12 #2
De vuelta con una sola y primorosa tacita, María José me sonrió. Yo le correspondí.
—Es curioso que no tenga usted aparato de televisión.
Esbozó una sonrisa extraña con un montón de componentes: misterio, paz, superioridad...
—La televisión no vale la pena; es una manera de que entre el pecado en casa. Verá, es que yo...
—Lo sé, lo sé, es usted una mujer muy religiosa y ha abrazado una nueva fe.
—¿Sabe usted eso?
—Piense que soy policía.
—Claro, ¡qué tonta soy! ¿Y ha venido a verme como policía?
—María José, su hijo Ignacio puede haberse metido en un buen lío. Supongo que le ha contado que fue sometido a una prueba caligráfica para determinar si es el autor de un anónimo que recibió el hermano Lorenzo antes de morir. ¿Se lo ha contado?
—Sí, claro. Yo di mi autorización.
—Pero, aparte de eso, ¿le ha contado algo que nosotros debamos conocer?
Su rostro, hasta el momento sonriente, se oscureció.
—Mi Ignacio no me cuenta casi nada. Ha pasado por malos momentos y es un chico difícil, pero yo lo encuentro mucho mejor desde que lo inscribí en el centro parroquial. No es un centro de mi religión, pero todos creemos en Jesucristo y eso es lo importante. ¿Ha hecho algo malo mi hijo?
—No hay pruebas en contra de Ignacio, pero sí sospechas que no han acabado de disiparse. Quiero que me diga con toda sinceridad, y en beneficio de su hijo, si lo ha encontrado diferente, preocupado, triste o si abiertamente sabe usted algo de ese anónimo.
—Yo siempre le diré la verdad, y puedo jurar que he visto a mi hijo tan normal como de costumbre.
Todo el mundo anda preocupado por el asesinato del cura, pero pongo la mano en el fuego por Ignacio.
Estoy segura de que él no ha escrito ningún anónimo ni tiene nada que ver con esa muerte espantosa.
Es un muchacho un poco especial porque ha sufrido lo suyo en esta vida, le han pasado cosas a su edad que ni a un adulto le pasarán nunca.
Pero de verdad le aseguro que Ignacio quería a ese cura, le tenía aprecio y hablaba bien de él.
—No es eso lo que nos consta a nosotros. Su hijo le pegó un puñetazo a la víctima en una ocasión.
—Sí, ya lo sé. Parece que el cura lo ofendió en algo, pero se arrepintió y le pidió excusas.
—¿Recuerda en qué lo ofendió?
—Creo que hizo un comentario feo sobre los que no somos católicos y mi chico se rebotó pensando en mí.
—¿Tiene su chico reputación de buena persona en el barrio?
—¡Y yo qué sé! En este barrio hay que disimular que eres bueno.
A los jóvenes que se portan bien enseguida los otros los llaman niñatos y maricones, con perdón.
Créame, mi hijo es buen chaval y está en el buen camino, cambiará del todo, ya verá.
Se lo aseguro, le doy mi palabra de honor.
¡Ah, y otra cosa! En La Mina no todos somos igual, también aquí hay gente decente.
De todas maneras, hablaré con él, le preguntaré si tiene algo que ver con ese asunto, si ha oído algo por ahí.
Una madre que defiende a su hijo, nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, aquella mujer demostraba tal fuerza y determinación que, si no era cierto lo que estaba diciendo, quizá llegara a serlo alguna vez. Le pasé mi teléfono con la habitual recomendación: «Si hay variaciones o datos nuevos, llámeme».
Visto lo visto, quizá las noventa y cinco tesis de Lutero, clavaditas en la puerta de la iglesia, fueran más efectivas que los diez mandamientos en los pedruscos de Moisés, aunque a mí personalmente ninguna de las dos opciones me hacía mucha ilusión.
Llegué a casa cerca de las nueve de la noche, más cansada de lo habitual.
En el trayecto anduve rumiando qué hacer en cuanto pisara suelo amigo: una ducha, una cerveza, una cena ligera y un libro.
Sin embargo, me esperaba una sorpresa que dio al traste con el sencillo plan.
De un coche aparcado frente a mi puerta salió un hombre al que en principio no reconocí.
Cuando afiné más la vista no podía salir de mi asombro: ¡Julio, el puto psicólogo del grupo de ayuda!
¿Por qué estaba aquel tipo allí, qué diantres quería?
, ¿me había seguido, era un acosador, un pelmazo profesional, acaso estaba entre las prácticas del grupo una visita imprevista del director?
Debió de advertir mi cara de pasmo, porque enseguida se adelantó a hablar.
—Buenas noches, Petra. Me imaginé que volverías a casa sobre esta hora, espero no molestarte.
—¿Desde cuándo estás esperándome?
—No lo sé exactamente. ¿Una hora quizá?
—Debe de ser muy importante lo que te trae por aquí.
—Sí, sí que lo es.
No podía dejarlo en la calle. Lo invité a pasar.
—Yo suelo tomarme una cerveza cuando llego, ¿te apetece acompañarme?
—Me apetece un montón.
Fui a por las bebidas, las serví y me quedé mirándolo con genuina curiosidad y auténtica mala leche.
—¿Y bien?
—He venido a pedirte disculpas. El otro día me pasé. Te hice entrar a saco en la reunión haciéndote preguntas muy directas, como si te sometiera a un tercer grado. Es una práctica habitual para los nuevos inscritos, pero creo que no te gustó demasiado.
—No, no me gustó, pero el problema no es ese, el problema es que no encajo para nada en el grupo.
—Pues son buena gente.
—No me refería a los asistentes, sino al sistema.
—Tampoco nos has dado muchas oportunidades, sólo has venido dos veces.
Pegué un trago largo a mi cerveza, lo miré.
—¿Por qué te interesa tanto mi duelo?
—Te has inscrito en el grupo y lo abandonas enseguida. Antes de que te vayas definitivamente quiero tener la seguridad de que estás bien. En algunas ocasiones se corren riesgos.
—¿Temes que me suicide?
—No sería la primera vez, y como tú llevas arma...
—En ese caso puedes irte tranquilo. No es que esté loca por seguir viviendo, pero para suicidarse hace falta una valentía especial, y yo no la tengo.
—La respuesta no es muy tranquilizadora, sigo pensando que te iría bien estar algún día más con nosotros. Déjame por lo menos que te haga otra visita personal dentro de un tiempo.
—Siempre puedes llamarme por teléfono.
—Nuestros métodos se basan en el contacto directo. Oye, Petra: ¿no será que te caigo mal?
—No, no me caes mal, pero no tengo la costumbre de que nadie se interese por mí como tú lo estás haciendo.
—En ningún caso veas segundas intenciones detrás del interés: no quiero que me contrates como psicólogo privado, ni recibo ningún plus por visitar a domicilio.
—No había pensado en ninguna de esas posibilidades, simplemente me extraña que en un mundo en el que cada uno va a la suya, alguien se preocupe por los demás. ¿No serás de alguna religión?
Se echó a reír con ganas, agitó la cabeza como dejándome por imposible.
—Eres dura de pelar, ¿eh, Petra?
—Más que una piña.
Apuró su vaso de cerveza, se dio un golpe con las manos en ambas rodillas, se puso en pie.
—Aunque sea para hacerte una última visita, un día me pasaré por aquí.
—Avísame antes, así puedes ahorrarte esperas.
—Sí, lo haré, aunque como nunca sé cómo tengo los planes del día...
—Gracias por haber venido —le dije en el recibidor.
—Gracias a ti.
Dio varios pasos hacia su coche, de pronto se volvió.
—¡Ah, y no soy de ninguna religión! Bueno, lo típico en este país: me dieron las aguas bautismales y se acabó.
—Sí, a mí también, pero esas son aguas pasadas.
Los vecinos debieron de oír sin duda sus carcajadas mientras caminaba.
Cerré la puerta. Estaba aviada si aquel filántropo espontáneo se prodigaba en sus buenas obras.
¿Pegarme un tiro con mi Glock? Hubiera sido de una vulgaridad espantosa.
Ahora le temía a la muerte mucho menos que cuando Marcos vivía.
Sin embargo, imaginarme a mí misma preparando el arma, eligiendo el lugar, colocándome el cañón contra la sien...
Eso eran palabras mayores. Me faltaba valor, me faltaba voluntad.
Ni siquiera me había puesto a pensar seriamente si mi vida podría volver a ser agradable.
Hay gente sencilla, por no decir tonta, que alberga la esperanza de reencontrarse con su ser querido en el más allá.
De haber sido tal cosa probada por la ciencia, quizá los suicidios aumentarían.
Por el momento, el consejo de todo el mundo era siempre el mismo: ¡hay que seguir adelante!
, aunque nadie supiera decirte por qué ni si algo bueno te esperaba en ese adelante .