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Al hermano Luis no parecía molestarle demasiado que lo convocáramos para una reunión.
Hubiera jurado que incluso se sentía satisfecho de que contáramos con él.
Se presentó ante nosotros con su pinta habitual de joven contestatario.
A instancias del subinspector, habíamos decidido no pasarle en principio las grabaciones de la prueba caligráfica.
Nos limitamos a informarlo de que había sido el hermano Tomás quien nos había sugerido consultar su opinión como persona mejor conocedora del carácter y la trayectoria de los chicos.
La recomendación de su compañero de fatigas le complació, ni siquiera se lanzó a rebatirla en plan modesto.
Le hicimos un resumen de la situación: Ignacio Sarmiento había sido señalado como posible sospechoso por dos expertos en dos materias distintas: el propio grafólogo y un psicólogo policial.
El primero pensaba que su letra era la más parecida a la del anónimo.
El segundo notaba en él síntomas de estar mintiendo.
Ninguno de ambos dictámenes era una prueba contundente, por eso necesitábamos su parecer.
—¿Qué tal es este sujeto? —le preguntó Garzón.
—¡Hombre, subinspector, lo de sujeto suena despreciativo!
—¿Cómo quiere que lo llame, criatura celestial ?
Pese a mis advertencias al subinspector, temí que estuviéramos a punto de recaer en la escena de siempre. Intervine.
—Señores, les pido por favor que nos dejemos de zarandajas lexicológicas e intentemos que esta conversación sea útil. Conocen la palabra útil , ¿verdad?
—Sí —repuso el hermano—. Y lo de zarandajas lexicológicas me ha gustado un montón.
—¿Quiere contestar de una vez, hermano Luis, por favor?
—¡Claro, inspectora! Bien, Ignacio Sarmiento es un chico con problemas, eso ya lo saben.
Proviene de una familia bastante desestructurada, como decimos ahora.
El padre desapareció un buen día y no se ha sabido más de él.
En estos casos, la madre suele tomar dos caminos opuestos: o se vuelca en los hijos trabajando como una mula y procurando que tengan una buena educación o se desentiende de ellos para dedicarse a...
, no sé, a las drogas, al alcohol, a tener una pareja detrás de otra.
La de Sarmiento pertenece al segundo grupo.
O, mejor dicho, perteneció. Algo pasó en su vida, ni idea de lo que fue, que la hizo cambiar por completo.
Dejó todos los vicios, encontró un trabajo fijo en una fábrica... , en una palabra, se regeneró.
—¿Tuvieron ustedes algo que ver en la transformación?
—No entiendo la pregunta.
—Quiero decir si tuvo algo que ver la religión.
De repente, el hermano se echó a reír.
—Perdonen que me ría, pero sé que les hará gracia lo que voy a decir. Es verdad que la religión tuvo mucho que ver, sólo que no nuestra religión. La madre de Ignacio entró en la congregación de la Iglesia evangélica, protestantes, como deben saber.
—¡Coño! —soltó Garzón—. Así que les hacen la competencia.
—Entonces... —intervine—, ¿cómo es que su hijo acude a un centro parroquial católico?
—Fue una cuestión práctica que impuso el propio chico. Todas las congregaciones evangélicas están en el quinto pino y, por pura pereza, Ignacio dijo que o venía a la nuestra, que está en su barrio, o no iría a ninguna. Ante eso la madre cedió, debió de pensar que más valía eso que nada.
Nos miramos los tres sin saber por dónde tirar. Centré el tema de nuevo.
—Cuéntenos más sobre el chico.
—Es un bravucón. No le gusta colaborar ni aceptar consejos. A veces se rebota y presenta batalla, contesta mal o se niega a hablar. Otras, cuestiona nuestros argumentos, porque es listo. Yo siempre he tenido la impresión de que en el fondo es un buen chaval que encontrará su camino un día u otro.
—En definitiva, no cree que fuera él quien escribió el anónimo.
—No es su estilo; y mucho menos puedo pensar que sea el culpable de la muerte del hermano. Ninguno de esos chicos hubiera sido capaz de hacerlo. Aun así, y pensando en su investigación, ¿sería posible que me enseñaran las imágenes de la prueba caligráfica?
Garzón puso los ojos en blanco, incluso tuve la sensación de que el cabreo tiñó sus mejillas de rojo. Antes de que pudiera hablar, respondí amablemente.
—Por supuesto que sí, el subinspector se las mostrará. Le agradezco su interés.
Allá fue aquel mártir de lo audiovisual acompañado del joven jesuita: ambos formaban un cuadro bíblico.
Yo me largué a pedir audiencia al gran jefe, que enseguida me la concedió.
No es que Coronas estuviera de mal humor, lo vi más bien ausente.
Debía de tener la mente colocada en algún asunto de mayor importancia que mi caso.
Aun así, me escuchó con el suficiente interés como para enterarse de lo que estaba diciéndole y negarse a mi petición, naturalmente.
Según su parecer, hacer una batida para encontrar testimonios entre los vecinos a aquellas alturas no tenía sentido, y menos en un barrio como La Mina.
Si se había desestimado esa opción en un principio, nada había sucedido como para variar de sistema.
Le argumenté que la investigación no avanzaba, que nos encontrábamos atrapados en un callejón sin salida aparente.
El tiempo estaba pasando y nos alejábamos peligrosamente del momento de los hechos.
Me miró con sus ojos de lechuza aburrida.
—¿La Iglesia está ejerciendo presiones? —me preguntó.
—No, curiosamente, no.
—¿Los estamos presionando el juez o yo?
—No, señor.
—O sea que nadie les mete prisa, prescindo de su trabajo en otros temas y lo único que se le ocurre es pedirme más hombres a su disposición.
—Se trataría de una batida sin importancia, de un día o dos. Quiero que la gente vea policía aquí y allá, que nadie se sienta a salvo. Sería un modo de levantar la liebre.
—¿Sabe lo que hace la liebre cuando la levantan? ¡Correr!, y si la liebre vive en La Mina corre como si tuviera ocho patas. No creo que saque nada en claro, excepto perder más tiempo.
—Está bien, comisario, como usted diga. Siempre a sus órdenes.
Me puse en pie para dirigirme a la salida, pero cuando aún no había alcanzado la puerta, oí la voz de mi mandamás, enérgica.
—Petra, vuelva aquí. Estoy tan poco acostumbrado a que acate mis órdenes sin protestar que, cuando lo hace, me temo lo peor. Dos hombres, dos días, eso es todo lo que puedo autorizarle.
—Gracias por su confianza, señor.
—Por mi falta de confianza, querrá decir. Si la veo sumisa no me fío ni un pelo de usted.
Solté una risita que supuse halagadora para él y salí viento en popa antes de que cambiara de opinión.
Empecé a desarrollar la segunda parte de mi plan: interrogar a las familias del grupo selecto.
Sabía perfectamente que el intento tenía pocas posibilidades de triunfar.
Hubiera sido una casualidad excesiva que alguno de ellos estuviera involucrado cuando ni siquiera sabíamos si los propios chicos tenían algo que ver en el asesinato.
Pero la única prueba con la que contábamos era el anónimo.
Alguien con acceso al interior de la parroquia lo había depositado entre los enseres del hermano Lorenzo.
¿Alguno de los muchachos ajenos al grupo de los apestados?
Me espantaba la posibilidad de tener que interrogarlos a todos y, sin embargo, la historia se orientaba fatalmente hacia ese capítulo.
Fue el temor más que la lógica indagatoria lo que me llevó a explotar el cartucho de las familias.
Cualquier cosa antes que enfrentarme a un grupo de jovenzuelos preguntándoles quién es el culpable de la fechoría como una profesora en una clase de educación secundaria.
Decidí llevar a cabo los interrogatorios sin la ayuda del subinspector.
Él no estaba convencido de su utilidad y yo le temía un poco a su temperamento excitable.
Si aquellos chicos le parecían una panda de maleantes, sus padres no le impondrían más respeto.
Ni yo misma sabía qué actitud debía adoptar, pero estaba segura de que una salida de tono o algún requiebro de los que solía soltar Garzón no ayudarían mucho en una situación delicada.
Pensé que lo ideal sería ir yo misma a los domicilios de los interrogados.
Como mi presencia coincidiría con la batida general de los policías uniformados que me había permitido el comisario, el movimiento general daría mayor dramatismo al ambiente.
Tanta precisión de matices me costó hacer alguna visita en falso.
Los moradores de las casas o estaban trabajando o haciendo la compra o vaya usted a saber.
Me cansé en mitad de la faena y acabé citándolos en comisaría, pero me dio tiempo a conocer las viviendas de la madre de Ignacio Sarmiento y del padre de Jorge Donoso.
Una experiencia interesante, debo decir.
Recordaba perfectamente la historia de la señora Sarmiento, de nombre propio María José.
No en vano el hermano Luis nos había contado recientemente su conversión a la fe luterana y los prodigios que esta había obrado en su vida.
Me recibió con amabilidad e intentó ocultar la sorpresa cuando me identifiqué.
Pasamos a su salón, que era una pequeña estancia rectangular en la que apenas cabían una mesa de comedor y un sofá.
Como mandan los cánones sociales, me ofreció un café que acepté encantada.
Mientras oía cómo trasteaba en la cocina, pasé revista a la decoración.
Sobria, humilde y de mal gusto: fotografías de paisajes y flores junto a una imagen de Cristo considerablemente grande.
Era una representación de medio cuerpo, victoriosa y casi sonriente, nada que ver con los cristos supliciados, en un estado físico deplorable.
El artista, por llamarlo de alguna manera, que lo plasmó con toda probabilidad se había inspirado en algún actor de Bollywood.
Sin embargo, lo más llamativo de la sala era una ausencia: no había televisor.