Bajo el cielo infernal (Petra Delicado 15) 11 #3
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La primera mano alzada dio paso a otras más.

Sí, yo había servido la polémica y ahora todo el mundo parecía tener una receta infalible para aliñarla.

La mayoría de las opiniones estaba en contra de mi exabrupto, y no había ni una sola que tuviera la más mínima originalidad.

«Hay muchos estudios detrás de esas fases», «Los seres humanos somos más parecidos unos a otros de lo que creemos», «El fallecimiento de un ser querido es algo muy grave y ante lo grave todos reaccionamos igual».

Sólo un chico salió de la línea común aduciendo que mi razonamiento él lo había pensado también.

No rebatí ninguno de aquellos lugares comunes, ¿para qué?

Julio se lo estaba pasando en grande con tanta animación y yo había hecho el propósito firme de no volver más por allí. Mejor callar.

Cuando decayó el debate, tomó inopinadamente la palabra el señor que había trabajado sin descanso para no sufrir.

—Quiero rectificar lo que he dicho. No se puede desaconsejar una fórmula como he hecho yo.

Si mal no recuerdo, aquí la señora es policía.

Mi profesión era contable. Su trabajo debe de ser muy intenso si está persiguiendo a algún malhechor.

Nada comparable con lo mío, que no tiene trascendencia.

No es justo pensar que trabaja tanto huyendo del dolor de la pérdida.

Las cabezas asintieron, los ojos me miraron de otra manera.

Estaban perdonándome, quizá disculpaban el hecho de que no estuviera lo suficientemente atribulada por el duelo como para dedicar tanta energía a un simple quehacer.

Me di cuenta de hasta qué punto en aquellas reuniones se juzgaba al prójimo.

«¿Tú lo sientes de verdad?», «Yo lo siento más que tú», «¿Tú lloraste todo un año?

Yo tres.» Aquello, en vez de un sistema de ayuda colectiva, parecía una competición para saber quién estaba más jodido, quién se había tomado las cosas con excesiva frivolidad, quién excedía el tiempo lógico de un duelo.

La asamblea de dolientes esperaba mi contestación.

Me hubiera gustado desaparecer en el aire.

—No se preocupen por mí —fue lo único que se me ocurrió.

El psicólogo miró su reloj.

—Bueno, señores, es hora de acabar. Nos vemos en la próxima reunión.

Me levanté la primera, pero él se acercó para pedir que me quedara un momento más, quería hablar conmigo. Cuando todos se hubieron marchado, vi que sonreía con placidez.

—Estoy encantado, Petra. Gracias a ti, hoy se ha producido algo que no suele suceder: un debate.

Las reuniones siempre se desarrollan partiendo de las distintas individualidades, pero raramente se entra en las razones abstractas de las reacciones humanas, de los métodos para superar los sentimientos negativos.

Y pensar, ahondar, salir del propio caso es mucho más útil que contar lo que haces cada día.

Tuve exquisito cuidado en que la antipatía que sentía hacia él en aquel instante no se tradujera en una simple agresión verbal. Lo conseguí a medias.

—Me alegro muchísimo de haber contribuido al lucimiento de la función.

Y hablando de debates, veo en todas estas reuniones una especie de juicio de unos hacia otros.

Como si, en el fondo, cada uno de los participantes estuviera muy seguro de lo bien que afronta el duelo y censurara las formas de los demás.

—¡No, nada de eso! Puede parecerlo, pero no es así. Todos nos sentimos hermanados por un mismo motivo y el deseo conjunto es ayudarnos. El simple hecho de reunirse y pasar el tiempo hablando es ya lenitivo de por sí.

—En tal caso también podrían apuntarse a un club de lectura, a sesiones de yoga o asistir puntualmente a las reuniones de vecinos de su inmueble.

—¿Aún estás cabreada con el mundo, Petra?

—No lo sé. De lo que sí estoy segura es de que cada vez lo entiendo menos.

—¿Cuento contigo para la próxima reunión?

—Me temo que tendrá que buscarse otro agitador cultural.

—Lo siento, lo siento de verdad.

—Como ya les dije a los colegas, «no se preocupe por mí».

Hacía tiempo que no me sentía tan abatida.

Aquello de los grupos de ayuda era cojonudo, ¡la panacea universal!

Deberían crearse más con otros fines: ayudar a quienes los abandona su pareja sentimental, a aquellos a quienes el banco les niega una hipoteca, a los amantes de la cocina que no consiguen levantar un suflé.

¡Y a todos los que son feos, qué demonio!

¿Hay desgracia más apabullante que tener orejas de soplillo, ser narizotas como Cyrano o llevar gafas de culo de vaso?

¿No serviría un grupo para que los afectados por la imperfección se contemplaran los unos a los otros consolándose mutuamente?

¡Seguro!, e incluso disminuiría el número de operaciones estéticas, que progresa peligrosamente en nuestra sociedad.

Todos los defectuosos finalizarían sus asistencias al grupo pletóricos de autoestima, sintiéndose como un actor de Hollywood o miss Venezuela, tocados por la gracia y el glamur.

Era lógico aquel intento fallido. De igual modo que nadie puede ayudarte en tu autoconocimiento, tampoco hay quien pueda echarte una mano para salir de un hoyo mental. En mi caso, todo comenzaba y acababa en mí misma.