hace tiempo que no hablamos, ¿has atrapado a muchos asesinos?
» «Menos de los que quisiera, querida niña, pero todo se andará», respondí enseguida.