13
Si había pensado que el interrogatorio con el señor Donoso iba a ser diferente del que había mantenido con la madre de Ignacio Sarmiento me equivoqué.
La casa en la que vivía la familia era tan pequeña como la anterior, pero ese era el único punto en el que coincidían.
Obviamente mi nuevo interrogado no era un hombre cuidadoso, ni detallista, ni visitaba las páginas web de decoración.
Me encontré con unas paredes que habían sido blancas alguna vez y más desnudas que un recién nacido.
Los muebles desvencijados podrían haber sido rescatados de un vertedero y el aire olía a tabaco y falta de limpieza.
El dueño de aquel antro no presentaba un aspecto mucho más lucido.
Como sacado de una película del neorrealismo italiano, vestía una camiseta de tirantes y un bolsudo pantalón viejo.
Sin embargo, no resultaba desagradable. Alto, fornido, recio, fuerte y calvo, debía de haber sido un hombretón impactante y atractivo tiempo atrás. Su recibimiento me sorprendió.
—¿Policía?, sí, pase. Ya era hora de que alguien apareciera por aquí. Se cargan a un hombre en el vecindario tal que hubieran matado un conejo para guisarlo con patatas.
—En una investigación hay que ir paso a paso —me disculpé.
—Y el paso de hoy me ha tocado a mí.
En la ficha de Jorge Donoso había leído que su padre era descargador de muelle, viudo y que tenía otro hijo mayor que Jorge.
Le sonreí y le pedí permiso para sentarme.
Quitó la camisa que pendía de una silla y me la ofreció.
Él ocupó otra de las tres que rodeaban la mesa.
Como me había sorprendido su entrada, decidí sorprenderlo yo con mi primera pregunta.
—Es usted descargador en el puerto, según mis informaciones; pero, dígame, hoy en día, con todas esas máquinas que mueven contenedores enormes talmente como plumas, ¿qué hacen ustedes?
Conseguí su sorpresa y tuve la sensación de que le llamaba más la atención mi interés que mi ignorancia. Cabeceó varias veces, como si no hubiera contado nunca a nadie en qué consistía su trabajo. Habló con pausas y dudas.
—Bueno, es verdad que hay grúas y toros que llevan las cosas de aquí para allá.
Ya no cargamos con bultos como hacíamos antes, aunque a veces sí hay que trasegar peso.
Además, cuando no son contenedores, hay que ir empujando y poniendo rectos los paquetones para que no se balanceen.
Y yo organizo las cosas..., bueno, es que yo soy el encargado.
—¡Menuda responsabilidad! Un trabajo difícil, le felicito.
Estaba estupefacto, no entendía nada. ¿De verdad nadie había sido amable con él, no había recibido nunca un halago, una felicitación, un simple cumplido? Cuando logró salir de su embarazo, una sonrisa estrangulada demostró que se sentía orgulloso.
—En fin, pues un trabajo sin más, aunque es verdad que si pasa algún accidente el que se la carga soy yo.
Y aparte de los jefes están los compañeros.
Cuando te hacen encargado ya te miran de otra manera, como si dijeran: «¿Y por qué a este sí y a mí no?
». Como si por ser encargado te pagaran mucho más.
—Las envidias, ya se sabe, pero cuando a uno lo eligen por algo será.
Ahora su sonrisa fue franca y abierta. De algún modo, nuestra conversación activó la cortesía social que sin duda habitaba en algún lugar recóndito de su interior. Lo primero que hizo fue ponerse la camisa que había desechado, grande como las faldas de una mesa camilla. Después me preguntó:
—¿Quiere que nos tomemos una birra o no puede porque está de servicio?
—Tráigala, eso de no beber durante el servicio es cosa de las películas.
Soltó una carcajada y desapareció. Yo sabía muy bien que me había mostrado tan afable con él porque es una buena táctica para ablandar a hombres duros.
Eso me llevó a pensar durante un segundo en que quizá sería interesante utilizarla con cualquier interrogado o testigo, pero rápidamente me di cuenta de que fallaría en la mayor parte de los casos.
Donoso volvió con dos latas de cerveza bien frías.
—¡Ni siquiera hay vasos limpios en la cocina!
—Yo siempre la bebo así, me gusta beberla directamente del envase.
—Verá, es que desde que se murió mi mujer, hace ya bastantes años, esta casa es una casa de putas.
Hoy me ha encontrado porque me han cambiado el día libre, por eso estoy aquí.
Pues vale, ¿sabe qué me tocará hacer en mi día libre?
Limpiar la cocina y poner la lavadora. Porque, claro, mi hijo Jorge, que es quien tendría que hacerlo porque ni estudia ni trabaja ni nada de nada, pasa de su casa, de su padre...
, pasa de todo. Al principio me cabreaba y me ponía como una moto.
Ahora ya me he cansado. ¿Para qué hacerse mala sangre?
, es inútil. En cuanto cumpla los dieciocho lo echo de casa y en paz.
—No debe de ser fácil hacer eso.
—Si fuera fácil ya lo hubiera hecho.
—¿Su otro hijo ha sido también un problema para usted?
—¿Rafael? No, nada de eso. Como era el mayor, cuando murió su madre cogió más responsabilidad.
Ha estudiado para instalador de wifi y trabaja en una empresa de Granollers.
Ya vive con la novia. No se parece al otro ni en el mear, con perdón.
Y yo he hecho lo mismo por los dos, en serio se lo digo.
No me volví a casar porque a ver qué mujer quiere cargar con dos petates aún pequeños.
Me he descornado a trabajar, los mandé a estudiar a los dos, privándome de dos jornales.
Nunca me han dolido prendas ni en tiempo ni en dinero cuando se trataba de mis hijos.
Todo lo que usted quiera, pero uno salió bien y el otro es un desastre. A ver cómo se come eso.
—¿A Jorge lo inscribió usted en el centro parroquial?
—¡Qué va! Yo con los curas no me llevo muy bien. Fue él quien quiso ir. Al principio casi me puse contento, pero luego ya me di cuenta de que lo único que quería era hacer piña con los de su calaña.
—Dígame, señor Donoso: ¿a usted qué le parece todo este asunto del crimen del hermano Lorenzo? ¿Ha oído comentarios, tiene alguna idea de quién pudo ser, alguno de los chicos estaría implicado?
—La gente comenta poco porque están acojonados, pero a mí me da en la nariz que nadie tiene ni idea de nada. Y los chavales, qué quiere que le diga, inspectora. Son lo peor de lo peor, aunque a mí no me cabe en la cabeza que alguno se atreva a cargarse a un cura, eso es algo muy gordo.
—Hable con su chico, señor Donoso. Pregúntele si sabe de algún compañero que enviara un anónimo al hermano Lorenzo.
—Pero piensan que...
—No, no pensamos en su hijo como culpable. Estamos haciendo la misma petición a todos los padres.
—Bueno, no creo que sirva de mucho, pero tampoco me cuesta intentarlo. Si eso la ayuda a usted...
Mi tarjeta en su manaza me pareció minúscula, y vi complacida como él la leía detenidamente.
¡Ay, los reproches hacia los hijos! ¡El desagradecimiento, el desinterés, el amor desperdiciado!
Daba igual que se tratase de una madre entrada en años de las que ven culebrones en la televisión o de un hombretón que bebe cerveza como único placer.
Los argumentos son siempre los mismos: «Yo te di y tú no correspondiste».
¿Para eso se tiene descendencia, para pasarle cuentas al final?
¿Es esa la incondicionalidad amorosa que tantas alabanzas merece?
No existe préstamo sin intereses. ¡Qué clarividencia la mía al decidir que mi estirpe acabara en mí!
Los interrogatorios del resto de los padres del grupo selecto se desarrollaron en comisaría tal y como había planeado.
No hubo ninguna novedad. Algunos defendían a sus vástagos, otros los ponían a parir.
Sólo en un punto coincidieron todos, y nada tenía que ver con testimonios o indagaciones.
«No todo el mundo es un delincuente en La Mina.
Aquí hay mucha gente cabal.» En ningún caso puse en duda semejante declaración, pero no me servía para nada.
Y luego estaba la afirmación definitiva, que era más bien una opinión: nadie creía capaces a aquellos chicos de cometer un asesinato.
No se referían tan sólo a sus hijos, sino a todos en general.
Mi iniciativa había sido pesada y exigente, ¿podía considerarse un error?
La pobreza de los resultados así lo señalaba, pero la semilla de las posibles conversaciones familiares estaba sembrada.
Quizá naciera algo de ella. La parte claramente negativa fue la reacción del subinspector.
No le hizo maldita gracia que lo hubiera excluido de esa parte de la investigación. Él mismo se encargó de informarme.
—¡Caray, inspectora, se ha dado mucha maña mientras yo estaba in albis ! ¿Por qué no ha querido que la acompañara a interrogar a la parentela de los delincuentes?
—Justamente por lo que acaba de decir. No podía arriesgarme a que la parentela le oyera soltar lindezas sobre sus propios vástagos.
—¡Ah, claro! La sensibilidad exquisita vale para los sospechosos de asesinato, pero no para mí.
—No me toque las pelotas, Fermín.
—No era mi intención. ¿Y con los del grupo de ayuda qué tal le fue?
—De puta pena. ¿Alguna pregunta más?
—De verdad le digo, Petra, que la fase del mal humor debería superarla ya.
—Vaya inmediatamente a hablar con los hombres que han hecho la batida en el barrio. Quiero tener los resultados ya.
—A sus órdenes, inspectora.