13 #2
Su expresión al salir era todo un poema, pero no podía consentir que se inmiscuyera de aquella forma en mi vida personal.
Por más que hubiéramos llegado a establecer una buena amistad, en el trabajo era mi subordinado y, como tal, no tenía derecho a pedirme explicaciones, y mucho menos a darme consejos en el ámbito de la privacidad.
¿Por qué diablo todo el mundo achacaba ahora mis estados de ánimo al duelo y la viudedad?
¿Acaso yo había sido alguna vez un ángel benefactor, me había caracterizado por mi dulzura, no tenía mala uva, no había soltado sonoros bufidos cuando pensaba que lo requería la situación?
Pues eso, que me dejaran en paz, que no se fijaran tanto en mí.
Me repateaba despertar piedad en la gente, que intentaran protegerme, que hicieran suyas mis desgracias.
Se trataba de una simple cuestión práctica: nadie podía hacer nada para ayudarme; y quien nada puede hacer, nada tiene que decir.
Pasadas un par de horas llegó Garzón con los informes.
Como guardar resentimiento no iba con él, mostró su talante habitual.
Le pedí que me los leyera. La mayoría de los partes eran negativos.
Ninguno de los policías había recabado testimonios interesantes: nadie había visto nada fuera de lo común, ni conocía datos sobre la muerte del hermano Lorenzo.
La actitud general de los interrogados había sido de recelo y escasa cooperación.
Se cumplía el tópico que ilustraba La Mina.
Sólo una persona aportaba algo que podía ser estudiado más a fondo.
El testigo, un hombre de setenta años, afirmaba haber visto a un tipo que no identificaba como habitual en el barrio.
Según su descripción, su edad se calculaba entre los treinta y cuarenta años, rubio, bajito y muy musculoso.
El testigo aseguraba haberlo observado merodeando por el centro parroquial, lo cual le llamó la atención.
Si no lo había comunicado antes era porque los avistamientos del supuesto sospechoso se produjeron días antes del asesinato.
Miré al subinspector, que había finalizado la lectura.
—¿No dice cuántos días antes?
—No, no lo dice.
—Pues hay que hacerle una visita a un hombre tan observador.
Como estaba jubilado había probabilidades de encontrarlo en su casa, como así sucedió. La cara que puso al abrirnos la puerta y echar una ojeada a nuestra identificación no fue de entusiasmo.
—Ya me imaginaba yo que si decía algo a la poli no pararían de darme problemas.
—¿Cree que le daríamos problemas a una persona que decide colaborar? Sólo le haremos unas cuantas preguntas y nos iremos por donde hemos venido. Déjenos pasar.
Mi respuesta debió de parecerle más amistosa de lo que esperaba. Nos dejó pasar y nos ofreció asiento en su sofá de falsa piel. En el colmo de la amabilidad, incluso pidió disculpas por la mala acogida recién dispensada.
—Siento haber dicho lo de los problemas, pero hay veces que la policía se pasa con la gente que vivimos aquí.
—¿Se pasaron con usted nuestros agentes?
—No, pero... ustedes ya saben lo que quiero decir. Parece que todos los que vivimos en el barrio tenemos que ser sospechosos de algo. Y no, aquí hay gente buena y trabajadora que...
—Lo sabemos, eso ya lo sabemos. Dígame, ¿por qué le llamó la atención el hombre del que les habló a los policías?
—Ya se lo expliqué al que vino. No sé nada más.
—Queremos oírlo con más detalle, con todos los detalles que recuerde.
—Yo suelo tomarme un cafelito a media mañana en el bar que hay enfrente de la parroquia.
Es una manera de no pasar tanto tiempo solo en casa porque soy viudo, ¿comprenden?
Si no hay ningún conocido para charlar en el bar, me siento cerca de la ventana para distraerme mirando la calle.
Y si es verano me siento en la terraza, ¿comprenden?
—Sí, digamos que tiene un buen sitio para observar.
—Efectivamente. Pues bueno, hace ya días vi varias veces a un tipo que no recordaba del barrio.
No es que aquí nos conozcamos todos, pero tienes vista a la gente, como suele decirse.
Además, tenía una pinta rara. Era bajo, con el pelo panocha, con chupa de cuero grandota, que esas cosas son de lo más normal aquí, pero lo que más me llamó la atención es que el tío era fuerte como un toro.
Se le veían unas espaldas anchas de metro y medio y hasta por debajo de las mangas de la chupa se le notaban unos musculazos como los de Rambo.
Parecía... —En este punto se echó a reír—.
Parecía uno de esos policías que entran a saco en las casas con armas hasta en los dientes y pegando berridos. ¿Saben los que quiero decir?
—Sí, los geos, pero nosotros vamos de otro palo —intervino Garzón.
—¿Y lo han hecho alguna vez?
—Hacer, ¿qué?
—Entrar en tromba en una casa para coger a los malos.
—No, me temo que no. Pero volvamos a hablar del tipo —dije con cierta impaciencia.
—Bueno, pues eso, que me fijé en él porque encima andaba merodeando por la parroquia, creo que hasta entró una vez en la iglesia.
—¿Cuántas veces lo vio?
—Yo diría que hasta tres o cuatro. Luego no lo he visto nunca más.
—Declaró usted que no había avisado a la policía porque vio a ese hombre unos días antes del crimen del hermano. ¿Cuántos días antes?, aunque sea aproximadamente; piénselo bien, por favor, es importante.
Cerró los ojos para concentrarse mejor o demostrar que lo hacía.
—Les advierto que puedo meter la pata, pero más o menos quince días antes. Sí, juraría que por ahí va la cosa.
—¿Reconocería a ese hombre si volviera a verlo?
—De cuerpo entero sí, me apuesto lo que sea, pero si fuera sólo la cara..., entonces no, porque siempre estaba lejos.
Al despedirnos le aseguré que nos había ayudado mucho y pareció sentirse gratificado. Me precipité a interrumpirlo cortésmente cuando iba a endosarnos de nuevo la rapsodia de los habitantes honorables que habitaban La Mina.
Sin duda era una información nueva que señalaba en una dirección, nueva también.
Pero la novedad no se traducía en utilidad.
¿Dónde colocar a un tipo con pinta de matón en el mapa de nuestras investigaciones?
¿Con quién o qué relacionarlo? Sólo existía una coincidencia temporal: el matón había sido visto por el testigo en los mismos días en los que apareció el anónimo en el centro parroquial.
Pero habíamos considerado el papelito amenazante como una especie de broma infantil, ¿hasta qué punto podíamos ahora relacionarlo con un extraño y convertir a este en un sospechoso de asesinato?
Los entornos no coincidían: ¿adolescentes que vivían en el barrio y un tío con aspecto patibulario que no pertenecía a la comunidad de vecinos?
Garzón saltó enseguida ante la aparente contradicción.
—No sé de qué se extraña, inspectora. ¿O cree que el mangante iba a la iglesia por pura devoción, que merodeaba cerca del centro parroquial sólo para pasear?
—Vale, de acuerdo, muy bien, ¿y qué? Sigo sin ver la relación entre los chicos y el mangante.
—Esos chicos son carne de delito, se lo he dicho mil veces. ¿Por qué no iban a tener contacto con algún mangante profesional?
—Podría tratarse simplemente del asesino buscando ubicaciones para su crimen.
—¿En pleno día?
—Para saber los horarios del hermano.
—¡Inspectora!, ¿habla en serio? No pensaba cargárselo de día, matarlo de madrugada no fue un cambio de planes, sino el plan inicial. Eso es de cajón.
—¡De acuerdo, Fermín, no sé lo que me digo, pero sigo sin creer que ese tipo tuviera conexión con los chicos!
—Pues yo sí lo creo. Igual les vendía droga.
—O igual el tipo planeaba sólo asaltar la parroquia, robar los cepillos de la iglesia, pero de eso a cargarse al hermano hay un salto cualitativo.
—Lo jodido del asunto es que no sabemos nada del supuesto matón. El vejete bien podría haberle hecho una foto con su móvil.
—No creo que sea su manera habitual de actuar. En fin, aparquemos al tipo de momento. Sólo como precaución, vuelva a llamar al hermano Luis.
El hermano Luis se sorprendió bastante con dos llamadas nuestras tan cercanas entre sí, pero acudió a comisaría sin rechistar. Su cooperación parecía empezar a gustarle. Sin embargo, como las preguntas que le hicimos eran bastante absurdas, las respondió con cara de estupefacción.
—¿Si el hermano Lorenzo tenía relación con algún hombre de pinta sospechosa? Pues no, sinceramente, no lo creo. Ya les dije que era un sacerdote ejemplar.
—Usted vivía con él, ¿nunca lo visitó un tipo bajito, fornido, tatuado, con pinta de buscavidas? O quizá en alguna ocasión los vio juntos en alguna parte.
—Inspectora, La Mina no es un barrio de gente muy distinguida, como ustedes saben bien.
Hay bastantes hombres jóvenes con la descripción que me dan.
Es verdad que el hermano se ocupaba a veces de temas aislados que no correspondían a sus cometidos concretos en el centro, y de eso yo no sabía gran cosa.
Había gente que le pedía consejo, que le contaba su vida...
, pero yo nunca lo vi hablando con un tipo como el que dicen. Me acordaría.
—Está bien, hermano Luis. Perdone que le hayamos hecho venir de nuevo, pero el dato era importante.
—¿Piensan que el hombre que han descrito puede ser el asesino?
—La curiosidad no es propia de un buen religioso.
Se encogió de hombros, sonrió.
—La curiosidad es propia del ser humano, los religiosos somos humanos y, por lo tanto, imperfectos.
—Eso ya lo habíamos notado —soltó Garzón—. Y en cuanto a que el hermano Lorenzo era un monje ejemplar... Ningún alcohólico es ejemplar, sea cura o ingeniero de caminos.
Un rictus de tristeza apareció en el rostro del joven. Pensé que la invectiva de mi compañero había sido excesiva, pero recapacité. No estaba mal que recordáramos las circunstancias de la víctima de vez en cuando. El hermano Lorenzo no era un santo de altar.